Mikel Merino vive uno de los mejores momentos de su carrera: es campeón del mundo con España y ha ganado la Premier League con el Arsenal. Pero hay un episodio de su pasado que nada tiene que ver con los títulos y que todavía recuerda con la sensación de haber tenido mucha suerte. En 2017, el centrocampista viajaba en el autobús del Borussia Dortmund cuando tres artefactos explosivos estallaron junto al vehículo. Aquel día cambió de asiento porque tenía las piernas cargadas. Al día siguiente descubrió que un fragmento de metralla había quedado incrustado en el reposacabezas del lugar donde solía sentarse. "Creo que tengo un ángel de la guarda. De hecho, tengo suerte de estar vivo", reconoce en un testimonio publicado en The Players’ Tribune y del que se ha hecho eco El Desmarque.
Merino tenía 20 años y jugaba en el Borussia Dortmund, al que llegó en julio de 2016, cuando ocurrió el atentado, el 11 de abril de 2017. El equipo se dirigía al estadio para disputar contra el Mónaco el partido de ida de los cuartos de final de la Champions League. Las explosiones provocaron momentos de enorme confusión dentro del autobús. Marc Bartra, compañero de Merino, resultó herido y tuvo que ser trasladado al hospital, donde fue operado de una lesión en la muñeca derecha pues la tenía "destrozada", cofiesa el jugador.
"Hubo un ruido ensordecedor", recuerda el futbolista, que también relata cómo el autobús «casi vuelca». Después vio "sangre, humo y escuchó gritos". En aquellos primeros instantes, los jugadores no sabían con claridad qué había ocurrido ni cuál era el alcance de las explosiones. La prioridad era entender qué estaba pasando y comprobar cómo se encontraban los compañeros. Merino también estuvo pendiente de Bartra, el otro español del equipo y quien fue uno de los peor parados en aquel ataque.
La metralla quedó en su asiento
Fue al día siguiente cuando Merino conoció un detalle que le hizo comprender lo cerca que había estado del peligro. Un fragmento de metralla había quedado incrustado en el reposacabezas del asiento situado junto a Bartra. Era el lugar en el que él solía viajar. "Mi sitio de siempre", explica. Pero aquella tarde había decidido sentarse en otro lugar.
El motivo fue tan sencillo como cotidiano: tenía las piernas cargadas y se fijó en que los asientos de la parte delantera del autobús se reclinaban. Pensó que allí podría viajar más cómodo y cambió de sitio. "Me senté allí y puede que eso me salvara la vida", cuenta. No puede saber qué habría pasado si hubiera ocupado su asiento habitual, pero descubrir dónde había quedado incrustada la metralla le hizo ver la gravedad del atentado y la suerte que había tenido.
Lo que en cualquier otro desplazamiento habría sido un cambio sin importancia adquirió un significado muy distinto después del atentado. Merino solo quería descansar las piernas durante el trayecto, pero aquel gesto, aparentemente insignificante, terminó por convertirse en uno de los recuerdos más impactantes de aquella experiencia.
Casi diez años después, el centrocampista navarro sigue recordando lo ocurrido en Dortmund. "Tengo esa creencia de que las cosas pasan por algo", reconoce en su testimonio. Su referencia a un ángel de la guarda refleja cómo interpreta hoy una experiencia en la que un cambio de asiento pudo haber sido decisivo.
Desde entonces, su carrera le ha llevado a conquistar grandes títulos con España y el Arsenal. Pero hay un recuerdo que va mucho más allá del fútbol: el atentado en el que su compañero y amigo Marc Bartra resultó herido y del que él salió ileso. Al día siguiente, al descubrir que la metralla había quedado incrustada en el reposacabezas de su asiento habitual, comprendió hasta qué punto había estado cerca del peligro: "Tengo suerte de estar vivo".









