En la creación del vestido de la madre de la novia, algunas eligen como punto de partida el escenario en el que tendrá lugar la boda. Este enclave puede determinar la elección de unos tejidos u otros, de unas siluetas concretas o incluso de una gama cromática. Así sucedió con el estiloso look de Inmaculada, que triunfó con una propuesta a medida, de Valenzuela Atelier, en el enlace de su hija. “La inspiración detrás de mi vestido nació del deseo de unir una elegancia clásica y majestuosa con la esencia auténtica del campo, un equilibrio que definía por completo la boda de mi hija”, nos explica. Y es que en este ‘sí, quiero’ entre la catedral de Salamanca y su finca familiar, Monte Abajo, la naturaleza ese mezclaba con una decoración de aire palaciego.
Con este equilibrio en mente, nuestra protagonista estableció un perfil de look que fuera el que definiera el resultado. “Desde el principio tenía claro que buscaba un diseño que transmitiera mi papel como madre de la novia con sofisticación y discreción, pero también con una conexión emocional con nuestras raíces”, comparte. ¿En qué se traduce esto? “Imaginaba una silueta elegante, tejidos nobles y detalles que armonizaran tanto con la solemnidad de la catedral como con la naturalidad refinada del entorno campestre”, matiza.
Verde oliva, el color estrella
Enseguida Inmaculada acudió al atelier de Valenzuela y allí se encontró con Cristina, en quien confió desde el primer momento. Antes había echado el ojo a otras firmas, pero no dio con nada que le encajara. Sin embargo, con la diseñadora fue diferente, se entendieron a la perfección. “Cristina tiene una sensibilidad especial, una calma y una forma de escuchar que te hacen confiar desde el primer momento. Esa capacidad de escucha profunda y cariño es, sin duda, lo que la hace tan especial como diseñadora”, defiende.
Inspiradas por los olivos centenarios de la finca familiar, este dúo de creadora y clienta optó por el verde oliva para el tejido, una bambula de seda. Este tono, aparte, era clave “en la paleta cromática de toda la papelería y la estética de la boda”, de forma que todo combinaba. El traje contaba con un drapeado con gran significado: “El vestido de Claudia (su hija) llevaba un escote drapeado y me encantó la idea de incorporar un lenguaje similar en el mío, como un guiño sutil y emotivo que uniera ambos diseños, aun siendo muy diferentes”.
El efecto logrado con este vestido largo era, sin duda, un trabajo de auténtica precisión. El drapeado y las diversas capas de bambula lograban un bonito movimiento. “Al caminar, las capas se superponían y se abrían con naturalidad, casi como un reflejo del movimiento de la dehesa y del paisaje. Esa combinación de fluidez y ligereza reforzaba la feminidad del diseño y hacía que el vestido se sintiera profundamente personal”, desvela.
Un halago para la diseñadora
Antes de desvelar otros detalles de su aclamado conjunto, nuestra protagonista dedica unas tiernas palabras a la aguja tras el mismo. “Cristina Valenzuela fue mucho más que una diseñadora: es una verdadera artista, dotada de una sensibilidad extraordinaria y, sobre todo, una persona que crea desde el respeto, la escucha y la emoción. Supo comprenderme de una manera profunda y transformar esa conexión en un vestido único. Cada pliegue, cada detalle, nació de su mirada honesta y generosa, haciendo que el vestido no solo me representara, sino que se convirtiera en un tesoro que me acompañará siempre, reviviendo con ternura y emoción el maravilloso día de la boda de mi hija”.
La experiencia de viajar a Madrid a cada nueva prueba, confiesa Inmaculada, es un recuerdo precioso y le permitía desconectar con ilusión de la rutina. “Un día, tan concentradas entre telas, ajustes y conversaciones que iban mucho más allá del vestido, nos dimos cuenta de que habían pasado horas y se nos había olvidado hasta comer. Cristina apareció entonces con unos pastelitos y los compartimos con todo el equipo, entre risas, como si se tratara de un pequeño festín improvisado”, cuenta. Y por ello no puede más que recomendar este espacio.
