Rey Juan Carlos y reina Sofía

La transformación del reinado de don Juan Carlos: de los aplausos a las críticas

En sus inicios como soberano trajo aires frescos y en sus años como jefe de Estado se convirtió en la mejor imagen de España

por Beatriz Castrillo

Desde su abdicación, y a pesar de llevar retirado desde 2019 de la vida pública, el reinado de don Juan Carlos se ha visto más cuestionado en los últimos tiempos que en las casi cuatro décadas en las que estuvo al frente de la Jefatura del Estado. Su trabajo y su papel en la Transición ofrecieron una imagen dentro y fuera de nuestro país que fue fundamental para la consolidación de la democracia y el cambio de era que se inició tras la muerte de Francisco Franco. Una imagen que empezó a tambalearse, primero con el Caso Nóos y, después, con su polémico viaje privado a Botsuana en el año 2012 tras el que pidió perdón a la sociedad española. Años más tarde, su popularidad se encuentra en sus niveles más bajos después de que la Fiscalía del Tribunal Supremo haya decidido investigarlo para aclarar el destino de 80 millones de euros que, supuestamente, se habrían repartido entre otros al rey Juan Carlos por la adjudicación del AVE a la Meca a empresas españolas en 2011 y después de que su hijo le retirara su asignación pública por unas supuestas irregularidades financieras.

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Pero hubo un tiempo en que a don Juan Carlos se le abrían las puertas de palacios y era bienvenido en las jefaturas de Estado más importantes de todo el mundo. A su vez, él abría la Zarzuela y el Palacio Real y los ponía a disposición de los diferentes Gobiernos españoles que ha habido durante su reinado. Un tiempo en que, junto a doña Sofía, encarnó la España moderna que estrenaba una joven democracia con pasos aún tímidos, pero firmes hacía un siglo XXI lleno de cambios y transformaciones. Con el tiempo se convirtió en "el gran embajador de España", según destacó en enero de 2018 el periodista y escritor Fernando Ónega en Hola.com, debido, en gran medida, "a su simpatía".

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El destino de Juan Carlos I empezó a cambiar cuando en 1948, con apenas diez años, se trasladó de Estoril (Portugal), donde residían sus padres, los Condes de Barcelona, desde 1946, a España para cursar sus estudios. Su padre, don Juan de Borbón y Franco así lo habían decidido unos meses antes. La Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado de 1947, una de las ocho Fundamentales del franquismo, establecía la constitución de España como un reino y que el sucesor de Francisco Franco como jefe del Estado sería propuesto por él a título de Rey. En 1969, designó a don Juan Carlos como su sucesor, un nombramiento ratificado por las Cortes después de que el joven Príncipe aceptara el ideario franquista. De esta manera, Franco se saltó las reglas dinásticas ya que el título de sucesor debería haber recaído en don Juan, heredero de los derechos dinásticos de Alfonso XIII. Las relaciones tensas entre el padre de Juan Carlos I y Franco provocaron el salto y el nombramiento del padre de Felipe VI como príncipe de España. El conde de Barcelona no renunciaría oficialmente a sus derechos sucesorios hasta muchos años más tarde, en 1977. Al anunciarse la muerte de Franco, el 20 de noviembre de 1975, don Juan Carlos juró acatar los Principios del Movimiento Nacional, destinados a perpetuar el franquismo y fue proclamado como Juan Carlos I el 22 de noviembre de 1975.

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Desde entonces y a pesar de haber jurado fidelidad a las Leyes del Movimiento, el Rey alentó la Ley de Reforma Política en 1976 que dio comienzo a la Transición, que abrió la puerta a las primeras elecciones democráticas desde 1936 y a la actual Constitución que fue aprobada por referéndum el 6 de diciembre de 1978. Fue en la Carta Magna donde se estableció que la forma política de España es la monarquía parlamentaria en la que el Rey arbitra y modera el funcionamiento de las instituciones. El rey Juan Carlos I había heredado del dictador Francisco Franco todos los poderes, pero el artículo 62 limitó sus funciones como jefe del Estado a sancionar y promulgar leyes, convocar y disolver las Cortes Generales y convocar elecciones, proponer el candidato a presidente del Gobierno, expedir los decretos acordados en el Consejo de Ministros, ser informado de los asuntos de Estado, el mando supremo de las Fuerzas Armadas y el alto Patronazgo de las Reales Academias, entre otras tareas. 

