Los reyes Felipe y Letizia, acompañados de sus hijas, la princesa Leonor y la infanta Sofía, han acudido este lunes 19 de enero al funeral y posterior entierro de Irene de Grecia, celebrado en Atenas. Junto a ellos ha estado la reina Sofía, quien se ha roto en varias ocasiones, así como la infanta Elena, la infanta Cristina y los hijos de ambas. También ha estado presente Pablo de Grecia, jefe de la Casa Real helena, junto a su familia. Un escenario muy triste en el que el protocolo ha estado presente en las posiciones de cada uno y en las vestimentas, entre otros aspectos. Detalles que desgrana a continuación María José Verdú, experta en protocolo.
El funeral de la princesa Irene de Grecia, celebrado en Atenas, se desarrolla como una ceremonia en la que el protocolo, la sobriedad y la tradición se imponen como protagonistas absolutos. Lejos de cualquier exceso, el último adiós a la hermana de la reina Sofía se articula con un rigor ceremonial que refleja tanto el carácter familiar del acto como su dimensión histórica.
La ceremonia religiosa tiene lugar conforme al rito ortodoxo griego, un elemento fundamental para comprender el tono del funeral. En el ceremonial ortodoxo, el protagonismo recae casi exclusivamente en la liturgia: cantos solemnes, oraciones continuas y una estructura muy definida que apenas deja espacio a intervenciones personales. No hay discursos improvisados ni homenajes individualizados; el respeto se expresa a través del silencio, la repetición y la solemnidad. Este tipo de ritual transmite una idea muy clara: ante la muerte, todos los presentes son iguales, y la forma importa más que la palabra.
Atenas ha acogido a representantes de varias familias reales europeas, que han acudido no solo como miembros de antiguas casas reinantes, sino también como familiares y allegados. La presencia de la familia real española, encabezada por la reina Sofía, junto a los Reyes Felipe VI y Letizia y sus hijas, subraya el fuerte vínculo personal y familiar con la princesa fallecida. Junto a ellos, miembros de la familia real griega y representantes de otras casas reales europeas refuerzan la imagen de unidad y cercanía entre dinastías, algo habitual en este tipo de despedidas.
Resulta imposible no detenerse en la figura de la reina Sofía. Su presencia transmite una mezcla de fortaleza, dignidad y serenidad que solo se adquiere con el paso del tiempo y la experiencia institucional. En un momento de profundo dolor personal, su actitud es contenida, respetuosa y coherente con una vida entera dedicada al deber. La reina Sofía encarna, una vez más, esa elegancia silenciosa que no necesita gestos ni palabras para ser comprendida.
Tras la ceremonia religiosa, el entierro tiene lugar en Tatoi, un enclave de gran carga simbólica para la familia real griega. Este lugar, vinculado históricamente al antiguo palacio de verano, alberga las tumbas de varios miembros de la dinastía, entre ellos los reyes Pablo y Federica y el rey Constantino II. Enterrar a Irene de Grecia en Tatoi no es solo una decisión familiar, sino también un gesto de continuidad histórica. Más allá de la situación política actual de Grecia, Tatoi se mantiene como un espacio de memoria, donde la historia de la familia real se preserva de forma discreta y respetuosa.
Uno de los elementos más significativos del funeral es el féretro cubierto por la bandera griega, un gesto cargado de simbolismo. Aunque no se trata de un funeral de Estado, la bandera nacional representa la pertenencia histórica de Irene de Grecia al país y a su memoria colectiva. Es un símbolo de respeto y reconocimiento, que evita emblemas dinásticos y subraya una despedida serena y neutral, plenamente coherente con el contexto republicano actual.
Detrás del féretro, sobre un cojín de terciopelo rojo, Irene de Urdangarin porta las condecoraciones de la princesa. Este detalle, muy observado por los medios, responde a una tradición protocolaria arraigada en funerales solemnes de ámbito monárquico. El color rojo, asociado al honor y a la dignidad, destaca la importancia simbólica de las condecoraciones sin caer en la ostentación. No se colocan sobre el féretro, precisamente para evitar confusión con un funeral oficial, sino que se presentan como un gesto de custodia y respeto hacia una vida marcada por el deber. Que sea una sobrina quien las porte refuerza, además, la idea de transmisión familiar y continuidad generacional.
Junto a este cojín, Victoria Federica porta un segundo cojín, en color azul real, sobre el que descansan insignias honoríficas de carácter claramente dinástico. Por su forma, disposición y contexto, se trata de órdenes e insignias vinculadas a la pertenencia de Irene de Grecia a una casa real europea, más relacionadas con identidad institucional que con reconocimientos personales o estatales. El azul real, históricamente asociado a la lealtad, la continuidad y la tradición monárquica, cumple aquí una función precisa: diferenciar simbólicamente categorías y ordenar visualmente el ceremonial. Su presencia, diferenciada cromáticamente del cojín rojo, permite distinguir funciones simbólicas: mientras el rojo remite al honor personal y a las condecoraciones, el azul real evoca la identidad dinástica y el vínculo histórico con la familia real. Este uso del color no es casual, sino una forma silenciosa y muy precisa de ordenar el relato visual del funeral.
Uno de los aspectos más comentados ha sido la sobriedad en las vestimentas, cuidadosamente alineada con el protocolo de luto. Predominan los tonos negros y oscuros, los tejidos mate y las líneas clásicas, evitando cualquier elemento llamativo. En el caso de las mujeres, se opta por prendas de corte limpio, mangas discretas y accesorios mínimos, mientras que los hombres siguen el canon del traje oscuro con corbata negra. Esta coherencia estética transmite un mensaje claro de respeto, unidad y contención.
Entre los detalles que más destacan se encuentra precisamente esa uniformidad visual, que refuerza la idea de recogimiento colectivo. En un momento en el que la imagen suele ocupar un lugar central, este funeral se convierte en un ejemplo de cómo el protocolo puede diluir individualidades en favor de un mensaje común: el duelo compartido.
El funeral en Atenas no es solo una despedida, sino una lección de elegancia institucional. Un recordatorio de que el protocolo, cuando se aplica con coherencia y sensibilidad, no es una formalidad vacía, sino una forma silenciosa y profundamente humana de rendir homenaje.


