Accesorios elegantes y sutiles
Sabiendo el peso que iba a tener el vestido, esta estilosa madre de la novia no quiso caer en estridencias, prefirió la discreción para los detalles. “Más allá de lo estético, quise que los accesorios formaran parte del relato y no actuaran como simples complementos”, concede. Es por ello que escogió una gargantilla, cuya base era el mismo tejido del vestido: “junto al tejido, elegí llevar una joya familiar antigua, una de esas piezas que no se eligen, se heredan. Unos granates de rojo profundo, acompañados de una piedra verde de origen africano, trabajada hace décadas en la República Checa y rescatada por la familia de mi padre. Para mí tenía un significado enorme: era llevar conmigo la memoria, el linaje y las historias que no se cuentan, pero se sienten”.
A ello se sumaba un clutch de tonos neutros y unos zapatos a juego con el verde más oscuro que formaba parte del interior del look. A juzgar por el resultado, la suya fue una acertada decisión, con mucho gusto, marcada por un vestido y unos complementos en clave monocromática.
El papel de la madre de la novia
Orgullo, emoción y calma son algunas de las palabras con las que Inmaculada define este día. “Como madre de la novia, buscaba transmitir una presencia serena y elegante, a la altura de un día tan importante. Quería reflejar respeto por el día y por lo que significaba para mi hija. Nada más. Mi intención no era llamar la atención, sino reflejar naturalidad y coherencia con el entorno y con la esencia de la boda. Buscaba una elegancia sencilla y cuidada, que naciera de la emoción y no de la intención de destacar”, reconoce.
Momentos destacados del día
Cuando le preguntamos acerca de las anécdotas de este enlace, nos descubre que uno de los grandes instantes de los preparativos fue caer en la cuenta de que “no tenía sentido seguir buscando fuera lo que ya teníamos en casa”. Porque en su propia finca y con la bonita luz del atardecer podían organizar una boda de ensueño. “La organización supuso muchísimo trabajo y una gran responsabilidad, pero ver la finca transformada en ese escenario tan especial, llena de vida, de emoción y de personas queridas, fue una recompensa imposible de describir. No pude sentirme más orgullosa”, relata.
Del día del ‘sí, quiero’ también conserva un recuerdo muy especial y es el de bailar de la mano de su hija, sin haberlo preparado. Porque esos momentos que no se planifican, revela, son los que se guardan para siempre. “Mi hija se acercó a mí, me tendió la mano y comenzamos a bailar rodeadas de familia y amigos, sin música marcada ni protocolo, solo guiadas por la emoción del instante. Mientras girábamos, pensé en todo lo vivido juntas, en los años, las etapas y los recuerdos que nos habían traído hasta ahí”, rememora.
Lo más especial del día
Inmaculada nos dice que se queda con la sensación de que el día del enlace los ausentes estuvieron muy presentes. En forma de símbolos, en escenas clave del día o en los pendientes de la novia. “Durante la ceremonia, mi padre tomó la palabra en la catedral de Salamanca y dedicó unas palabras profundamente emocionantes a cuánto nos hubiera gustado que mi madre, ya fallecida, estuviera presente en un día tan importante, y a la certeza de que, de algún modo, sí lo estaba: cuidándonos y guiándonos cada día. Fue un momento de una emoción inmensa, en el que todos acabamos llorando”.
Con estos detalles guardados en su retina, esta madre de la novia aconseja a otras madrinas que elijan un estilismo que de verdad les represente, con el que no se sientan disfrazadas. Que no se dejen llevar por modas y tengan en cuenta la clase de enlace que se va a celebrar. “Y, por último, les diría que se permitan disfrutar del proceso. Crear el look de madrina no es solo elegir un vestido, es formar parte del recuerdo, del álbum emocional de la familia. Cuando el diseño nace desde el corazón y no desde la presión externa, el resultado se nota… y se vive con mucha más serenidad”, resalta.











