Propones un plan con ilusión y nadie contesta. Pides un aumento de sueldo y, de pronto, se te seca la boca. Quieres hablar de algo que te ha dolido en tu relación, pero decides callarte porque temes a que la pareja se fracture. Te dices que no es tan importante, que ya se te pasará, pero no se pasa y la frustración de no haber podido decir lo que sentías se te queda dentro, haciendo ruido.
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No tienes miedo a gritar ni a discutir, sino el miedo a decir lo que piensas cuando sabes que puede generar tensión. No hablamos de ansiedad ni de pánico, sino de algo mucho más cotidiano y silencioso. El bloqueo que aparece cuando intuyes que expresar tu opinión puede incomodar, decepcionar o cambiar la imagen que otros tienen de ti.
Muchas veces ese miedo se disfraza de prudencia, educación o empatía. Pero detrás de ello se encuentran multitud de motivos que pueden ir desde el temor al rechazo, el abandono, o a dejar de gustar. Y esto, especialmente, atraviesa a muchas mujeres.
A lo largo del tiempo se nos ha enseñado a agradar, a suavizar, a no molestar. A ser comprensivas antes que honestas o a callar antes que incomodar. El resultado es que, cuando llega el momento de hablar claro, el cuerpo se bloquea: tartamudeas, te quedas en blanco, te disculpas incluso antes de decir nada. Un comportamiento que, aunque en menor medida, también le sucede multitud de hombres.
El problema, en este caso, no es solo lo que no dices, sino lo que eso genera dentro de ti. Porque cada vez que te callas para evitar un conflicto, te colocas en segundo plano. Como explica el coach experto en bienestar, desarrollo personal y meditación, Tony Espigares: "El origen no es el conflicto en sí, es el miedo a perder el vínculo, a no ser aceptado o a que, si digo mi verdad, todo se rompa. En el fondo, miedo a no ser suficiente tal como soy".
Ese miedo no aparece de la nada. Suele estar conectado con experiencias pasadas, como momentos en los que expresarte tuvo consecuencias negativas, en los que no fuiste escuchada o en los que aprendiste que callar era más seguro que hablar. El cuerpo recuerda, y ante situaciones similares reacciona protegiéndose. Por eso, aunque racionalmente sepas que no pasa nada por decir lo que piensas, algo dentro de ti se activa y te frena.
A corto plazo, evitar el conflicto parece funcionar. Te ahorras una conversación incómoda, mantienes la paz aparente y sigues adelante. Pero el precio llega después. Empiezas a distanciarte, a evitar ciertos temas o incluso a evitar a ciertas personas. Te vuelves más controladora para no exponerte, das vueltas a las conversaciones que no tuviste, te llenas de pensamientos rumiantes.
El precio que pagas por no expresar lo que necesitas o te molesta repercute mucho en ti misma. Como señala Tony Espigares: "Te traicionas. Aparece tensión interna, resentimiento silencioso y distancia emocional. A corto plazo 'evitas problemas', pero a largo plazo te desconectas de ti mismo y del entorno".
Esa distancia que comenta el experto, más allá de generarte un conflicto contigo mismo, empobrece tus relaciones. Cuando no dices lo que necesitas, el otro no puede conocerte de verdad. Se construye un vínculo basado en suposiciones y silencios, no en autenticidad. Y, paradójicamente, eso es lo que más debilita cualquier relación.
Por eso es importante empezar a mirar este miedo de frente. No para forzarte a ser alguien que no eres, sino para entender de dónde viene y qué función cumple, preguntarte qué es exactamente lo que temes perder si hablas y reconocer qué parte de ti se activa cuando surge el conflicto. Y, sobre todo, aprender que expresar lo que sientes no te hace egoísta ni conflictiva: te hace honesta.
Trabajarlo en terapia puede ser clave. No se trata solo de atreverte a hablar en esos momentos en los que antes te callabas, sino de adquirir recursos para sostener lo que venga después. Para regular la emoción, para comunicar desde el “yo siento” en lugar del reproche, y para aceptar que no siempre podrás controlar la reacción del otro.
Como señala Tony Espigares, existen estrategias a romper estas dinámicas: "Empieza por reconocer lo que sientes sin juzgarlo, explícalo desde la responsabilidad (desde el 'yo siento' o el 'yo necesito'), elige el momento adecuado y acepta que el conflicto bien gestionado no destruye relaciones, sino que las hace más auténticas".
Aprender a sostener el conflicto también implica aceptar que no siempre saldrá bien, y que aun así merece la pena intentarlo. No todas las conversaciones terminarán en entendimiento, ni todas las personas reaccionarán como esperas. Pero evitar el conflicto por miedo al resultado te deja atrapada en una versión reducida de ti misma.
Hablar, poner límites, expresar desacuerdo o necesidad no garantiza armonía, pero sí coherencia interna. Y esa coherencia es la base de la autoestima. Cuando empiezas a darte permiso para ocupar tu lugar, incluso con miedo, algo cambia: ya no te abandonas para que otros se queden. Empiezas, por fin, a elegirte.
