La tranquilidad nunca dura demasiado en La Promesa y en los últimos capítulos ha vuelto a quedar claro. Manuel ha retomado el protagonismo que había perdido tras la muerte de Jana, ayudando a Curro a recuperar su lugar y a impedir la boda de Ángela con el capitán de la Mata, y, además, se ha enfrentado a Leocadia. Sin embargo, no han tardado en surgir los problemas para él: cuando parecía tener encarrilado su ambicioso proyecto aeronáutico, una nueva figura ha irrumpido en el palacio para ponerlo todo patas arriba. Su llegada no responde a casualidades ni a gestos de cortesía y, desde el primer momento, deja patente que no viene a hacer amigos. La serie diaria de La 1 incorpora a un personaje que observa, cuestiona y amenaza con frenar una de las grandes tramas de la temporada.
El recién llegado es Sebastián Rivero, comandante del cuerpo de aviación del ejército español, interpretado por Fran Lareu — al que hemos podido ver en ficciones como Fariña, Vivir sin permiso o Estoy vivo—. Su misión es tan clara como incómoda: "Mi trabajo aquí es aprobar, o no, el motor que Manuel está comercializando” y decidir si cumple con los requisitos legales necesarios, explica en un vídeo publicado por la cuenta oficial de la serie, dejando constancia de que su presencia no es decorativa y que sus decisiones tendrán consecuencias inmediatas en los próximos episodios. Por el momento, su primera valoración no invita precisamente al optimismo: “Todo sistema tiene unas reglas muy claras… pero Manuel se las ha saltado todas”, advierte el personaje, poniendo al protagonista contra las cuerdas desde el primer cara a cara.
Su presencia refuerza uno de los ejes más ambiciosos de la serie cruzando intereses empresariales, tensiones familiares y la autoridad institucional del estamento militar y aportando un toque de thriller a la trama. Desde su llegada al palacio, el militar se convierte en una figura incómoda: revestido de poder y con capacidad real para frenar el negocio, cuestiona la transparencia del proceso, exige controles exhaustivos y deja claro que nada podrá salir adelante sin su visto bueno. La tensión con Manuel es inmediata y, como reconoce el propio intérprete, su aparición “no ha sido muy bien recibida”, ni por el joven ni por sus compañeros Toño y Enora. No solo fiscaliza el proyecto, una innovación tecnológica que podría cambiar el futuro de la aviación, sino que también pone en evidencia la fragilidad de un trabajo que parecía sólido hasta entonces y que incluso podría costarles el cierre de la empresa.
La situación despierta sospechas en el entorno del palacio. ¿Quién está realmente detrás de la llegada del comandante? Las miradas se dirigen tanto a Leocadia como a Lorenzo, pero tampoco se descarta que pueda tratarse del propio estamento militar ya que el heredero de los Luján ha intentado vender su licencia a empresas que colaboran con el ejército. Mientras la desconfianza se instala entre los personajes, Manuel y su equipo comienzan a moverse con cautela, intentando evitar filtraciones y ocultando parte de la documentación, conscientes de que cualquier paso en falso puede echar por tierra meses de trabajo.
A medida que Sebastián desvela sus intenciones, el pulso con los jóvenes empresarios se intensifica, quienes se plantean si realmente sabe tanto como dice o si, por el contrario, es un impostor. El choque de percepciones —autoridad frente a astucia— marcará la trama y añadirá un toque de intriga y misterio. ¿Serán capaces de superar este gran obstáculo y salir victoriosos?
Con la llegada de Rivero, La Promesa vuelve a demostrar su capacidad para introducir conflictos que reconfiguran el tablero sin necesidad de grandes estridencias. Su presencia amenaza con frenar el sueño empresarial de Manuel y, al mismo tiempo, introduce nuevas preguntas sobre lealtades, intereses ocultos y el precio de saltarse las normas. En un palacio donde cada decisión tiene consecuencias, el comandante llega precisamente para recordarlo y revolucionarlo todo.








