Psicología

La psicología revela por qué algunas personas viven atrapadas en la culpa


Hay personas que se sienten culpables por todo, incluso sin haber hecho nada mal. Este sentimiento es uno de los más destructivos, por eso hay que aprender a gestionarlo y a eliminarlo como forma de curación emocional


Retrato de una mujer rubia mirando a cámara de perfil © Getty Images
2 de enero de 2026 - 12:00 CET

Hace pocos días, escuchaba un post del Dr. Mario Alonso Puig en el que hablaba de uno de los sentimientos más destructivos que existen: la culpa. Señalaba que esta emoción que nos afecta tan a menudo nada tiene que ver con el arrepentimiento. Este aparece cuando hemos hecho algo mal, nos damos cuenta, pedimos perdón y solventamos el error. La culpa, en cambio, es un pensamiento intrusivo que viene a machacarnos y cuyo fin no es otro que infligirnos daño. 

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Tal como lo ha explicado en uno de sus posts, “no sentir culpa ni vergüenza no significa no asumir responsabilidades”. El arrepentimiento permite aprender y reparar; la culpa, en cambio, es una forma de autoagresión constante, y la vergüenza, una autoanulación. Desde esa lógica, machacarse mentalmente no conduce a sentirse mejor, sino justo a lo contrario. “¿Cómo vas a mejorar si te estás atacando todo el tiempo?”, plantea. 

De ahí que los psicólogos insistan en que hay que trabajar este sentimiento de culpa excesivo y otros pensamientos dañinos que no nos hacen ningún bien. 

© Getty Images

¿Por qué sentimos culpa? 

Para entender mejor la culpa acudimos a uno de los libros más recientes sobre este sentimiento. Se trata de "Querida culpa, gracias pero adiós" (ed. Urano) escrito por la psicóloga Sonia Rico. La experta parte de una experiencia íntima para abordar el que se ha considerado uno de los grandes malestares emocionales de nuestro tiempo. 

Tal como explica la culpa se coló en cada decisión cotidiana, incluso en aquellas aparentemente neutras, hasta convertirse en una presencia constante. A partir de ahí comprendió que no siempre aparece por haber hecho algo mal, sino por no cumplir expectativas externas o internas. Esta emoción, para la psicóloga,  resta energía, libertad y bienestar, y lo peor es que muchas personas la normalizan sin cuestionarla.

Uno de los focos clave del libro está en la culpa heredada del entorno familiar. Rico distingue entre valores auténticos y lealtades inconscientes que se transmiten de generación en generación. Patrones como el sacrificio constante o la autoexigencia extrema no siempre responden a una elección consciente, sino a un mandato emocional aprendido. Revisar esas creencias, sostiene, no implica traicionar a nadie, sino rescatar lo que sigue teniendo sentido y soltar lo que ya no acompaña. Elegir desde la conciencia, y no desde el miedo, es un acto de madurez emocional.

En una sociedad que glorifica la productividad, Rico invita además a cuestionar la culpa por descansar, por parar o por no llegar a todo. No somos máquinas, recuerda, y descansar no es un premio, sino una necesidad básica

La autora también reflexiona sobre cómo educamos y acompañamos, especialmente a los más pequeños. Muchas culpas adultas nacen de una infancia marcada por el deber, el castigo o la censura emocional. Frente a ese modelo, propone una crianza basada en la presencia, la guía y el respeto. Cuando el afecto no está condicionado a cumplir expectativas, la culpa pierde fuerza. En una sociedad que glorifica la productividad, Rico invita además a cuestionar la culpa por descansar, por parar o por no llegar a todo. No somos máquinas, recuerda, y descansar no es un premio, sino una necesidad básica.

Otro de los grandes ejes del libro es la relación entre culpa e identidad. Castigarnos por errores del pasado impide reconocer que somos personas en constante cambio. Rico utiliza una metáfora clara: no tiene sentido juzgar la versión actual con los parámetros de una versión antigua que actuó con los recursos de entonces. La clave está en la compasión, no solo entendida desde la razón, sino vivida emocionalmente. 

Dicho todo esto, ¿qué podemos hacer para gestionar la culpa? 

© Getty Images

La culpa por intentar siempre ser perfectas

En muchas mujeres, este sentimiento de culpa aparece, como resaltaba la coach emocional Ixi Ávila por algo a lo que ella llama 'virus Superwoman' y que se traduce en mujeres que quieren llegar a todo, ser perfectas sí o sí. 

El problema es que el perfeccionismo no deja de ser un espejismo. Un patrón de comportamiento que limita, desgasta y no se alcanza nunca, pero que a las mujeres se les ha exigido perseguir a cualquier precio. Y es entonces cuando aparece este síndrome o 'virus': esa necesidad de llegar a todo y hacerlo todo bien, sin margen para el error ni para el descanso.

