Las bodas del norte tienen algo difícil de explicar y fácil de reconocer. Un clima muy suyo, a veces cambiante, a veces imprevisible; una elegancia clásica, nada forzada ni contenida; y un paisaje que siempre es casa para los que han crecido con el Cantábrico como horizonte. Todo allí es auténtico, ligado al lugar y a la memoria.
La historia de María e Ignacio se teje entre Pamplona y San Sebastián, dos ciudades cercanas, con identidades marcadas, que han estado presentes desde el principio. Se conocieron en la ciudad donostiarra, concretamente en la Escuela de Ingeniería Técnica de la Universidad de Navarra (Tecnun). Los partidos de fútbol de sus amigos en común acabaron convirtiéndose en una excusa para coincidir más y empezar a salir. Ocho años después, decidieron dar el paso con una promesa firme de compromiso.
María, que estuvo viviendo en Madrid los últimos años, se mudó entonces a San Sebastián. Quizá por esa familiaridad con el norte, también llegó de manera natural e inesperada al diseñador que acabó haciendo su vestido de novia. Gorka Cintero, que iba a confeccionar el vestido de su suegra, también cumplió el sueño de nuestra protagonista.
En su taller de la calle Usandizaga, casi asomando al Urumea y a un paso del Kursaal, encontró un espacio de calma y oficio, y a un hombre que entendió su manera de ser, vestir y estar. “Conectamos desde el primer momento, algo que me parece importantísimo para disfrutar del proceso, y captó mi estilo al segundo”, explica María, hasta el punto que muchos invitados reconocieron que ese vestido estaba hecho totalmente para ella. “Todos me dijeron que era muy yo”, asegura. ¿Hay algo más satisfactorio que eso para un diseñador y una novia?
La importancia de conectar con el diseñador nupcial
María recuerda este proceso como “algo increíble”. “Estuve acompañada en casi todas las pruebas por mi madre y mi hermana. Fue tan bonito…”. Comenzaron con una primera cita en la que la novia fue contando a Gorka todas las ideas que rondaban su imaginación. Ahí mismo, le pintó un boceto en el momento. El diseñador vasco captó su idea al instante y, a los dos días, le envió otros tres bocetos algo diferentes para que pudiera elegir. Se quedó con el último, el más especial de todos. “Estaba lleno de plisados por delante y por detrás, era un sueño”, asegura.
Partieron de una idea que María tenía muy clara: buscaba un vestido de cuello halter y un material que tuviera algo de caída. Estaba en el lugar perfecto, porque Gorka Cintero es de sobra conocido por la calidad de los tejidos con los que trabaja. “Fue increíble la cantidad de telas tan bonitas y especiales que nos enseñó desde el primer día en el taller”.
Escogieron todo seda natural, un crepe satén combinado con georgette plisado para dar forma a ese vestido rematado con lazadas en la espalda, aparentemente sencillo, pero que tanto trabajo tenía detrás. “En la primera prueba con la toile, ya te hacías perfectamente la idea del vestido”, explica.
Otro de los requisitos de María era llevar una capita o abrigo que le tapara los hombros para el momento de la ceremonia y pudiera quitarse fácilmente tras la misa. “Tenía varias fotos de ideas de Instagram y Pinterest con formas, tipos de tejidos o texturas que me gustaban”, asegura María. Sin embargo, no tuvieron claro qué se pondría por encima hasta que las pruebas ya estaban bastante avanzadas.
“Algo que me gustó mucho de él fue la tranquilidad que me dio para ir construyendo juntos el vestido, sin tener que decidirlo todo desde el minuto uno, ya que eso me agobiaba un poco”, reconoce. Al final, acabaron apostando por un chaleco con botones forrados que se remataba en cola, confeccionado con una organza de lentejuelas muy finas y delicadas. “Lo hicimos de tal forma que ocultaba un poco el vestido, para tener dos diseños diferentes. La realidad es que al final no me lo quité hasta el final del banquete ¡porque me encantaba!”, recuerda.
