La ligera lluvia que caía sobre Madrid parecía reflejar el ánimo de quienes, al mediodía, cruzaban las puertas de la Catedral Ortodoxa Griega de San Andrés y San Demetrio. Dentro, todo estaba dispuesto para una despedida serena y profundamente sentida a la princesa Irene de Grecia, la hermana pequeña de la reina Sofía, fallecida a los 83 años. La despedida, vivida desde dentro, fue un reflejo fiel de lo que ella representó: discreción, familia y una emoción contenida que se expresó más en los gestos que en las palabras. A su llegada al templo se percibía ya una imagen que se repetiría durante toda la ceremonia: la de una familia volcada en arropar a su matriarca. Doña Sofía avanzó acompañada por los Reyes y por sus nietas, la princesa Leonor y la infanta Sofía, que se mostraron en todo momento especialmente atentos a ella, pendientes de cada gesto y cada paso.
La emoción, contenida pero claramente perceptible, se reflejaba en la cercanía, el respeto y el afecto con los que arroparon a la reina Sofía a lo largo de todo el recorrido, en un ambiente marcado por la solemnidad y el recogimiento. En el interior, protagonizó uno de los momentos más significativos del responso al acercarse a la reina Letizia en un gesto de afecto. Letizia permaneció a su lado, compartiendo confidencias en voz baja, en una escena que evidenció la complicidad y la cercanía que las une en los momentos importantes.
El rey Felipe tampoco se separó de su madre en ningún momento y, con gestos constantes de cariño y protección, la acompañó del brazo a la salida, ofreciéndole apoyo y consuelo en uno de los días más delicados y difíciles para la Familia Real. Las atenciones del Rey fueron constantes, discretas y protectoras, una actitud que también compartieron la princesa Leonor y la infanta Sofía, muy pendientes de su abuela durante toda la ceremonia.
Frente al féretro, cubierto por la bandera con el estandarte de la Casa Helena y una corona de flores blancas, la familia permaneció unida, en un silencio cargado de significado. Durante la ceremonia, doña Sofía no pudo contener las lágrimas al despedirse de su hermana, mostrando la profunda emoción que inundaba aquel momento tan íntimo y solemne. Los Reyes también se mostraron visiblemente conmovidos, dejando que su semblante hablara por sí solo del profundo vacío que deja la partida de un ser tan querido.
El ataúd, sencillo y solemne, presidía el templo. Muy cerca, una imagen de Irene de Grecia recordaba a todos a la mujer que había sido: discreta, cercana y profundamente comprometida. La música elegida por la reina Sofía marcó el tono espiritual del responso. Un quinteto de la Unidad de Música de la Guardia Real interpretó el Aria de la Suite en Re de Bach y el Lacrimosa del Réquiem de Mozart, dos piezas que envolvieron la catedral en una atmósfera de recogimiento. Mientras tanto, en una pantalla instalada en el interior se proyectaban, de forma continuada, imágenes de la vida de la princesa Irene, un recorrido íntimo por once minutos de recuerdos compartidos.
Primas con vínculo de hermanas
La ceremonia, de unos 45 minutos, fue oficiada por el metropolita Bessarión, arzobispo-metropolitano de España y Portugal, y transcurrió con una emoción serena. Antes de comenzar el responso, se produjo otro de los instantes más comentados: la princesa Alexia de Grecia tomó la mano de la infanta Cristina para tranquilizarla con un gesto cómplice, susurrado que decía mucho sin necesidad de palabras. Ambas permanecieron juntas durante todo el acto, al igual que habían llegado al templo, compartiendo paraguas bajo la lluvia y secándose las lágrimas mutuamente. Más que primas, parecían hermanas. La infanta Cristina vivió la despedida muy emocionada, en el que también la acompañaron sus hijos Irene, Pablo y Miguel Urdangarin.
Irene Urdangarin y Victoria Federica de Marichalar, vestidas de riguroso negro, llamaron la atención por la sobriedad y el simbolismo de sus elecciones. Cada una interpretó el luto desde su propio estilo, pero ambas permanecieron unidas, sin separarse en ningún momento. Victoria de Marichalar, muy seria y cabizbaja, reflejaba en su expresión la tristeza del momento en el que Irene la apoyó como una hermana.
Durante el responso se recordó la figura de Irene de Grecia, la princesa más española de la Familia Real helena. Ella misma explicó en una ocasión su vínculo con nuestro país: “Vine a Madrid para pasar cinco días y me quedé cinco años. Y según pasaba el tiempo entendí que mi lugar estaba al lado de Sofía”. Un lugar que mantuvo hasta el final, primero como hermana y después como apoyo imprescindible en su vida.
También estuvieron muy presentes las infantas Elena y Cristina, la princesa Alexia con su marido, Carlos Morales, y numerosos miembros de distintas casas reales europeas y del entorno más cercano de la princesa Irene. Todos compartían la misma actitud: respeto, silencio y apoyo a la reina Sofía, que hace solo unas semanas había perdido también a otra de sus grandes confidentes. El cariño que despertaba quedó patente también en los mensajes llegados desde Grecia. El príncipe Pablo, actual jefe de la Casa Helena, la definió como “un pilar fundamental para nuestra familia a través del tiempo”, palabras que resonaron con fuerza entre los presentes.



























