Ni glaciares ni milagros: la nueva evidencia que confirma cómo se movieron las piedras de Stonehenge


Un estudio de la Universidad de Curtin analiza "huellas digitales" microscópicas en el terreno y demuestra que el monumento no fue obra del azar geológico, sino de una asombrosa organización humana


Stonehenge sigue siendo uno de los mayores enigmas de la arqueología, incluso después de más de un siglo de investigaciones© Getty Images
2 de febrero de 2026 - 14:10 CET

Está la fórmula secreta de la Coca-Cola. El enigma de cómo se levantaron las pirámides de Egipto. Y, desde hace más de un siglo, el eterno rompecabezas de Stonehenge. Situado en la llanura de Salisbury, al sur de Inglaterra, este anillo de piedras gigantes ha desconcertado a generaciones. ¿Cómo es posible que hace 5.000 años, sin grúas ni tecnología, esas moles de piedra terminaran allí? Durante décadas, muchos científicos intentaron quitarle mérito al ser humano. 

Durante décadas se creyó que los glaciares de la Edad de Hielo habían transportado las piedras hasta la llanura de Salisbury© Getty Images
Durante décadas se creyó que los glaciares de la Edad de Hielo habían transportado las piedras hasta la llanura de Salisbury

La teoría dominante sostenía que la naturaleza había hecho el trabajo pesado: los glaciares de la última Edad de Hielo habrían arrastrado las piedras desde Gales o incluso Escocia, dejándolas prácticamente “a mano” para los constructores neolíticos. Pero esa excusa acaba de venirse abajo.

La huella invisible que desmonta un siglo de teorías

Un equipo de científicos de la Universidad de Curtin (en Australia) ha decidido resolver el misterio de una forma distinta. En lugar de mirar las piedras gigantes, han puesto la lupa en algo casi invisible: la arena de los ríos que rodean Stonehenge.

Es como un trabajo de CSI geológico. Utilizando una técnica llamada "huella digital mineral", analizaron cientos de granos de circón y apatita, unos cristales tan resistentes y pequeños que son como auténticas cápsulas del tiempo geológico. Si los glaciares hubieran transportado rocas desde Gales o Escocia hasta Stonehenge, habrían dejado una firma mineral clara y detectable en la llanura de Salisbury.

El resultado es rotundo: no hay ni rastro de esa huella glacial. Los minerales encontrados corresponden a la geología local del sur de Inglaterra. El hielo, sencillamente, no estuvo allí.

Las llamadas piedras azules de Stonehenge proceden de regiones situadas a cientos de kilómetros del monumento© Getty Images
Las llamadas piedras azules de Stonehenge proceden de regiones situadas a cientos de kilómetros del monumento

Una conclusión aún más asombrosa

Al descartar a los glaciares, solo queda una explicación. Y es mucho más inquietante. Fueron los humanos.

Eso implica transportar piedras de varias toneladas —como la famosa Piedra del Altar, de unas seis toneladas— a lo largo de cientos de kilómetros. En algunos casos, desde más de 700 kilómetros de distancia. Por tierra, por mar o combinando ambos caminos. Sin metal, sin motores, sin mapas modernos. Solo organización, liderazgo, conocimiento del entorno y una determinación fuera de lo común.

“Sabemos que el hielo no movió las piedras. Cómo lo hicieron exactamente los humanos quizá nunca lo sepamos”, explica el geólogo Anthony Clarke, autor principal del estudio. “Pero su capacidad de planificación es incuestionable”.

Cómo lograron mover piedras de varias toneladas sin tecnología moderna sigue siendo uno de los grandes misterios de Stonehenge© Getty Images
Cómo lograron mover piedras de varias toneladas sin tecnología moderna sigue siendo uno de los grandes misterios de Stonehenge

El misterio que sigue sin respuesta

La ciencia ha resuelto el cómo no llegaron las piedras. Pero el porqué sigue siendo una incógnita.

¿Un observatorio astronómico? ¿Un cementerio ceremonial? ¿Un lugar de rituales, banquetes y poder simbólico?

Stonehenge continúa guardando sus secretos. Lo que ya parece claro es que no fue un accidente geológico, ni una casualidad del hielo. Fue una decisión consciente. Una declaración de intenciones.

 Y quizá por eso, cinco milenios después, sigue fascinándonos: porque demuestra hasta dónde era capaz de llegar el ser humano cuando se lo proponía.

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