Fueron precisamente los años incipientes de su reinado los que hicieron que la comunidad internacional se fijara en un joven Rey, aceptado con gran escepticismo tanto por los adeptos al régimen como por la oposición, que había conseguido, sin un nuevo derramamiento de sangre, consolidar la democracia y abrir un nuevo horizonte para un país que pasaba del blanco y negro al color.

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Tras muchos años de una España aislada y siete meses después de haber sido proclamado monarca, don Juan Carlos realizó su primer viaje oficial al exterior en 1976 a Santo Domingo, fue el inicio de una nueva diplomacia que le llevó a recorrer, casi siempre en compañía de la reina Sofía, la práctica totalidad de los países del mundo y los principales organismos internacionales tanto de carácter universal como regional. Así, ha podido conocer a los presidentes norteamericanos Gerald Ford, Ronald Reagan, George Bush padre e hijo, Bill Clinton, Barack Obama y a líderes mundiales como Valéry Giscard d’Esting o François Mitterrand, expresidentes de Francia; a Nelson Mandela, expresidente de Sudáfrica; a varios Papas, a todos los presidentes de Iberoamérica, reyes europeos, emperadores de Japón, emires, jeques y un largo etcétera de jefes de Estado y personalidades. Histórico fue su viaje a Estados Unidos, unas semanas después de estar en República Dominicana, donde Juan Carlos I pronunció por primera vez la palabra democracia. "La monarquía hará que, bajo los principios de la democracia, se mantengan en España la paz social y la estabilidad política, a la vez que se asegure el acceso ordenado al poder de las distintas alternativas de Gobierno, según los deseos del pueblo libremente expresados". Una intervención y un viaje que se ha considerado como uno de los más importantes que ha llevado a cabo y que provocó una ovación por parte del Congreso estadounidense.

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La joven democracia española se abría camino poco a poco con los ecos del pasado aún presentes. Uno de los momentos más tensos que vivió el recién estrenado soberano supuso el espaldarazo definitivo a la monarquía: su actuación en el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Ese día, durante la votación de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo como presidente del Gobierno, un grupo de guardias civiles, al mando del teniente coronel Antonio Tejero, irrumpió en el Congreso de los Diputados. Paralelamente en Valencia, el teniente general Jaime Miláns del Bosch ocupó las calles de la ciudad con tanques. La intervención televisada del Rey desautorizando la intentona golpista le hizo a don Juan Carlos ‘ganarse’ la corona, salvar la Constitución y la democracia y aumentar su carisma como uno de los grandes símbolos del Estado y uno de los grandes estadistas a nivel internacional.

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El que fue apodado por algunos como ‘El Breve’ se convirtió en un sólido jefe de Estado y “uno de los héroes más sorprendentes e inspiradores de la libertad del siglo XX, al desafiar un intento de golpe militar que pretendía subvertir la joven democracia posfranquista de España”, según publicó la revista Time.

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Don Juan Carlos impulsó a partir de entonces la apertura de España al mundo. Fomentó un nuevo estilo en las relaciones iberoamericanas, subrayando las señas de identidad propias de una comunidad cultural que se basa en una lengua común y así nacieron las Cumbres Iberoamericanas, cuya primera sesión tuvo lugar en Guadalajara, México, en 1991. Siempre fue un gran europeísta y alentó la incorporación de España a las Comunidades Europeas. Pero sin duda alguna, la imagen de don Juan Carlos vivió momentos gloriosos en los dos grandes escaparates mundiales que fueron los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992 y la Expo de Sevilla, que pusieron a España en el centro de todas las miradas y a la Familia Real al frente de una país moderno capaz de albergar dos citas internacionales que pasaron a la Historia. Eran buenos tiempos y los halagos a la gestión de don Juan Carlos se sucedían. Así lo atestiguan la ingente cantidad de premios internacionales y las investiduras Doctor Honoris Causa que atesora por una treintena de prestigiosas universidades españolas y extranjeras.

