Pocas bodas hay que fascinen tanto como las de los miembros de la realeza. No es solo porque se trate de eventos históricos que, de un modo u otro, rememoraremos en unos años; sino por la espectacularidad que suele rodearlas. Y aunque las más recientes tienen mucho de solemnidad y protocolo, son las de hace ya varias décadas las que todavía encierran ese halo mágico, casi de cuento. Un buen ejemplo es la unión del último sha de Persia, Mohamed Reza Pahlavi y Farah Diba; una boda de las que definen una época.
Su historia de amor
Mohamed Reza Pahlavi y Farah Diba se conocieron en la Embajada de Persia en París, durante la visita del Sha a la capital francesa en el verano de 1959. Ella estudiaba arquitectura y, como confesó años después, el flechazo fue inmediato y sorprendentemente natural: hablaron de arte, de Irán, de Europa y del futuro. Su noviazgo fue muy discreto y saltó a la prensa apenas un mes antes de la boda, cuando ella viajó a París y visitó los ateliers de Dior y Givenchy para elegir su vestido de novia, tal como publicó en aquel momento ¡HOLA!. Farah tenía 24 años, él los 40 recién cumplidos y se iba a convertir en la tercera mujer del sha.
En 1938 Mohamed Reza Pahlavi se había casado con Fawzia de Egipto, pero se divorció pronto de ella porque de su unión no nacía un varón que pudiera sucederlo en el trono. No se trataba de un caso de esterilidad (como sí pasó con Soraya Esfandiary, su segunda mujer, con la que contrajo matrimonio en 1951 y de la que se divorció siete años después), ya que habían tenido una niña. Por eso, muchos vieron en este tercer enlace una búsqueda, casi desesperada, de un heredero; sin embargo, el tiempo hablaría a favor del amor y la pareja.
Una gran boda para la historia
El 21 de diciembre de 1959 el Salón de los Espejos del Palacio Golestán de Teherán se convirtió en el escenario de una fastuosa boda. Aunque, tal como explicaba la crónica que ¡HOLA! publicó en aquel momento, las invitaciones no fueron muy numerosas, si lo fueron la expectación y el montaje. Tanto es así que los habitantes de Teherán habían colocado espejos en las fachadas de los edificios por los que circularía el coche de Farah para no perder ni un detalle. Un Rolls-Royce que recorrería los últimos metros sobre tapices persas, extendidos de la puerta del palacio hasta la calzada. En el interior la esperaba el Sha, vestido con uniforme de gran gala, en azul oscuro.
La novia finalmente se había decantado por Dior. Fue Yves Saint Laurent, que entonces era el director creativo de la maison, quien diseñó su vestido. No era una elección casual: Dior representaba la elegancia europea, la modernidad y el prestigio internacional que Irán quería proyectar en plena etapa de apertura hacia Occidente. El diseño estaba confeccionado en satén de seda color marfil y organdí, con una silueta princesa de falda amplísima y cuerpo entallado. El gran protagonista era el bordado artesanal, realizado a mano con hilos de plata, perlas naturales y cristales, formando motivos florales y vegetales inspirados tanto en la tradición persa como en el lenguaje clásico de la alta costura parisina. Además, tal como reveló la propia Farah en una entrevista posterior a la boda, las artesanas cosieron hilo azul en el interior de la prenda, para ayudarle a tener un niño.
La cola, uno de los elementos más comentados, superaba los 6 metros de longitud, y estaba rematada con el mismo bordado minucioso. Pero no era nada cómoda. Tal como revelaría la propia Farah en sus memorias, su magnitud le impedía sentarse en un sillón como el que ocupó Mohamed Reza Pahlavi durante la ceremonia. A ella, en su lugar, le colocaron un taburete que hacía que estuviera más alta que su marido, algo que se puede comprobar con facilidad en las fotografías. "Ni una sola persona, entre aquella gente de protocolo, acostumbrada a las reglas de las buenas maneras y la elegancia, había advertido que hubiera sido más conveniente, más gracioso también, que el soberano hubiera estado, por lo menos, al mismo nivel que su esposa", escribía en su autobiografía, An Enduring Love: My Life with the Shah.
En total se utilizaron 40 metros de tela y más de 10.000 perlas y piedrecitas preciosas para dar forma a un vestido que pesaba 15 kilos y en el que trabajaron día y noche, durante tres semanas, un total de 50 costureras.
Sobre su cabello recogido, Farah llevó la tiara de diamantes Noor-ol-Ain, una pieza creada por el joyero Harry Winston poco antes de la boda. El corazón de la tiara es el diamante Noor-ol-Ain (“Luz del ojo” o “Luz de los ojos”), una piedra rosa pálido, de talla oval, con un peso estimado de 60 quilates, uno de los diamantes rosas más grandes del mundo. Esta piedra forma parte del legendario botín persa procedente de la India mogol, junto al famoso Darya-ye Noor, y su historia se remonta al siglo XVIII. Ambos pasaron a manos persas tras la invasión de Delhi por Nader Shah en 1739. Desde entonces, el Noor-ol-Ain quedó integrado en las Joyas de la Corona iraní. La pieza se completaba por otros diamantes con color: amarillos, azules, rosas y blancos.
El matrimonio se celebró conforme al rito musulmán chií, aunque con una puesta en escena deliberadamente sobria. El oficiante fue el Imán supremo de la Corte que le preguntó tres veces a Farah si aceptaba "al rey de reyes por esposo". Y es que, tal como dictaba la tradición musulmana, la novia debe aceptar a la tercera porque se consideraba inmoral que se demostrara impaciencia. Durante la ceremonia, dos mujeres de la familia real sostuvieron un velo de tul sobre la cabeza de la novia, mientras se molía azúcar por encima. Este gesto tradicional persa simboliza el deseo de una vida dulce para los esposos y Farah lo describió en sus memorias como uno de los más íntimos y emotivos de toda la boda.
Aunque la ceremonia fue sobria, tal como relata la crónica de la época, todo fue convenientemente adornado por 300 kilos de hortensias y azaleas que llegaron en avión desde París en el mismo vuelo que viajaron las peluqueras de la novia.









