Adriana Iglesias: cómo convertir un palacete en un lugar donde vivir

La diseñadora asturiana vio este palacete en Valencia y no se lo pensó dos veces. Trasladó su residencia, reformó lo mínimo y respetó suelos hidráulicos, molduras, plafones y vidrieras originales. Su marca y su vida, al lado de sus dos hijas, se concentran en este edificio único que antiguamente fue una embajada y un restaurante

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Lo suyo fue una de esas epifanías que se toman su tiempo. Tras ejercer de ingeniera de telecomunicaciones durante años y con la carrera de Piano terminada, un buen día se dijo que quería dedicarse a emprender y crear una marca. Y a los treinta y tantos se reinventó como diseñadora. La atípica trayectoria de Adriana Iglesias pudo deberse en parte a que, como ella dice, estudiar Piano y Ballet desde pequeña en su Oviedo natal la habían convertido en una optimizadora nata con una capacidad de aguante brutal. Pero su gusto ecléctico también tuvo algo que ver: “Siempre me han interesado cosas muy diferentes, me pasa hasta con la lista de Spotify”.

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Adriana Iglesias en el dormitorio principal, presidido por la gran chimenea de época. En la página siguiente, la entrada de su casa y la formidable vidriera que cierra el edificio.

El caso es que a los veintitantos, cuando el resto de su generación estaba buscándose la vida, ella la tenía solucionada. Disponía de una nómina confortable en una firma americana y no paraba de viajar. “Pero no tenía verdadera vocación y dejé de estar emocionada a los pocos años. Como casi todo, coincide con una crisis más personal, mis dos niñas son aún pequeñas y acabo replanteándome mi vida”. Fue una época de cambios que coincidió con la decisión de mudarse de Madrid a Valencia. Y la de probar suerte en la moda. Tenía 37 años. “Siempre me había interesado la figura de Isabel Marant desde el punto de vista empresarial. Y siempre me gustó soñar a lo grande”.

“Un día mis hijas me avisan de que Hailey Bieber había cogido un avión con un diseño mío. Luego fueron Jane Fonda, Lady Gaga, Sofía Vergara… Me dije: esto funciona”
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Y vaya si lo hizo. Mucha gente se echó las manos a la cabeza, su padre el primero. Pero Adriana tenía las ideas claras y se tiró a la piscina. “Me gasté lo que tengo y lo que no tengo aquí. Sabía que durante años no habría un sueldo para mí, pero no buscaba ganarme la vida, sino montar una marca. Ropa bien hecha, bien acabada, atemporal. Y con el control de calidad que garantizara que eso se había hecho aquí y con las condiciones éticas adecuadas”. También sabía el concepto que quería explorar; quería destilar el Mediterráneo en un estilo de mujer. “Esas sedas al viento que caen sobre el cuerpo, esa mujer que disfruta de cómo se ve y se siente. Hasta ahora los diseñadores que lo hacían eran hombres como Cavalli. Y luego estaban Marant y todas las francesas diciendo: ‘Mira, que yo soy una mujer, yo sé qué me quiero poner’. Yo traté de hacer conciliar ambos mundos en mi mujer mediterránea”.

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Techos altos y ornamentados, grandes miradores y suelos hidráulicos definen el espacio, lleno de plantas, donde Adriana atesora varios chelos y el piano.

Adriana, ya asentada en Valencia, empezó con una colección cápsula muy pequeña con sedas que se trajo de Como. Lo que propuso la convirtió en una de las precursoras en aquello de sacar pijamas y batas a la calle, hacer del blazer el eje del look, mezclar colores. “Me fui a Montecarlo un verano y lo vendí todo”. Ahí se dio cuenta de que le tocaba empezar a pensar como empresa. Contratar a gente. Dar a conocer lo que hacía. Y apostar por el mercado americano cuando lo notó receptivo. Aquello fue un pelotazo. Sus trunk shows en Moda Operandi arrasaron; fichó para Saks, para Neiman Marcus; las estilistas lo querían todo, las celebs se la rifaban. “Un día mis hijas me avisan de que Hailey Bieber había salido de su casa, con su moño y sus maletas, y un diseño mío, para subirse a un avión y después había llegado a Miami con otro conjunto firmado por mí. Más tarde fueron Jane Fonda, Chrissy Teigen, Lady Gaga, Sofía Vergara… Me dije: esto funciona”.

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Adriana, que tiene la carrera de Piano terminada, confiesa que el piano, que prefiere tocar al caer la noche, es, como para otros el deporte, su terapia diaria.