Así, muchas mujeres intentan ser impecables en el trabajo, estar siempre disponibles, cumplir como madres, hijas, parejas o amigas. Y, pese a todos los esfuerzos, consejos y malabarismos diarios, lo habitual es acabar frustradas y culpabilizándose por no alcanzar un ideal imposible. Como si el hecho de no llegar a esa perfección demostrara que hay algo defectuoso en una misma, cuando en realidad el objetivo nunca fue realista.

El primer paso para empezar a salir de esa trampa es aceptar que no somos Superwomen. Nombrarlo, asumirlo y dejar de medirnos con un estándar inalcanzable es clave para empezar a soltar la culpa.

© Getty Images

Cinco claves para gestionar mejor la culpa

  • Cuidar de tu propia humanidad y priorizar tus necesidades básicas es esencial. La culpa suele nacer de una voz interna que insiste en que no haces suficiente o no eres suficiente. Como ocurre en un avión, primero necesitas colocarte tú la mascarilla para poder ayudar a los demás. Repetirte que eres humana, no perfecta, y que avanzas paso a paso puede marcar la diferencia.
  • Conviene también cuestionar de dónde surge esa culpa. ¿En base a qué expectativas sientes que has fallado? Hacer visible todo lo que sí haces —en el trabajo, en casa, con tus hijos o contigo misma— ayuda a poner las cosas en su sitio y a reconocer tu esfuerzo real.
  • Ponerte en tu propio lugar es otro ejercicio revelador. Cuando te critiques, pregúntate qué le dirías a una amiga si estuviera en tu misma situación. Probablemente, la tratarías con comprensión y cariño, reconociendo que está haciendo lo mejor que puede con los recursos que tiene.
  • Aprender a poner límites resulta igualmente necesario. Decir que no, pedir ayuda o reconocer que no llegas no te hace menos válida ni menos capaz. Al contrario, es una forma de respetarte y de vivir de un modo más coherente contigo.
  • Por último, hablar de todo esto con otras mujeres suele ser profundamente reparador. Compartir experiencias permite entender que no se trata de un problema individual, sino de una carga cultural compartida. Acompañarse, normalizar la imperfección y cuestionar juntas creencias heredadas facilita avanzar hacia una vivencia más justa y realista de lo que significa ser mujer hoy.
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Ira, resentimiento, frustración, impotencia, desesperanza, culpa o vergüenza no aparecen de la nada, sino que suelen estar precedidos por un diálogo interno que se repite sin descanso

La recomendación de Mario Alonso Puig 

Volviendo al médico y divulgador al que sigo en redes sociales, hay que insistir en una de las ideas que él recalca en muchas de sus conferencias y posts: no somos víctimas pasivas de nuestros pensamientos. Al contrario, gran parte de nuestro malestar emocional nace de ellos. Ira, resentimiento, frustración, impotencia, desesperanza, culpa o vergüenza no aparecen de la nada, sino que suelen estar precedidos por un diálogo interno que se repite sin descanso. Y ahí, subraya, es donde empieza el verdadero trabajo personal.

Puig explica que cuando detectas un pensamiento que te está dañando, no se trata de luchar contra él. “Lo que se resiste, persiste”, recuerda. La clave no está en pelear, sino en sustituir. Pararte, tomar conciencia y decirte: esto es una energía que está moviendo todo lo que sucede en mi vida. Y, a partir de ahí, introducir otro pensamiento que oriente tu atención mental en una dirección distinta. 

Para que el cambio sea real, Puig insiste en que no basta con repetir frases de manera automática. El cuerpo tiene que acompañar al pensamiento. El tono de voz, la postura, los gestos. Por ejemplo, decirse "solo las personas valientes se atreven", sin poner empeño y determinación a la frase no vale, hay que encarnarlo. Y cuando lo hacemos, “empiezan a pasar cosas que antes parecían inimaginables”, afirma.

Todo parte de una toma de conciencia fundamental: lo que piensas afecta a lo que sientes, y lo que sientes condiciona cómo actúas y los resultados que obtienes. Cuando una persona comprende que puede elegir su pensamiento, comienza a recuperar parcelas de libertad interior. No es un logro inmediato ni definitivo. Como recuerda Puig citando el Dhammapada, un texto budista que enseña rectitud y autocontrol, “el mayor conquistador es quien se conquista a sí mismo”. Y esa conquista, lejos de ser épica, se gana día a día, pensamiento a pensamiento.

© ¡HOLA! Prohibida la reproducción total o parcial de este reportaje y sus fotografías, aun citando su procedencia.