Brooklyn Beckham ha dejado más que claro que ha roto por completo con sus padres, David y Victoria Beckham, y lo ha hecho atacando donde (según se desprende de sus palabras) más les duele: a su imagen. “El amor familiar se define por cuánto publicas en redes sociales o por la rapidez con la que lo dejas todo para posar para una foto familiar”, asegura en el comunicado que ha emitido esta semana y que ha generado tantísima expectación. “La marca Beckham es lo primero”, subraya.
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Sus palabras son, sin duda, un duro varapalo para su familia, que efectivamente siempre se ha mostrado unida en las redes sociales y en los medios de comunicación y, si bien era ya evidente el distanciamiento con Brooklyn desde hace tiempo, seguían haciendo gala de ser una familia perfecta. Pero no ha sido el único hijo de celebrity que ha roto esa imagen idílica de su familia: antes que él lo hicieron Lily Allen, Shiloh Jollie-Pitt (y sus hermanos) o el mismísimo príncipe Harry de Inglaterra. Hemos hablado con dos psicólogos expertos en terapia familiar sobre estas rupturas y sobre lo que hay detrás de las familias que son, a ojos de todos, perfectas y los dos coinciden en lo más básico: la familia perfecta no existe.
La presión puede hacer que las personas expuestas en los medios busquen mantener una buena imagen y se preocupen en exceso por si esta puede dañarse.
“Aunque en redes sociales pueda parecerlo, todas están expuestas a problemas cotidianos”, tal y como pone de manifiesto Ainhoa Brantuas, directora del Instituto Psicológico de Atención Integral (IPAI) y Psicóloga General Sanitaria. La especialista hace hincapié en que, en el caso de las personas con presencia mediática, la necesidad de proyectar un estilo de vida concreto suele proporcionar al público una imagen sesgada de la realidad; de ahí que, cuando trasciende un conflicto en ella, este nos puede sorprender al no encajar con las expectativas que teníamos de ese personaje público. “En el caso planteado, es posible que la presión de la fama haya llevado a la familia a tomar decisiones en las que los hijos no se hayan sentido priorizados, aunque no fuera la intención de los padres, o incluso se hayan visto condicionados por el peso de la exposición pública”, añade.
“La perfección es un estado, un equilibrio total, una foto que hacemos en el momento óptimo…”, nos dice José Luis Jacobo Rico, vocal de la FEATF (Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar) y psicoterapeuta familiar. “Y las familias se mueven, evolucionan como conjunto, y evoluciona también cada uno de sus integrantes, y evoluciona la sociedad”. El psicoterapeuta pone el foco, además, en un aspecto que casi nunca tenemos en cuenta, y menos aún cuando cualquier padre o madre de a pie se compara con las familias de revista, y es que “la perfección familiar de hoy (un niño obediente, una madre interesada...) es el problema de mañana (un adulto dependiente, una madre controladora…)”. Aquí la clave, según nos indica, es que una familia es más funcional cuanto mayor capacidad de adaptación a estos cambios posea.
“Mis padres han intentado sin cesar arruinar mi relación desde antes de mi boda”
Esta es una de las afirmaciones más contundentes del comunicado de Brooklyn Beckham. Afirmación que argumenta con ejemplos: la cancelación del vestido de novia de Nicola Peltz, el baile “inapropiado” de su madre, Victoria, con él el día de su boda, los encuentros con mujeres que formaron parte de su vida antes de conocer a su entonces prometida… ¿Por qué se producen este tipo de dinámicas en algunas familias aparentemente perfectas?
“La familia protege a los suyos y se protege según criterios propios, que pueden coincidir o no con el sentir social, la ley o la moral. Esto hace que en algunos casos les resulte costoso incorporar nuevos miembros que no sienten de entrada como suyos”, expone José Luis Jacobo Rico. En cualquier caso, visto por la otra parte, por el hijo afectado por esos criterios no coincidentes con los suyos propios, “sentir que la familia no te apoya en decisiones personales es emocionalmente duro”, recalca Ainhoa Brantuas. “Cabe destacar que es algo que puede suceder tanto en familias famosas como desconocidas. Sin embargo, en el caso de las familias famosas siempre hay un añadido: sus errores son públicos, hecho que intensifica la presión mediática y amplifica el impacto emocional de estas situaciones”.
