Este domingo 25 de enero de 2026, el escalador estadounidense Alex Honnold volvió a redefinir los límites de lo posible en el mundo del deporte extremo. A sus 40 años, Honnold llevó a cabo una de las proezas más espectaculares, y a la vez inquietantes, que se recuerdan en la historia reciente de la escalada: ascender sin ninguna protección —ni cuerdas, ni arnés, ni redes— los 508 metros de altura del rascacielos Taipei 101, uno de los edificios más altos del mundo, en pleno centro de Taipei, Taiwán.
La escalada, que duró aproximadamente una hora y media, formó parte de un evento televisado por Netflix bajo el formato “Skyscraper Live”, transmitido con un ligero retraso de seguridad para garantizar que ningún fallo técnico se convirtiera en tragedia. Lo que se vio en pantalla fue tanto bello como angustioso: millones de espectadores siguieron en directo cómo Honnold, con una calma casi sobrehumana, avanzaba por los salientes metálicos y las superficies lisas del edificio, a merced de la gravedad, el viento y la propia física del desafío.
A diferencia de sus históricas escaladas en pared natural, como la legendaria ascensión en “solo integral” de El Capitán (documentada en Free Solo, película ganadora de un Oscar), este reto urbano exigía una adaptación única. El Taipei 101 no es roca viva: su estructura metálica y sus ornamentos decorativos —conocidos como “dragones” o “cajas de bambú”— planteaban agarres extraños y, en muchos casos, mínimos, obligando a Honnold a recurrir a técnicas avanzadas como el kneebar, un bloqueo de rodilla que le permitía descansar brevemente mientras colgaba cabezas abajo.
La propia naturaleza de la escalada, sobre una superficie en absoluto adherente, convirtió cada centímetro ganado en una batalla psicológica. Se le vio secarse constantemente las manos y reponer magnesio para mejorar la fricción —gestos que, aunque rutinarios para un escalador experimentado, adquirían un matiz dramático a más de 500 metros del suelo.
¿Qué lleva a alguien a exponerse a semejante riesgo?
Para Honnold, la respuesta parece simple y profunda a la vez: explorar los límites del cuerpo y la mente, y compartir la experiencia con otros para que reflexionen sobre lo que significa vivir plenamente. En varias entrevistas posteriores, el atleta ha subrayado que su principal motivación no es la fama ni el dinero —de hecho, reveló que la compensación económica por este evento fue “vergonzosamente pequeña” para los estándares de otras disciplinas deportivas—, sino la pura esencia del reto mismo.
Una proeza no exenta de debate
El espectáculo televisado ha generado preguntas sobre la ética de convertir en entretenimiento una actividad con riesgos extremos, especialmente cuando la vida del protagonista es la apuesta más alta de la ecuación. Algunos críticos argumentan que iniciativas como esta pueden incentivar imitaciones peligrosas o banalizar un deporte que, antes que disciplina de masas, era una aventura introspectiva. Otros celebran la hazaña como un hito que pone en valor el coraje, la preparación y la maestría técnica de un atleta singular.
La figura de Honnold ha evolucionado con los años. Lo que antes era un escalador introvertido y reservado —cuenta la leyenda que durante mucho tiempo vivió en una furgoneta mientras entrenaba incansablemente— se ha convertido en un referente mundial del espíritu de superación. A pesar de ello, mantiene rasgos que lo diferencian de muchos deportistas: una humildad casi desconcertante, una visión pragmática del riesgo y una determinación férrea para seguir enfrentándose a desafíos que parecen imposibles.









