Familia

Dr. José Luis Marín, psiquiatra: “El código postal influye más en nuestro desarrollo que el código genético”


El reputado médico psicoterapeuta pone sobre la mesa la falta de tiempo familiar y cómo éste impacta en el bienestar emocional y la salud mental de los niños


Dr. José Luis Marín, médico psicoterapeuta y presidente del Foro Internacional para la Formación en Psicoterapia© Dr. José Luis Marín
2 de febrero de 2026 - 7:30 CET

Se espera que los padres y, sobre todo, las madres trabajen como si no tuvieran hijos y que críen a sus hijos como si no trabajasen. Es una frase que se ha popularizado en los últimos años porque pone de manifiesto una realidad con la que se sienten identificadas miles de personas en nuestro país. Si bien es cierto que se han ampliado las bajas por maternidad y paternidad, sigue habiendo un problema estructural en lo que a conciliación se refiere que tiene sus consecuencias en las familias y, en concreto, en los niños.

Por eso hemos hablado con el Dr. José Luis Marín, médico psicoterapeuta, presidente del Foro Internacional para la Formación en Psicoterapia (formacionpsicoterapia.com) y un referente en salud mental en España. El Dr. Marín (joseluismarinpsicoterapeuta.com), que está a punto de publicar el libro La salud mental no existe. La salud, sí: Cómo integrar cuerpo y mente para vivir mejor (Ed. Montena), es una de las voces que con más contundencia y claridad advierte sobre el impacto de la falta de tiempo familiar en los hijos.

Cómo hacer frente a esta situación no es tarea sencilla, pero el reputado psiquiatra y psicoterapeuta da, en esta entrevista, algunas claves de gran valor para paliar el agravio a los niños y poder fomentar el apego seguro y la conexión entre padres o madres e hijos. 

Dejar a un bebé de cuatro meses en una guardería responde a las necesidades de los padres, no a las del niño.

Dr. José Luis Marín, médico psicoterapeuta y presidente del Foro Internacional para la Formación en Psicoterapia

¿Cómo afecta la falta de tiempo familiar a los niños?

La falta de tiempo familiar no es un inconveniente menor: es una experiencia traumática. El ser humano se construye en la relación. Las conexiones neuronales que determinarán quién será ese niño, su capacidad de regulación emocional, su confianza básica, su resiliencia, se establecen en los primeros años de vida a través del contacto con las figuras de apego. Cuando ese tiempo no existe, la "esponja" del desarrollo infantil, en lugar de llenarse de seguridad, se carga de miedo, desconfianza e inseguridad.

Este déficit vincular coloca al niño en estrés crónico, con el sistema de alerta permanentemente activado y niveles elevados de cortisol de manera sostenida. Lo que décadas después aparecerá en la consulta como ansiedad, depresión o dificultades relacionales tiene su origen aquí. El niño privado de la mirada parental desarrolla un apego inseguro y queda más vulnerable ante las inevitables adversidades de la vida. Con un depósito de confianza medio vacío, llega con dificultad a cualquier parte.

¿Por qué se produce?

Esta falta de tiempo es un fenómeno estructural, no un fallo individual. Los padres son las primeras víctimas del sistema contemporáneo, no sus culpables. Están atrapados entre mandatos contradictorios: la exigencia de productividad que demanda jornadas interminables y la presión de dar a los hijos "todo lo que yo no tuve". La distancia casa-trabajo, la precariedad laboral, las bajas maternales de dieciséis semanas (cuatro meses para abandonar a un bebé en una guardería) configuran un contexto donde el tiempo para los hijos queda sistemáticamente sacrificado.

Los padres hacen lo que pueden. El problema es que lo que pueden hacer frecuentemente no coincide con lo que el niño necesita. Esta discrepancia entre necesidades infantiles y respuestas parentales, lo que llamamos falta de sintonía, es traumática aunque no medie mala intención. El cerebro emocional del niño, que se desarrolla muy temprano, percibe perfectamente que algo no está bien, aunque no pueda verbalizarlo. No siempre hay golpes o abusos; basta con que de manera sistemática necesites una cosa y te den otra.

¿Se puede considerar a esa falta de tiempo de los padres con sus hijos un tipo de negligencia en la crianza? ¿Por qué?

Absolutamente. El abandono del siglo XXI no es dejar niños en tornos de conventos. El abandono del siglo XXI se llama tablet, se llama smartphone, se llama guardería con cuatro meses, se llama internet sin supervisión. Dejar a un bebé de cuatro meses en una guardería responde a las necesidades de los padres, no a las del niño. El niño no necesita la guardería. Los padres necesitan la guardería. Eso es un ejemplo de falta de sintonía, y la falta de sintonía sostenida es traumática, una idea que desarrollamos en profundidad en el libro que acabamos de publicar, La Salud Mental no existe, la Salud Sí.

