Rara vez habla de sí misma, pero la reina Sofía reconoció en una ocasión que, en momentos de tensión o de profundo dolor, la única forma de mantenerse en pie es tomar distancia del presente. Esta vez, sin embargo, su rostro a la llegada a la Catedral de Atenas lo decía todo. El dolor por la muerte de su hermana pequeña, la princesa Irene, era evidente: un segundo golpe en menos de un mes y un regreso a Grecia que, para ella, es el más duro de todos. Volver a Tatoi, la que fuera su casa, para despedir a otro de sus seres más queridos -como ya hizo con su hermano y con sus padres- convierte esta visita en un viaje cargado de memoria y pérdida.
Aun así, y pese a la tristeza que la envolvía, la reina Sofía, arropada por las infantas Elena y Cristina, y sus nietos, que no la han dejado sola ni un segundo, encontró fuerzas para corresponder con un gesto a los griegos que la recibían con muestras de cariño a las puertas del templo de la capital helena. Un saludo breve y con los ojos enrojecidos, pero lleno de gratitud, que revelaba tanto su fortaleza como el vínculo profundo que mantiene con el país en el que nació y que dejó, solo en el sentido oficial, para casarse en 1962 con el entonces príncipe Juan Carlos.
La reina Sofía siempre ha estado al lado de los suyos hasta el final, es lo único que le ha hecho mover su agenda institucional durante décadas. Sus viajes tras el nacimiento de la infanta Elena, en 1963, fueron constantes para que su padre, el rey Pablo, pudiera disfrutar de su primera nieta y lo hizo, pero por poco tiempo, ya que falleció en 1964, también rodeado de los suyos. La historia se repitió y los viajes a Grecia fueron constantes durante el final de la vida de su hermano, el rey Constantino, que falleció en enero del 2023 y cuyos restos mortales la reina Sofía acompañó a Tatoi, la que fuera la casa de ambos como residencia real de la monarquía griega. Lo mismo ha sucedido ahora con su hermana, la princesa Irene, que falleció el pasado 15 de enero a los 83 años de edad en la que fue su casa desde los años ochenta, el Palacio de la Zarzuela.
Un duro golpe para la madre de Felipe VI, que canceló su viaje a Canarias para estar a su lado por lo que pudiera pasar, sin olvidar que el pasado diciembre falleció su "otra" hermana, la princesa Tatiana Radziwill, más próxima en edad que la princesa Irene y la que vivió a su lado su infancia en el exilio. Una muestra de la cercanía es que, a pesar de la reciente pérdida, el marido de la princesa Tatiana, el doctor Jean Henri Fruchaud, también ha volado a Atenas para despedir a Irene y para estar pendiente de la reina Sofía. Todos ellos han formado parte de ese círculo íntimo de amigos y familiares que se han cuidado y acompañado a lo largo de la vida.
Hubo un tiempo en el que la reina Sofía -la mayor de los tres hijos de los reyes Pablo y Federica- necesitaba un permiso especial para regresar a Grecia y enterrar a los suyos. Así ocurrió en febrero de 1981, cuando murió su madre, la reina Federica. Aquel viaje estuvo marcado por la tensión política: la familia real griega seguía en el exilio desde el golpe de los coroneles de 1967, y el Gobierno heleno solo autorizó una visita exprés de unas horas para el entierro en Tatoi. La ceremonia se celebró bajo fuertes restricciones y en un ambiente que añadió más dolor al dolor.
Con el paso de los años, la situación cambió. El rey Constantino pudo regresar a Grecia y pasar sus últimos días en su casa del Peloponeso, y hoy sus hijos -sobre todo los príncipes Pablo y Nicolás, igual que la propia reina Ana María- participan con normalidad en la vida pública del país. Sin embargo, para la reina Sofía, los regresos a Tatoi -ese bosque melancólico que guarda los recuerdos de su infancia- han seguido estando marcados por la tristeza. Allí reposan ya sus padres, Pablo y Federica, y también su hermano Constantino, y ahora se suma su hermana Irene, que será enterrada en el mismo cementerio real.