En poco tiempo EE. UU. acabó suponiendo el 80 por ciento del negocio. Pero no todo fueron luces. Había ido autofinanciando el negocio como pudo, pero resultaba difícil crecer y llegó a una situación complicada. “No sé cómo, pero acabé contactando directamente con la presidenta del Santander”. A situaciones desesperadas, medidas desesperadas. “Me dicen un día estando en Cisco que voy a contactar con Ana Patricia Botín, toda desesperada, para contarle mi vida, y no me lo creo. Pero funcionó. Recuerdo que volvía de Estados Unidos, me duché en el aeropuerto y fui directamente a su despacho. Firmé justo antes del confinamiento. Me pasa después y a lo mejor no lo cuento”. Todavía, confiesa, se siente un poco intrusa en el mundo de la moda. Pero lo cierto es que arranca el año con dos novedades, una flamante línea de hogar y la puesta de largo de su primera tienda física en Miami, casi nada.

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Lámparas y suelos llenos de historia, biombos y flores de Absoluta Flora enmarcan el espacio de trabajo de Adriana, que conecta directamente con su dormitorio por un lado y con los despachos de su equipo por el otro.

La casa se cruzó en su camino durante aquella carrera ascendente, apenas un par de años antes del confinamiento. Adriana necesitaba crecer y necesitaba un lugar donde hacerlo. “En realidad fue esta casa la que me eligió a mí. Vi un anuncio de un palacio y me lo imaginé carísimo. Pero vine a verlo”. Se trataba del palacio del marqués de Castellfort, posteriormente propiedad del vizconde de Valdesoto, que después pasó a ser una embajada hasta que, en su última etapa, se convirtió en un restaurante que heredó el nombre de La Embajada. “Casualmente yo ya había estado aquí en un evento precioso y no creía que esto fuera posible. El Rey Felipe había comido en uno de los comedores, el que estaba junto a la chimenea. ¡Y ahora es mi dormitorio!”.

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Adriana, con sus hijas Paulina (izda.) y Nicole (dcha.) y su perrita Flor, en el patio interior, al que se accede desde la cocina, arriba. A la derecha de la misma, detalle de los dormitorios de las niñas, separados por una estructura que respeta los techos originales.

Adriana no podía permitirse el palacio íntegro como casa, pero para la empresa era demasiado grande. Así que la fórmula mixta resultó ser la más interesante. “Yo no hago otra cosa que currar, y con dos niñas, era perfecto. No es por dármelas de Cenicienta, pero es que cualquier día estoy currando hasta las tantas. Porque si estoy con llamadas y reuniones todo el día, ¿cuándo diseño? Por la noche. Así que de administración pasas por una puerta a mi despacho y de ahí a mi dormitorio. Pero salí ganando porque mi habitación es la más bonita”, se ríe. Ramón Bandrés fue quien se encargó del proyecto de reforma y decoración, que fue muy conservador. No solo por presupuesto, sino porque no hacía falta. “Había que climatizar, poner gas natural, pintar y limpiar. Pero se hizo respetando suelos hidráulicos, molduras, plafones y el suntuoso baño original”. Y parte de los muebles y elementos decorativos fueron obra de SeS decó. En este palacete es donde Adriana Iglesias trabaja, pero también donde hace vida en familia con sus hijas: “Paulina, de 18 años, la más creativa, y Nicole, de 17 años, la de mente más técnica y matemática”. Ellas son, reconoce entre risas, las que en más de una ocasión acaban preparándole la cena. Pero sus días libres son para ellas. “Nos levantamos sin madrugar y después del cafetín nos vamos dando un buen paseo hasta el puerto. Luego echamos las tardes aquí tiradas viendo Netflix o leyendo un libro; a veces también se ponen en la barra que tenemos para hacer ejercicios de ballet y me intentan convencer a mí”. Y luego está el piano, claro. “Igual que otros hacen deporte, tocar es mi terapia. Tenía un Steinway estupendo, pero tuve que venderlo; salió literalmente por la ventana. Estuve unos meses con el duelo del piano hasta que llegó otro más modesto. Pero me permite tocar a diario y se ve bonito en su rincón. Además, lo disfruto mucho más que de niña. Ahora por fin toco lo que me gusta, Chopin, Beethoven, Granados… y cuando me gusta. De noche, con la luz apagada, vestida con mis pijamas de seda y siempre descalza”.

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Suntuoso y extremadamente amplio, el baño principal (arriba) apenas se modificó, con excepción de las lavabos y de la bañera exenta, que hubo que retirar debido a su deterioro. Abajo, la familia al completo disfruta de una mañana de risas y complicidad en la cama de Adriana, un diseño barroco tapizado en terciopelo con capitoné disponible en SeS decó.







FOTOGRAFÍA: ICÍAR J. CARRASCO

TEXTO: LETICIA ECHÁVARRI

LOOK 1: BLAZER Y PANTALÓN DE ADRIANA IGLESIAS

LOOK 2: TRAJE DE DOS PIEZAS DE ADRIANA IGLESIAS

LOOK 3: BLAZER DE ADRIANA IGLESIAS

LOOK 4: BLAZERS DE ADRIANA IGLESIAS

LOOK 5: PIJAMAS Y BATAS DE ADRIANA IGLESIAS

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