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Su función de árbitro y de “Rey de todos los españoles” ajeno a cualquier simpatía política le sirvieron para que no solo las puertas de de los palacios se le abrieran de par en par, sino también las de las Cámaras, Congresos y Asambleas de medio mundo donde presenció solemnes sesiones. España salía por fin del aislamiento tras el franquismo y el mundo quería conocer al Rey y a la nueva generación de políticos españoles que habían conseguido que la sociedad viviera en democracia y libertad sin ningún conflicto. Si mítico fue el viaje que hizo a Estados Unidos en junio de 1976, ocho años más tarde, en 1984 se convirtió en el primer jefe de Estado español que visitaba la URSS. Un viaje que fue muy complicado preparar y que supuso cinco años de negociaciones. “Fue un gran éxito. Este acontecimiento fue interpretado en todo el mundo como el punto de inflexión en la relación entre ambos países. Desde entonces han tenido lugar muchos acontecimientos, pero las buenas relaciones se han conservado y no se han visto afectadas por ningún tipo de influencia externa. La URSS deseaba la democratización de España, pero sin entrometerse en cuestiones internas. De modo que se centró la atención en la figura del Rey. Debido a su biografía y sus circunstancias, era la única persona que realmente representaba a toda España”, dijo Yuri Dubinin, embajador de la URSS en España entre 1978 y 1986.

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Gran expectación generó su primer discurso ante la ONU el 22 de septiembre de 1986. El mundo quería oír a uno de los artífices de la ejemplar transición democrática española y don Juan Carlos se convirtió en un gran moderador en el ámbito internacional. Así, el 30 de octubre de 1991, Madrid celebró la primera Conferencia de Paz para Oriente Próximo gracias a la intervención diplomática de don Juan Carlos. Esta cumbre fue el germen de unas negociaciones que desembocaron en los acuerdos de Oslo de 1993 que establecerían las reglas de juego entre palestinos e israelíes.

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Precisamente en política exterior, don Juan Carlos siempre desempeñó una discreta diplomacia, pero muy efectiva, que ha servido para abrir puertas a los intereses de España en otras naciones. Con el tiempo se ganó el calificativo de ser el mejor representante de nuestro país y ha intermediado en conflictos gracias a su amplísima red de contactos personales. “Puede descolgar el teléfono y hablar con cualquier mandatario del mundo”, explicó Manuel García- Margallo, exministro de Asuntos Exteriores a El País, algo que corroboró la exministra Trinidad Jiménez en la misma publicación: “No creo que haya nadie en el mundo que tenga una agenda tan completa y heterogénea y que la maneje con tanta eficacia”. Además, su relación con monarquías y países del Magreb y de Oriente Medio hizo que, a pesar de la distancia, las relaciones bilaterales fueran de lo más fluidas. Especial y casi familiar fue la amistad de don Juan Carlos con Hassan II de Marruecos y con su hijo Mohamed VI, actual monarca, y eso a pesar de las tensiones con el país vecino a causa de la inmigración, el Sahara o Ceuta y Melilla. Todo ello conseguido, en parte, gracias a su carácter cercano, calificado en muchas ocasiones de campechano, que le hacía decir las cosas tal y como las pensaba sin herir sensibilidades y siempre poniendo esa particular manera de hacer diplomacia al servicio del Gobierno de turno que estuviera en España. Sin embargo su espontaneidad le jugó una mala pasada en la cumbre iberoamericana de Santiago de Chile de 2007 en la que le espetó al presidente venezolano Hugo Chávez, el ya famoso “¿Por qué no te callas?” Conocedor de su error quiso enmendarlo invitando ese mismo verano a Chávez a Mallorca en un encuentro que discurrió en perfecta armonía y buen humor.

