Hablamos de felicidad constantemente, pero pocas veces nos detenemos a preguntarnos qué significa de verdad vivir bien. ¿Es sentirse eufórico? ¿Tener éxito, estabilidad, una vida sin sobresaltos? O, quizá, como apunta Elsa Punset, divulgadora y autora del libro Alas para volar, la felicidad tiene más que ver con coherencia interior que con momentos de exaltación. Con la sensación íntima de no traicionarse, de vivir de acuerdo con lo que uno es, incluso cuando eso no encaja del todo con lo que se espera desde fuera.
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Y es que vivimos en unos tiempos en los que la comparación constante, la exigencia y la presión por cumplir expectativas nos causan un gran agotamiento emocional. Cierto es que también tenemos multitud de oportunidades, pero no nos acabamos de encontrar bien. De hecho, muchas personas sienten que “lo tienen todo”, la actriz Aitana lo confesaba, y, aun así se sienten mal y deprimidas. Falta ilusión, sobra ruido, y el cuerpo empieza a dar señales que no siempre sabemos escuchar.
En este contexto, Elsa Punset nos invita a mirar hacia dentro, a escucharnos más y empezar a buscar la felicidad en lo que realmente importa. Porque quizá no se trate tanto de vivir vidas que no son del todo nuestras (comparándonos constantemente con lo que hacen otros y muestran en redes sociales), sino en atreverse, poco a poco, a volar desde nuestra propia altura. Hablamos con ella sobre todo ello y, de entrada, nos aporta un dato interesante: la edad en la que somos más felices no es la que pensamos. Y se trata de una cifra que nos puede hacer reflexionar. Pero veamos antes qué es para ella la felicidad.
En el libro nos invitas a volar más alto. ¿Qué entendemos hoy realmente por felicidad? ¿Es lo mismo para todos?
Hoy hablamos mucho de felicidad, y eso es bueno, pero es fácil confundirla con cosas que se parecen a ella pero no lo son: el placer inmediato, el éxito visible o la idea de que una vida feliz es una vida sin conflictos. Para mí, la felicidad tiene más que ver con coherencia que con euforia: con mirarte por dentro y sentir que lo que haces no te contradice. Y no, la felicidad no es igual para todos, porque cada persona necesita cosas distintas para sentirse viva y no traicionarse. Por eso Alas para volar no ofrece recetas, sino que acompaña al lector con herramientas y preguntas concretas para escucharse y atreverse a volar a la propia altura, aunque no coincida con la que marca el mundo.
¿Por qué nos cuesta tanto identificar qué nos hace felices de verdad?
Es una gran pregunta. Nos cuesta porque vivimos muy hacia fuera. Desde pequeños aprendemos a adaptarnos, a cumplir expectativas y a buscar aprobación, y en ese proceso vamos silenciando nuestras propias señales internas. El problema es que ese ruido no es inocente: nos empuja a desear lo que toca, a vivir como se espera y a normalizar el cansancio, la apatía o la falta de ilusión. Una pista práctica, sencilla pero incómoda, es observar qué partes de nuestra vida sostenemos por inercia y cuáles nos dan verdadera energía. Eso se siente en el cuerpo. Cuando algo te apaga de forma persistente, ahí suele haber una información importante que conviene escuchar.
La calidad de nuestros vínculos es el principal predictor de bienestar y salud. No se trata de tener muchos vínculos, sino de que sean verdaderos.
¿Qué papel juegan los vínculos afectivos en nuestra felicidad cotidiana?
Un papel fundamental. De hecho, está muy estudiado. El gran estudio longitudinal de la Universidad de Harvard, que lleva más de 80 años siguiendo a varias generaciones, muestra que la calidad de nuestros vínculos es el principal predictor de bienestar y salud. No se trata de tener muchos vínculos, sino de que sean verdaderos. Y lo importante es seguir generando afectos toda la vida. Por eso, en Alas para volar doy pistas sobre cómo seguir haciendo amigos a cualquier edad.
¿Y el trabajo? ¿Puede darnos sentido o es más bien una fuente de estrés?
Puede ser ambas cosas. El trabajo da sentido cuando conecta con lo que somos y con la sensación de aportar, pero se vuelve fuente de estrés cuando lo usamos para medir nuestra valía. Estamos viviendo un cambio enorme en este sentido: la llegada de la inteligencia artificial está transformando el mundo laboral a toda velocidad. Quizá sea una oportunidad para dejar de definirnos solo por la productividad y empezar a valorar más lo humano: la creatividad, la relación con otros o la capacidad de adaptarnos sin perder el equilibrio.
¿Cómo influye la soledad, elegida o no, en nuestra capacidad para sentirnos plenos?
La soledad tiene dos caras. La no elegida puede doler, pero la soledad cuidada puede ser un espacio fértil. Hay una antigua frase china que me gusta mucho: “Pon una rama verde en tu corazón y el pájaro cantor vendrá”. A veces no se trata de buscar fuera, sino de preparar el lugar. En Alas para volar cito un poema de Derek Walcott que lo expresa de forma maravillosa: “Llegará el día en que, con alegría intensa, te saludarás a ti mismo al llegar a tu propia puerta, en tu propio espejo, y ambos sonreiréis ante la bienvenida del otro. Y dirás: siéntate aquí. Come. Volverás a amar al extraño que tú eras”. Cuando eso ocurre, tu bienestar deja de depender tanto de lo de afuera.
En una primera parte de la vida aprendemos a adaptarnos y a encajar; el reto es dar el salto a una segunda parte —psicológica, no cronológica— en la que dejamos de vivir dependiendo de la aprobación de los demás.
Muchas personas sienten que “tienen todo” y aun así no son felices. ¿Qué falla ahí?
A menudo falla algo incómodo de admitir: que estamos viviendo vidas que no son del todo nuestras. Carl Jung decía que una de las mayores cargas de los hijos es la vida no vivida de los padres, y esa idea atraviesa Alas para volar. En una primera parte de la vida aprendemos a adaptarnos y a encajar; el reto es dar el salto a una segunda parte —psicológica, no cronológica— en la que dejamos de vivir dependiendo de la aprobación de los demás. Ese paso suele traer crisis, pero también una liberación profunda: poder decir “ahora tomo yo las riendas”.
Si tuvieras que dar tres claves prácticas para una felicidad más duradera, ¿cuáles serían?
La primera, escuchar el cuerpo. Ese nudo en el estómago, esa sensación de cansancio o de rechazo: el cuerpo sabe antes que la mente cuándo algo no va bien. La segunda, devolverle un lugar a la alegría. Hacerse una pregunta que parece frívola, pero que es una brújula esencial: “¿esto me da alegría o no me la da?”. Y la tercera, reconectar: contigo mismo, con los demás y con la naturaleza. Recordar que formamos parte de algo mucho más grande —literalmente, del mismo polvo de estrellas— nos devuelve perspectiva, humildad y sentido.
Y dinos, ¿hay una edad en la que, según la ciencia o la experiencia, seamos más felices?
Durante años se pensó que la juventud era el momento más feliz, pero hoy la ciencia ofrece una visión más compleja y esperanzadora. Muchos estudios describen una curva en forma de U: la satisfacción vital suele darse más fácilmente en la juventud, descender en la mediana edad —concretamente tocamos tierra de media a los 47 años—, pero vuelve a aumentar claramente a partir de los 70 años. No porque la vida sea más fácil, sino porque aprendemos a relativizar, a elegir mejor dónde ponemos la energía y a soltar expectativas ajenas. La felicidad depende menos de nuestra edad que de la libertad interior que vamos conquistando.
