David Bowie era como un camaleón. Pero él no mudaba de piel para confundirse con el fondo, sino para lograr todo lo contrario, que lo desearas con la misma irracionalidad con la que una polilla va hacia a la luz. Él, como aquel Terence Stamp dibujado por Pasolini para Teorema, medio ángel/medio demonio, hizo de su llegada a la música algo desconcertante, nuevo y sobre todo, raro. Era como un alienígena llegado del espacio exterior. Tan provocador como extraño, tan extravagante como enigmático, tan ambiguo como hipersexualizado y… jodidamente sexy. Y aún, hoy, diez años después de su muerte, David Bowie sigue siendo un fenómeno. Inclasificable, innovador, desconocido, único. Y… noticia
Quizás porque no hay —ni ha habido— nadie que más y mejor haya transitado entre ficción y realidad pasándose por el forro todas las dimensiones posibles —que para eso la suya era espacial—, ha sido el elegido para cerrar la última temporada de Strangers Things. Su voz, al menos. La de su primera grabación de Heroes —¿que bien podría haber sido también Life on Mars?, pero ya se les adelantó Jessica Lange en American Horror Freaks— y el resultado ha sido algo perfecto. O al menos, en lo musical, que no vamos a entrar ahora en las polémicas de los fans y los fanáticos acerca del final de la serie más viral de los últimos tiempos…
Y, encima, con repercusiones quizás inesperadas. Como poco, para aquellos que vivimos las cintas de cassette… Y es que, por culpa o mejor dicho, gracias a la decisión de los hermanos Matt y Ross Duffer, las reproducciones del tema en las plataformas de streaming han aumentado en casi un 500% cuando pusieron punto y final a la quinta temporada. Según datos de Luminate, si bien Heroes habría a acumulado alrededor de 94 000 reproducciones digitales diarias durante los últimos cinco meses —que para eso es un clásico del pop— tras Año Nuevo, con la emisión planetaria del último capítulo de la serie de Millie Bobby Brown (que acumuló casi 60 millones de visualizaciones cerrando así una década mítica para Netflix) la canción registró 342.000 reproducciones online el 1 de enero, 456.000 el 2 de enero y 470.000 el 3 de enero. Y sigue subiendo, que estamos a 10. Y no, no era el único tema de su BSO y lo sabes. Ahora bien, sí la punta de lanza, y de un sinfín de éxitos imprescindibles de los 80’s con Prince y su Purple Rain o When Doves Cry, con Iron Maiden o con Kate Bush quien, con Running Up That Hill (A Deal With God), también volvió a vivir una nueva primavera.
¿Y por qué Heroes ha sido el cierre perfecto? (que me niego a escribir “de oro”) Porque a sabiendas de la historia del tema (y habiéndote visto la serie, que tampoco vamos a hacer spoiler) se entiende todo. Y que el spoiler ya lo hicieron los responsables de la serie, también es cierto, que pudimos escuchar una versión orquestal de Heroes ya en la tercera temporada, solo que de Peter Gabriel y fechada en 2010. El caso, que Heroes merece de una crónica, y aquí la tienes. No en vano hizo de David Bowie un héroe en la Berlín de Nina Haagen, de Scorpions, del 99 Luftballonsde de Nena o de Pink Floyd, llegando a convertirse en algo así como en el himno oficioso de una ciudad herida.
La canción se grabó a 150 metros del muro. Concretamente, en Köthener Strasse 38, en los Hansa Tonstudio (el mismo en el que grabaron después Depeche Mode o U2), a una calle de aquella brecha que dividió el mundo (y partió en dos una ciudad y la vida de sus habitantes) durante casi tres décadas y se erigió en emblema de la Guerra fría. Para más inri, aquellos estudios eran conocidos como “el gran salón” porque, aun habiendo sido construidos entre 1910 y 1913, su Meistersaal se hizo famosa después, por su acústica excepcional, cuando se convirtió en la sala de reuniones —y fiestas, acuérdate de Salon Kitty— de la Gestapo durante el Tercer Reich. Allí, entre sus paredes, cuenta la leyenda que, sentado mirando a la ventana, David Bowie observó una escena que le inspiró la letra de ésta, una de las mejores canciones de la Historia. La de dos amantes, Tony Visconti, el coproductor de la canción, por cierto, y entonces hombre casado, y Antonia Mass, una cantante de jazz. Ambos estaban en la calle, no sabían que nadie los estaba viendo, y despreocupados se dieron un abrazo, para acto seguido, furtivamente, besarse. Y aquello que, según Visconti, no era más que “la historia de unos alcohólicos” (aunque enamorados) devino en símbolo del amor en un mundo disgregado en donde la incomprensión, el odio, las injusticias y el silencio eran la única moneda de cambio.
Más tarde, en 1987 cuando Bowie se disponía a cantar el tema frente al Reichstag, ante 70.000 personas, gritó: “Enviamos nuestros mejores deseos a nuestros amigos que están al otro lado del Muro”, y su proclama se escuchó, gracias a los altavoces virados hacia el Este, al otro lado del muro, provocando un tumulto juvenil que se saldó con la detención de decenas de jóvenes a manos de la Stasi, que secundaron su voz con un mantra: “abajo el Muro”. En 2016, poco después de su muerte, recibió un homenaje y el entonces ministro de Asuntos Exteriores de Alemania reconoció el impacto de aquel concierto y aquellas palabras: “Ahora estás entre los héroes. Gracias por contribuir a derribar el Muro ”.