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Su brillante trayectoria se puso de relevancia una vez más  cuando anunció su abdicación. Momento que sirvió para hacer balance de su reinado. El gobierno español de entonces destacó de él que “fue el principal impulsor de la democracia (…) el mejor portavoz y la mejor imagen del reino de España por todos los rincones del mundo y un defensor infatigable de nuestros intereses”. El Gobierno alemán aseguró que la canciller Angela Merkel “le tiene un gran aprecio personal y tiene además una gran estima por el papel que tuvo en la transición a la democracia”. Franóis Hollande, expresidente francés, lo consideró el “artesano de la transición tras la dictadura franquista y el exprimer ministro británico, David Cameron, destacó que don Juan Carlos “ha sido un gran amigo del Reino Unido” y “ha hecho tanto durante su reinado para ayudar a la exitosa transición de España a la democracia”, son solo algunos de los elogios que se llevó en el momento de la abdicación.

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Sin embargo, el aplaudido reinado de don Juan Carlos empezó a agrietarse antes de su abdicación con unas críticas que empezaron en España y que con el paso de los años se han hecho incesantes también fuera del territorio nacional. La buena estrella del rey Juan Carlos empezó a apagarse a raíz del Caso Nóos, en el que su hija, la infanta Cristina, se vio directamente implicada, pero del que salió absuelta. Sin duda, fue su cacería de lujo en  Botsuana en 2012 la que puso la puntilla y precipitó su abdicación dos años después. Sin embargo, con la cesión de la Corona a su hijo, los problemas de toda índole, lejos de solucionarse, no han hecho más que aflorar en su vida convirtiendo estos seis años desde que dejó la Corona en los más complicados y con sus niveles de popularidad por los suelos.

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En junio de 2014 abdicó, reduciendo de manera muy sensible su presencia institucional que finalizó justo cinco años después cuando el 2 de junio de 2019 anunció que se retiraba de la vida pública. Para entonces, el rey Felipe ya había comparecido ante notario para manifestar que había dirigido una carta a su padre "a fin de que si fuera cierta su designación o la de la Princesa de Asturias como beneficiarios de la Fundación Lucum, dejara sin efecto tal designación, manifestando igualmente que no aceptaría participación o beneficio alguno en esa entidad, renunciando asimismo a cualquier derecho, expectativa o interés que, aún sin su consentimiento o conocimiento, pudiera corresponderles ahora o en el futuro en relacion con la Fundación Lucum". 

El golpe definitivo y público vino en pleno confinamiento por la pandemia. El 15 de marzo de 2020, un día después de decretarse el estado de alarma, la Casa Real enviaba un extenso comunicado en el que don Felipe retiraba a don Juan Carlos su asignación económica y renunciaba "a la herencia de don Juan Carlos que personalmente le pudiera corresponder, así como a cualquier activo, inversión o estructura financiera cuyo origen, características o finalidad puedan no estar en consonancia con la legalidad o con los criterios de rectitud e integridad que rigen su actividad institucional y privada y que deben informar la actividad de la Corona". Horas antes de esta declaración, el periódico británico The Telegraph informaba de que Felipe VI era supuestamente beneficiario de las fundaciones Zagatka y Lucum (dos sociedades offshore) aunque sin ninguna justificación documental. Ya el pasado junio, la Fiscalía del Tribunal Supremo decidió investigar al rey Juan Carlos para aclarar el destino de 80 millones de euros, que según la empresaria Corinna Larsen, de casada Corinna zu Sayn-Wittgenstein, se habrían repartido supuestamente entre otros al rey Juan Carlos por la adjudicación del AVE a la Meca a empresas españolas en 2011. 

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