Pero, y esto es fundamental, no se trata de culpabilizar a los padres individualmente. La negligencia es sistémica antes que personal. Una sociedad que permite solo cuatro meses de baja maternal está institucionalizando el abandono temprano. Los padres operan como "brazo armado" de una cultura que les exige comportamientos contradictorios. La factura de este cambio en el estilo de crianza la estamos pagando con el incremento exponencial de diagnósticos de trastorno mental en la infancia. Cada año hay más niños en el psicólogo. Esa es la factura.

Hay expertos que, ante la falta de tiempo diario, hablan de "tiempo de calidad" con los hijos y postulan que, ya que pasamos poco tiempo con ellos, que les dediquemos al menos un ratito semanal de atención plena. ¿Es esto suficiente?

El "tiempo de calidad" es una racionalización. Es la película que nos montamos los adultos para manejar la culpa. Responde a nuestras necesidades narcisistas, a la necesidad de sentirnos buenos padres, más que a las necesidades reales del niño.

El desarrollo neuronal y vincular no funciona con "ratitos". Las conexiones cerebrales que definen la seguridad básica se construyen en la cotidianidad repetida, en la presencia sostenida, en la mirada disponible. Un bebé no necesita episodios intensos de atención planificada; necesita que cuando llora haya alguien que responda, que cuando tiene miedo encuentre brazos, que cuando despierta vea un rostro familiar. La regulación emocional se aprende en miles de pequeños momentos ordinarios, no en experiencias extraordinarias de fin de semana. Pretender que un "ratito de calidad" compensa la ausencia sistemática es creer que podemos hacer cualquier cosa sin pagar factura. No es verdad. En la experiencia humana podemos hacer casi cualquier cosa, sí, pero nada es gratis.

La salud mental no existe. La salud, sí, del Dr. José Luis Marín© Montena

¿Qué pueden hacer los padres para dedicar tiempo, de verdad, a sus hijos cuando sus obligaciones diarias se lo impiden? ¿Qué solución hay?

La solución genuina no puede ser individual porque el problema es estructural. Mientras no cambien las condiciones sociales (políticas laborales, bajas parentales extendidas, reducción de distancias casa-trabajo, salarios dignos) cualquier recomendación a los padres individuales resulta insuficiente. Hoy sabemos que el código postal influye más en nuestro desarrollo que el código genético. Lo que se necesita es un cambio de mirada colectiva que reconozca que la epidemia de malestar infantil tiene raíces socioculturales, no cerebrales.

No obstante, en el marco de las posibilidades actuales, conviene al menos tomar conciencia para no añadir daño al daño. Priorizar la presencia sobre las actividades. Reducir pantallas. Resistir la tentación de llenar la agenda infantil de extraescolares. Proteger momentos de conexión cotidiana por modestos que sean. Y sobre todo, evitar la trampa de creer que las carencias vinculares pueden compensarse con objetos, estímulos o logros académicos. El niño que, preguntado qué quiere hacer por las tardes, piensa "estar contigo" pero no se atreve a decirlo, está señalando exactamente lo que necesita.

El niño no necesita agendas repletas de estímulos; necesita un entorno predecible y seguro.

Dr. José Luis Marín, médico psicoterapeuta y presidente del Foro Internacional para la Formación en Psicoterapia

En alguna ocasión usted ha afirmado que ningún sindicato permitiría para un adulto los extensos horarios que tienen los niños en edad escolar en España. ¿Cómo les afecta esto en su desarrollo emocional y cognitivo?

Algunos niños tienen jornadas de nueve de la mañana a nueve de la noche entre colegio, extraescolares, deberes y traslados. La Organización Internacional del Trabajo prohibiría semejantes horarios para cualquier adulto, pero los consideramos normales para niños de seis u ocho años. Esta sobrecarga es una experiencia traumática por sobreexigencia que mantiene el sistema nervioso infantil en activación crónica, con cortisol elevado, afectación inmunitaria y dificultades para consolidar aprendizajes.

Pero hay algo más. El exceso de actividad estructurada impide lo esencial del tiempo no programado, el juego libre y el aburrimiento creativo. Un cerebro en desarrollo necesita períodos de "inactividad" para consolidar lo aprendido, para que se active la red neuronal por defecto, para elaborar experiencias. Los niños sobreprogramados desarrollan ansiedad, problemas de sueño y, paradójicamente, peor capacidad atencional. Lo que las familias interpretan como inversión en el futuro puede estar hipotecando el presente emocional del niño.

