Psicología

Qué dice la psicología de las personas que siempre quitan las migas de la mesa


Varios psicólogos nos cuentan a qué se debe este comportamiento, si es algo normal o si tenemos que preocuparnos


Mujer joven comiendo una hamburguesa© Getty Images
23 de enero de 2026 - 12:00 CET

Me pasa constantemente. Tanto si estoy en un restaurante como en casa, tengo la manía de retirar las migas del mantel. A veces disimuladamente, otras sin apenas darme cuenta. Y como no soy la única a la que le ha ocurrido esto, he querido preguntar a varios psicólogos si es algo normal. ¿O es que tengo algún TOC de limpieza del que no soy consciente? A priori, me contesta la psicóloga Lara Ferreiro, la necesidad por mantener limpia la zona en la que como no tiene por qué preocupar. Eso sí, en algunos casos, si el comportamiento es obsesivo y se acompaña de otros síntomas, sí merece la pena tomárselo más en serio. Sobre todo, si se trata de gestos que pueden mermar mi calidad de vida y que no soy capaz de controlar. Y es que, tal como apunta el psicólogo Juvenal Ornelas, "puede ser una conducta que nace de la necesidad del sujeto por mantener un control asociado a la perfección”. Pero antes de preocuparnos por ello, veamos cuáles son las posibles causas de esta costumbre. 

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A priori, no hay motivo para alarmarse, tal y como aclara la psicóloga Lara Ferreiro. Quitar las migas mientras se come suele responder a razones cotidianas: “Incomodidad con las texturas, hábito aprendido, necesidad de orden o simples normas sociales interiorizadas”, explica. Una mesa limpia, añade, “reduce estímulos visuales molestos y genera mayor bienestar”. Según Ferreiro, se trata a menudo de un gesto automático. “Las migas me molestan y las quito casi sin darme cuenta”, reconoce, y lo vincula a la sensación de control y a la autorregulación emocional: “Es una forma sencilla de calmarte, de tranquilizarte mientras comes”.

También hay motivos prácticos y sociales. “Puede hacerse para que no se peguen a la ropa o por cortesía hacia los demás, para mantener tu espacio ordenado y sin distracciones”, señala. En conjunto, resume, “produce una pequeña sensación de alivio y calma”.

La psicóloga insiste en que es un comportamiento muy común. “Más del 60% de los españoles lo hace”, afirma, incluso fuera de casa. "yo misma lo hago en un restaurante, eso sí, de forma discreta", reconoce. La clave para que siga siendo normal está en la flexibilidad: “Lo es cuando se hace de forma ocasional y espontánea, y cuando puedes hacerlo… o no hacerlo sin problema”. 

© Getty Images

Síntomas de que se trata de un comportamiento obsesivo

Pero también nos advierte de cuándo no es algo normal. Según la psicóloga, empieza a ser motivo de atención cuando no quitar las migas genera un malestar intenso. “Si no hacerlo te provoca ansiedad, rigidez, pensamientos molestos o una sensación de urgencia, e incluso reaccionas con enfado cuando otras personas no las quitan, podríamos estar hablando de un TOC”, explica.

La diferencia clave, señala, está en la intensidad del malestar. “Cuando aparecen pensamientos obsesivos del tipo ‘si no lo hago, algo malo pasará’, ansiedad muy elevada, ira o una necesidad imperiosa de hacerlo para calmarte, ya no hablamos de un simple hábito”, aclara. También es una señal de alerta que “se repita siempre, interfiera en la vida social o en las relaciones, y el alivio sea solo momentáneo, obligándote a repetir la conducta una y otra vez”.

En muchos casos, se origina en entornos familiares marcados por padres controladores y perfeccionistas.

Causas por las que aparece un TOC

Como comparte y avanzaba el psicólogo Juvenal Ornelas, este acto puede obedecer a un patrón “muy frecuente dentro de los comportamientos vinculados al trastorno obsesivo compulsivo (TOC)”, aunque insiste en que resulta clave entender cómo se gestó. En muchos casos, añade, “se origina en entornos familiares marcados por padres controladores y perfeccionistas”.

“Es un TOC muy frecuente, incluido dentro de los asociados a la limpieza”, afirma, y advierte de su impacto en la vida social y afectiva: “Provoca un desajuste en las relaciones interpersonales, porque no todo el mundo acepta esas exigencias, ya sea en la pareja o en cualquier otro entorno”.

Cuándo no se puede normalizar la conducta 

¿En qué momento conviene prestar atención y no normalizarlo? Ornelas distingue dos señales claras. “La primera suele venir del exterior: las personas de nuestro entorno nos dicen que hacemos algo demasiadas veces, y muchas veces son los demás quienes lo identifican antes que nosotros”, explica. La segunda es interna y más determinante: “Cuando no somos capaces de dejar de hacerlo porque nos genera una necesidad para estar tranquilos; lo hacemos para sentir seguridad”.

En ambos casos, el especialista insiste en que es posible reconducir el hábito. “Ese comportamiento fue entrenado con un fin, y puede reconducirse y eliminarse”, afirma. ¿Cómo? “Dejando obligatoriamente y de forma repetitiva de hacerlo, a pesar de la necesidad creada”. En sus palabras, se trata de “imponerse voluntariamente” para romper el automatismo.

© Adobe Stock

Consejos para evitar este TOC

Ornelas matiza que no toda repetición implica un trastorno. “No todo lo que hacemos de manera repetitiva debe considerarse TOC”, aclara. Aun así, recomienda un ejercicio mental sencillo: “Jugar conscientemente a la no repetición automática en el día a día es un buen indicador de control”. Como ejemplo práctico, propone pequeñas variaciones en las rutinas: “Si tenemos la costumbre de recoger las migas durante la comida, podemos alternar y hacerlo mientras comemos el pan o dejarlo para el final”.

Por último, el psicólogo insiste en un mensaje clave para la prevención. “No generar la necesidad de hacer las cosas ni forzarse a tener que hacerlas”, aconseja. Y añade: “Ser conscientes de que podemos hacerlo o no hacerlo, que no existe una exigencia ni un premio por ello”. En este sentido, anima a cambiar el patrón mental: “Ir más hacia la improvisación que hacia el control es una forma eficaz de evitar que estos comportamientos se consoliden como un TOC”.

"Si ocurre siempre, genera mucho sufrimiento o afecta a tus relaciones, pedir ayuda profesional es lo más adecuado", concluye Lara Ferreiro. 

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