Amelia Pascual, psicóloga, sobre cómo abordar la información de la tragedia de Adamuz con los niños: "La sobreexposición a imágenes duras o titulares alarmistas genera un impacto traumático directo"


El accidente ferroviario de Adamuz ha sensibilizado a toda la población. Pero ¿cómo viven niños y adolescentes sucesos de esta índole? ¿De qué manera hay que apoyarlos emocionalmente?


Amelia Pascual, psicóloga© Vithas Málaga
23 de enero de 2026 - 15:00 CET

España está conmocionada por el trágico accidente ferroviario de Adamuz. "Sin embargo, hay un grupo especialmente vulnerable a este impacto emocional: los niños y adolescentes que, desde sus hogares, observan el dolor de los adultos y el bombardeo informativo. Como adultos, nuestra responsabilidad no es evitarles la realidad, sino ayudarles a procesarla", advierte Amelia Pascual Lacal, psicóloga de Vithas Málaga.

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Le hemos pedido que nos ofrezca unas claves para poder sostener emocionalmente a los menores en este entorno tan complejo a nivel anímico. Estas son sus recomendaciones.

Es preferible que sean los padres quienes cuenten a sus hijos lo que ha sucedido, de forma breve, adaptado a su edad y sisiempre en un entorno de calma

Amelia Pascual, psicóloga

Las noticias y las conversaciones de estos días se centran en el trágico accidente de Adamuz. ¿Hay que proteger de algún modo a los menores de la información?

Más que protegerlos con el silencio, debemos cuidar el cómo y el cuánto. El silencio absoluto genera fantasías que suelen ser más aterradoras que la realidad, pero la sobreexposición a imágenes duras o titulares alarmistas genera un impacto traumático directo.

La recomendación sería apagar las noticias cuando ellos estén delante. Es preferible que sean los padres quienes les cuenten lo sucedido de forma breve, adaptado a su edad y siempre en un entorno de calma. La información dosificada y acompañada es el mejor escudo.

© Adobe Stock

Las historias personales de accidentados, como algún niño que se ha quedado huérfano, pueden hacerles pensar en si el drama les hubiera ocurrido a ellos y sentirse inseguros y con miedo. ¿Hay que sacar explícitamente este tema en familia para que puedan desahogarse y expresar sus temores?

Es natural que, al oír historias de niños que han quedado huérfanos, se pregunten: “¿Y si me pasa a mí?”. No debemos esperar a que el miedo se desborde; es saludable abrir espacios de comunicación sin forzar.

Se puede lanzar una pregunta abierta: “¿Has escuchado algo que te haya preocupado?”. Hay que escuchar más de lo que se explica. Validar su miedo no lo aumenta; lo que realmente asusta a un niño es sentir que debe vivir ese temor en soledad.

© Getty Images/Westend61

En el caso de que tengan pesadillas con lo ocurrido, ¿cuál es la mejor forma de calmar a los menores?

La pesadilla es el intento del cerebro por digerir lo que no ha podido procesar durante el día. Ante un despertar angustioso, la prioridad es la presencia física. Hay que evitar el "no pasa nada" (porque para ellos sí está pasando) y optar por un: "Ha sido un sueño, aquí estás a salvo". El contacto físico y mantener rutinas estables antes de dormir son los mejores reguladores emocionales. La calma de los padres es su medicina.

Con respecto a tragedias de este tipo, ¿cómo hacerles entender que pueden pasar, pero sin crear en ellos un miedo que los paralice en su vida cotidiana?

Los niños necesitan entender el mundo como un lugar mayoritariamente seguro, aunque no sea perfecto. El objetivo es poner la realidad en proporción. Se les debe explicar que estos sucesos son muy poco frecuentes y, sobre todo, hablarles del "sistema de seguridad": miles de personas trabajan cada día para que los trenes lleguen a su destino. El miedo debe ser una señal de prudencia, nunca el motor que gobierne sus vidas.

© Getty Images

¿Y si desarrollan un miedo a salir, a montar en transportes públicos, a perder a la familia... habría que recurrir a un profesional?

Debemos observar la intensidad y la duración de las señales. Es normal un periodo de tristeza o mayor apego, pero si el miedo a salir de casa, a usar transportes o a separarse de la familia persiste más de tres o cuatro semanas, o si aparecen síntomas físicos constantes, es vital consultar. Pedir ayuda a tiempo es un acto de prevención. En la infancia, una intervención temprana evita que el miedo se cronifique en forma de trauma.

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Al igual que les pasa a los adultos, los menores pueden sentirse culpables, en un ambiente de desolación generalizada, por estar contentos o compartir noticias buenas. ¿Cómo volver, poco a poco, a la tranquilidad emocional?

En un ambiente de desolación, los niños pueden sentirse culpables por querer jugar o reír. Debemos darles "permiso emocional" para seguir siendo niños. Conviene transmitirles que sentirse bien no es faltar al respeto al dolor ajeno. Recuperar las rutinas y el juego no es ignorar lo ocurrido, es apostar por la salud emocional. La alegría es el mecanismo natural de resiliencia del menor.

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Entre las personas que ayudaron en las horas iniciales del accidente está un adolescente de 16 años. ¿Su ejemplo es una oportunidad para hablar con los hijos del valor de la solidaridad y la ayuda a los demás?

La historia del joven de 16 años que ayudó en el lugar del accidente es una oportunidad educativa de oro. Nos permite desplazar el foco del horror hacia la capacidad humana de ayudar. Es muy oportuno hablar con los hijos sobre la solidaridad y la responsabilidad, pero sin exigirles heroísmo. El mensaje esencial es: “Todos podemos ayudar desde nuestro lugar”. Esto les devuelve una sensación de control y sentido frente al caos

En resumen, las tragedias impactan a los menores no solo por el suceso en sí, sino por cómo lo manejamos los adultos. Cuando hay presencia, escucha y calma, los niños no quedan atrapados en el miedo, sino que aprenden algo esencial: que incluso en los momentos más difíciles, no están solos.

© ¡HOLA! Prohibida la reproducción total o parcial de este reportaje y sus fotografías, aun citando su procedencia.