¿Cómo considera que debería ser la jornada diaria de todo niño?

La jornada infantil debería organizarse respetando los ritmos biológicos. Sueño suficiente (imprescindible para consolidar aprendizajes y regular emociones), alimentación tranquila y en compañía, períodos amplios de juego no estructurado, contacto con la naturaleza y, sobre todo, presencia parental disponible. El niño no necesita agendas repletas de estímulos; necesita un entorno predecible y seguro donde sus demandas encuentren respuesta sintonizada.

Las actividades formales deberían ocupar un tiempo razonable, dejando espacio para el ocio genuino, que es donde verdaderamente ocurre gran parte del desarrollo. Los niños necesitan leer o que les lean, moverse libremente, tiempo interior para el ensueño. También necesitan aburrirse. El aburrimiento es la antesala de la creatividad y enseña a tolerar la frustración. Una jornada saludable incluiría cada día algo de ejercicio, buena alimentación, relaciones afectivas, novedad estimulante, momentos de concentración y de descanso. El "plato de la salud mental" completo.

¿En qué casos sí son recomendables las clases extraescolares?

Las actividades extraescolares son apropiadas cuando responden a un deseo genuino del niño (no a expectativas parentales proyectadas), cuando no sustituyen el tiempo de presencia familiar, y cuando su carga horaria no compromete el juego libre ni el descanso. Una actividad que el niño disfruta y elige puede ser enriquecedora; una agenda de extraescolares impuesta "para que no le falte nada" es potencialmente dañina.

El criterio diferencial es preguntarse honestamente: ¿esto responde a lo que el niño necesita o a lo que los padres necesitamos? Cuando la respuesta sincera señala necesidades parentales (conciliación horaria, ambición de que el hijo "llegue lejos"), estamos ante falta de sintonía. El niño puede acabar desarrollando un "falso yo", aprendiendo a satisfacer expectativas ajenas a expensas de sus propias necesidades. Eso es una experiencia traumática silenciosa, el drama del niño dotado, cuyas consecuencias emergerán años después en forma de síntomas.

Niña feliz con su madre© Lumos sp - Adobe Stock

Sabemos que es necesario que los niños jueguen, pero ¿es también una necesidad que tengan tiempo para aburrirse? ¿Por qué?

Absolutamente sí. El aburrimiento es necesario para el desarrollo saludable. En una cultura de estimulación permanente, donde cualquier momento vacío se llena inmediatamente con una pantalla, los niños pierden la oportunidad de desarrollar recursos internos fundamentales. El aburrimiento activa la red neuronal por defecto, ese estado cerebral asociado a la introspección, la creatividad, la capacidad de imaginar y reflexionar sobre uno mismo.

Cuando no se tolera el vacío, cuando todo momento debe estar ocupado por estímulos externos, el sistema nervioso pierde la capacidad de autorregularse y queda dependiente de estimulación constante. Esto genera ansiedad ante la inactividad, dificultad para la concentración sostenida y una relación adictiva con los estímulos. Permitir que el niño se aburra es permitirle aprender a estar consigo mismo, a generar sus propios contenidos mentales, a desarrollar "tiempo interior". Proteger el aburrimiento infantil es proteger el desarrollo de la subjetividad.

¿Qué necesitan los niños de su familia, de sus padres, para un correcto desarrollo?

Los niños necesitan fundamentalmente ser mirados. La mirada amorosa de las figuras de apego es lo que narcisiza al niño, lo que le transmite que existe, que vale, que es digno de atención. Como decía el poeta Ángel González: "Soy bueno porque tú me ves bueno". Esa mirada, acompañada de la voz tranquila y el contacto disponible, es lo que va llenando el depósito de confianza básica. Un niño puede no entender las palabras, pero entiende perfectamente las intenciones que la voz y la mirada comunican.

Además de la mirada, necesitan presencia predecible, límites claros que proporcionen seguridad, respuestas sintonizadas a sus necesidades (no a las proyecciones adultas), y permiso para ser quienes son en lugar de convertirse en el "niño dotado" que satisface expectativas ajenas. Necesitan padres que se equivoquen pero reconozcan sus errores, padres que regulen sus propias emociones para poder ayudarles a regular las suyas. Lo que llena el depósito de la seguridad no son los objetos ni las oportunidades, sino el afecto transmitido en miles de pequeños momentos cotidianos. Eso construye un apego seguro. Eso es lo que después protege frente a la vida.

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