“Algo que me gustó mucho de él fue la tranquilidad que me dio para ir construyendo juntos el vestido, sin tener que decidirlo todo desde el minuto uno, ya que eso me agobiaba un poco”, reconoce. Al final, acabaron apostando por un chaleco con botones forrados que se remataba en cola, confeccionado con una organza de lentejuelas muy finas y delicadas. “Lo hicimos de tal forma que ocultaba un poco el vestido, para tener dos diseños diferentes. La realidad es que al final no me lo quité hasta el final del banquete ¡porque me encantaba!”, recuerda.
Accesorios que suman
Otro de los requisitos de la novia era llevar velo, aunque no entraría velada a la iglesia. Sin embargo, Gorka le sugirió prescindir de él para no añadir demasiada información al look. Quedaron en eso… hasta dos semanas antes de la boda. “Me entró una sensación de pena porque me faltaba el velo que, en realidad, sí quería llevar. Se lo comenté a Gorka y le pareció perfecto. Me dijo que me prepararía uno y estaría listo para la última prueba. Confiaba tanto en él que sabía que todo iba a salir perfecto.
En el resto de accesorios, María siguió el mismo criterio que en el resto del look: elegir con calma y quedarse solo con lo que realmente le encajaba. Los zapatos fueron de Flor de Asoka, una elección muy meditada después de mirar muchas marcas y opciones. “Había visto a muchas novias con esta firma y por eso dudé al principio, pero en cuanto a diseño y comodidad no encontré nada que me gustara más”, explica. Eligió un modelo de terciopelo en color topo, discreto y elegante, que acompañaba el conjunto sin restarle protagonismo al vestido.
Las joyas tenían un valor muy personal. Llevó su anillo de pedida, una pieza de platino con un diamante central y zafiros alrededor. “Es espectacular, el anillo de pedida más bonito que he visto hasta ahora”, dice entre risas. Además, apostó por unos pendientes de colgante fino con diamantes y perla, un regalo que le hicieron sus suegros el día de la pedida.
El ramo siguió esa misma línea sencilla y muy ligada al entorno. María quería algo pequeño, casi silvestre, con un aire de campo que encajara con el lugar en el que se casaban. Lo realizó con la floristería del pueblo donde se casaron, apostando por una base verde salpicada de pequeñas florecillas rosas blancas y moradas, a juego con las coronas de las damitas de honor. Como detalle especial, ataron al ramo una cinta con una virgencita.
Para el maquillaje, María no tuvo ninguna duda. Eligió a María Orbai, a quien conocía desde pequeña por haber coincidido en el colegio y cuya trayectoria había seguido de cerca a lo largo de los años. “Fue de las primeras personas a las que contacté cuando supe que nos casábamos”, cuenta, consciente de que su agenda suele llenarse con rapidez. La elección tenía todo el sentido: María no suele maquillarse y buscaba un resultado muy natural, sin sombras marcadas ni efectos pesados. “Ella te maquilla de tal forma que te deja impresionante, pero con un maquillaje que se ve súper natural”, explica. Y ese fue exactamente el resultado.
El peinado lo confió a la peluquería de confianza de su madre y su tía, un lugar al que han acudido toda la vida. Dudó entre una coleta baja y un moño, pero finalmente se decantó por este último. Un moño bajo, limpio y sencillo, que despejaba el rostro. “Me aplico mucho el principio de ‘menos es más’”, reconoce, “y así lo hice en la mayoría de las decisiones de mi boda”.
Una boda familiar en Navarra
El 23 de agosto de 2025, María e Ignacio se dieron el “sí, quiero” en Puente la Reina (Navarra), un lugar que para ella está cargado de recuerdos. Allí han pasado todos los veranos desde que tiene uso de razón y allí sigue estando la casa de su abuelo, un hogar muy especial, con una biblioteca y un jardín que conservan intacta su memoria. Fue precisamente entre esos muros familiares donde María se preparó antes de la ceremonia, rodeada de una calma poco habitual en un día así y con la sensación de estar exactamente donde tenía que estar.