Corría el 1976 cuando el británico decidía romper con la espiral de drogas, sexo, alcohol y fama en la que se había convertido su vida en Londres y escapaba a Berlín para construir allí una nueva casa y un nuevo yo
Pero, ¿qué hacía David Bowie en Alemania? Corría el 1976 cuando el británico decidía romper con la espiral de drogas, sexo, alcohol y fama en la que se había convertido su vida en Londres y escapaba a Berlín para construir allí una nueva casa y un nuevo yo. O varios. Allí compartió piso e influencias con Iggy Pop, se sumergió en la noche berlinesa y compuso tres álbumes (la "Trilogía de Berlín": “Low” (1977), "Heroes" (1977) y Lodger (1979)),que definieron la música del futuro. De hecho, hace poco se publicó un cómic, Low, del dibujante alemán Reinhard Kleist y publicado por Underdog Ventures, en el que se narran algunos de los episodios más fascinantes y fructíferos de la carrera del Camaleón del Rock y que sirve, al mismo tiempo, para conmemorar esa efeméride, la de ese viaje transformador (y diríamos que mesiánnico) de Bowie a una ciudad que intentaba dejar atrás la guerra y el mundo en ruinas para construir algo nuevo: un crisol de la cultura underground, del arte urbano y de la promiscuidad. Algo así como la antesala del Madrid de la Movida.
Bowie vivió aquí tres años. Hasta 1979. Un tiempo más que suficiente como para reinventarse como hombre y también como artista y, de paso, remover los cimientos de la música, la identidad de género, el rock, la moda y hasta el concepto “belleza”. Pero aquella huida hacia adelante era algo más, era un salto al otro lado del abismo. Cuestión de vida o muerte. Su adicción a la cocaína había alcanzado cotas similares a las del Everest. Tanto es así que, décadas después, apenas recordaba nada de la grabación de Station to Station, por ejemplo. "Solo sé que fue en Los Ángeles porque lo he leído", llegaría a admitir.
Se había convertido en prisionero de su propio personaje: The Thin White Duke, uno de sus alter egos. En este caso, el aristócrata demencial, el zombi elegante y amoral que cantaba canciones románticas con intensidad angustiosa pero flema británica aemocional. Vestido con camisa blanca, pantalones negros y chaleco, el Duque era la encarnación del vacío existencial, algo totalmente opuesto a lo que vendría después con Ziggy Stardust, el personaje que nació de sus entrañas en Berlín y en el que lo menos llamativo era que tenía los ojos de diferente color. Y tiene gracia porque, poco antes de mudarse a Alemania, Bowie había protagonizado la película El hombre que cayó a la Tierra en donde interpretaba a un extraterrestre andrógino que llegaba a nuestro planeta e intentaba pasar desapercibido entre los humanos…
En Berlín Occidental, la mega estrella del glam rock quiso hacer lo mismo y lo consiguió. Volvió a ser libre otra vez. Libre para descubrir el ambiente artístico berlinés hasta el punto de borrarlo todo y comenzar otra vez cual tábula rasa obsesionándose, claro, con todo lo que aquella ciudad tan decadente como imperial le ofrecía: desde la pintura expresionista de Otto Mueller al teatro de Bertolt Brecht, el cine de Murnau… Igual que, alguna década antes, hiciera otro británico, el autor de Adiós a Berlín (Cabaret), Christopher Isherwood…
Y precisamente fue en el Cabaret de Romy Haag donde decidió abandonarse a la efervescencia del amor procediera de donde pareciera. Romy Haag, pionera de la visibilidad trans y figura clave de la escena underground berlinesa, se convirtió en su amante y también en su musa al tiempo que él, por primera vez, no llamaba la atención porque estaba entre sus iguales y dejaba de ser el parasitado para ser él el vampiro. Por eso Boys Keep Swinging, del álbum Lodger, no es otra cosa sino un homenaje claro y directo a Romy, donde Bowie aparece travestido e imitando los movimientos Haag.
Aquella relación fue intensa pero complicada: Bowie aún estaba casado con Angela Barnett, aunque la pareja ya llevaba tiempo separada. Cuando Angie descubrió el romance, llamó a sus abogados y la presión mediática se hizo insoportable. Bowie lo dejó con Romy, pero también con Angela de quien se divorciaría en 1980 con varios intentos de suicido fallidos de por medio. Ella recibió 500.000 libras y una cláusula de silencio de una década. Después… después llegarían otras historias. Muchas de hecho, hasta que tres meses antes de morir, en 2016, David descubrió que su cáncer era terminal. Supo que su tratamiento iba a ser interrumpido mientras filmaba el videoclip de su último sencillo, Lazarus, como aquel que Jesucristo resucitó de entre los muertos, un titulo que mantuvo en secreto. “Mira aquí arriba, estoy en el cielo”, decía desde una cama de hospital. Aquella idea la tuvo una semana antes de que recibiera su diagnóstico definitivo. Porque Bowie no había perdido la esperanza. Ya había resucitado una vez. Porque ahí reside la grandeza de los genios, en que necesitan caer para demostrar que pueden resurgir de sus cenizas. En Berlín, una ciudad dividida por un muro, Bowie lo hizo. Escapando encontró la libertad. En el anonimato, recuperó su identidad. Y en el gris de un muro encontró el futuro y el color.