En este punto es donde sale a relucir la cuestión de la imagen que estas familias tan conocidas intentan transmitir al resto del mundo: “Esta presión puede hacer que las personas expuestas en los medios busquen mantener una buena imagen y se preocupen en exceso por si esta puede dañarse”, añade la psicóloga.
Más allá de la imagen y de los posibles conflictos, por mucho que a los padres les cueste recibir a las parejas de sus hijos como uno más de la familia, la clave para mantener el buen ambiente familiar es, como señala José Luis Jacobo Rico, “la salud relacional, el respeto mutuo y la comunicación”, al tiempo que hace hincapié en que “forzar las cosas es contraproducente”. Y esto, subraya Rico, no tiene tanto que ver con la perfección como con la capacidad de adaptación familiar y con el nivel de cohesión y aglutinamiento de sus miembros.
¿Es habitual que los hijos cambien su manera de ver a su familia y, en concreto, a sus padres, cuando encuentran una pareja estable? “Sí. Conforme van creciendo, los hijos cambian el concepto que tienen de sus padres (y de la pareja que formaron sus padres)”, afirma el vocal de la Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar (FEATF). “Y no solo el concepto: también el afecto que sienten por ellos. El niño los necesita y los quiere, y se queda; el adolescente no los entiende ni se siente entendido, y se va; el joven intuye que su vida es cada vez más suya y menos de su familia, y funda nuevas relaciones; el adulto reencuentra a sus padres y aprecia todo lo que les debe (para bien o para mal), y vuelve y está; en la madurez, por fin, tomamos conciencia de cuánto nos parecemos a nuestros padres (para bien o para mal) y topamos con sus carencias y su necesidad de cuidado…”.
En la misma línea, Anihoa Brantuas nos indica que, a lo largo del desarrollo, y especialmente, a partir de la adolescencia, se produce un fenómeno de distanciamiento psicológico de los padres. “A medida que los hijos crecen, buscan su autonomía y libertad a la vez que desarrollan sus propios valores, criterios y consolidan su personalidad. Esto coincide en una etapa donde se busca la identidad también a partir de los grupos sociales y se inician las relaciones afectivas”, expone. “Todo ello, puede hacer que a medida que van creciendo, se vayan distanciando de algunos valores o dinámicas familiares con las que no están de acuerdo”.
Si se rompe o dificulta la relación (como parece ser el caso en familia Beckham) se reduce muchísimo la posibilidad de aclarar el asunto.
A todo esto hay que unir el hecho de que incorporar a una persona al entramado afectivo familiar es “un reto”, como lo describe José Luis Jacobo Rico. “Si esta relación la consideramos “estable” (entendida como duradera), nos lleva a dotar de nuevos sentidos a la historia que vimos y sabemos de nuestros padres”.
Eso no es, sin embargo, sinónimo de ruptura familiar. Cuando la relación entre dos personas, como un padre o una madre y su hijo, es mínimamente buena y el contexto en el que están es protector y de respeto, “pueden intercambiar opiniones, aclarar diferencias, decir lo que piensan sin dañar, deshacer malentendidos”.
La herida emocional de los hijos, ¿fruto de una mala interpretación de las actuaciones de los padres?
“En cualquier relación es frecuente que se den momentos en los que interpretamos de forma distinta el mensaje que el interlocutor intenta transmitir”, explica la directora del Instituto Psicológico de Atención Integral (IPAI). “En muchas ocasiones, los malentendidos aparecen cuando percibimos una incongruencia entre el mensaje verbal y la comunicación no verbal que lo acompaña; por ello, es natural que existan conflictos o confusiones en las relaciones. Asimismo, también es importante destacar que no siempre estaremos de acuerdo con las decisiones o acciones de nuestros padres, y que estas discrepancias pueden dar lugar a un distanciamiento”.
“¡Claro que el hijo puede malinterpretar los gestos de su madre!”, nos responde al respecto Jacobo Rico. “Eso pasa cada día y todas las familias. Cada vez que contamos o pensamos algo, lo estamos interpretando, y a veces lo interpretamos mal. Pero este no es el problema; el problema es que, si se rompe o dificulta la relación (como parece ser el caso en familia Beckham) se reduce muchísimo la posibilidad de aclarar el asunto, de reinterpretar, porque para la reinterpretación es esencial conversar de modo constructivo, y para reparar el daño emocional es necesario recibir acciones buenas”.