Se casaron en la Iglesia de Santiago que se encuentra justo enfrente, al otro lado de la calle, un lugar que también forma parte de sus recuerdos. En este templo románico del siglo XII fue bautizada María y hasta allí pudo ir directamente andando hacia el altar del brazo de su padre, uno de los momentos que recuerda con especial cariño.
Tras la ceremonia, la celebración continuó muy cerca, también en el propio pueblo, en la finca El Peregrino. Se trata de un espacio rodeado de naturaleza, con una estética cuidada y serena, que cuenta además con un hotel boutique de quince habitaciones, todas diferentes. Allí se alojó la familia de Ignacio y pudieron compartir el fin de semana completo, algo que ambos recuerdan como uno de los grandes aciertos de la boda. Más que un simple banquete, fue una celebración vivida con la sensación de estar en casa, incluso para quienes llegaban desde fuera.
La fiesta fue el broche perfecto. Todo empezó con el baile de María e Ignacio, un momento íntimo y muy suyo, al que siguieron otros igual de emocionantes: el baile con su padre, con su suegro y con sus hermanos, encadenando abrazos, risas y miradas cómplices. A partir de ahí, la noche se fue soltando poco a poco hasta convertirse en una celebración por todo lo alto, con la pista llena de sus más allegados. Primero, al ritmo del grupo @somoselbrindis, y después con @eloybustos a los mandos, la música acompañó unas horas de baile despreocupado, de esas que siempre se recuerdan con una sonrisa.
Y para los que se acuerden menos, siempre quedarán las fotos de @chiribitabodas y los vídeos de @lucas.wedding, que capturaron cada instante del gran día, donde hubo un momento de mayor pudor: las fotos de pareja. “Ignacio es ‘muy del norte’ en ese sentido y esas fotos dándonos la mano, un beso… nos daban bastante respeto. Pero la verdad es que Sofía, de Chiribita, nos dio un truco para relajarnos: jugar a una especie de ‘Quién es quién’ entre nosotros mientras ella nos iba guiando y diciendo qué teníamos que hacer. ¡Funcionó!"
Cuando la novia es la wedding planner
La organización de la boda fue, en gran parte, cosa de María. No contaron con wedding planner y fue ella quien asumió ese papel con ilusión y muchas ganas, aunque reconoce que no siempre es el camino más fácil. “Lo hice porque me gusta organizar, pero también es verdad que eso lleva a conflictos que seguro nos habríamos ahorrado con alguien externo”, admite entre risas. Especialmente en esos momentos en los que hay que tomar decisiones y el ritmo no siempre se vive igual desde fuera que desde dentro. Aun así, la experiencia de amigas que se habían casado antes le sirvió de guía y le dio la tranquilidad necesaria para saber qué era importante y qué podía fluir sin tanta rigidez.
Esa misma idea de no recargar lo que ya es bonito marcó la decoración. La finca El Peregrino tiene una estética muy cuidada de por sí: piedra original, naturaleza alrededor y un aire de hotel boutique que no necesita grandes artificios. Por eso, la intervención fue sutil y bien medida. En el comedor se optó por centros de mesa con flores y pequeños toques verdes y frescos, realizados por Villa Miranda, una floristería de Pamp
En la iglesia, la decoración siguió esa misma línea natural y contenida. La entrada se enmarcó con dos columnas de follaje en distintos verdes, y los bancos y el altar se adornaron respetando la arquitectura románica del templo. Todo el trabajo floral de la ceremonia lo realizó Koro, la floristería del pueblo, una elección coherente con el carácter sencillo y familiar de la boda.
“Al final, es el conjunto de todo lo que hace que sea el día más especial de mi vida hasta el momento. Se junta que te estás casando con la persona que quieres y que, además, estás rodeado de todas las personas importantes de tu vida”. Eso sí, aunque María asegura que es un día que te llevas para toda la vida, aconseja “aprovecharlo cada segundo, ¡porque vuela!”.




































