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Cómo preparar una boda entre México y Madrid: los dos vestidos románticos de Diana, un velo bordado y una corona vintage


Al vivir al otro lado del Atlántico y casarse en España, nuestra protagonista necesitaba eficacia en la búsqueda de su look nupcial, pero se enamoró de los diseños 'prêt-à-porter' de Alejandra Valero y todo resultó sencillo


Diana con vestido de novia 'prêt-à-porter' de Alejandra Valero
María CalvoColaboradora de novias
13 de enero de 2026 - 19:00 CET

Hay historias que no avanzan en línea recta, sino a base de idas y venidas, de despedidas en aeropuertos, de decisiones tomadas a destiempo… o, quizá, justo a tiempo. La de Diana y Álvaro empieza en Madrid, un 5 de septiembre de 2015, cuando ella acababa de llegar desde México para pasar solo seis meses estudiando. Apenas habían pasado dos días cuando se conocieron y, casi sin planearlo, como ocurren las mejores cosas, empezaron a salir. Se convirtió en la mejor de sus casualidades y pronto terminó siendo una relación a distancia que duró cuatro años, sostenida entre vuelos, visitas contadas y ganas de volver a verse.

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© @lunedeminuit_

En 2019 se casaron por lo civil y se instalaron en España con la idea de celebrar más adelante la boda por la Iglesia. Pero la vida, como suele pasar, tenía otros planes para ellos. Llegó la pandemia, después su hijo Gonzalo, que hoy tiene tres años, y con él una nueva forma de mirar el mundo. Diez años después de aquel primer encuentro, por fin pudieron celebrar la boda que siempre habían imaginado, con la seguridad que dan los años compartidos y, eso sí, algo de prisa por encontrar, océano mediante, el vestido de novia perfecto.

Un vestido de novia 'prêt-à-porter'

El vestido de novia fue, sin duda, uno de los grandes retos del proceso. Diana vivía en México y se casaba en España, así que el margen para improvisar era mínimo y las decisiones tenían que tomarse con cabeza e intuición. “Llegué desde México con la mente un poco en blanco”, recuerda. Había investigado algunos nombres y atelieres españoles, pero tenía claro que necesitaba una opción prêt-à-porter que le permitiera ajustar tiempos. “Aun así, no quería renunciar a lo especial, a esa sensación de que la prenda estuviera pensada y hecha para mí”.

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La corazonada llegó en el atelier de Alejandra Valero. “Cuando vi los tejidos expuestos, tan únicos y con tanta alma, sentí que estaba en el lugar correcto”, cuenta Diana. Fue una elección casi instintiva, basada más en la emoción que sintió al entrar y ver todo el universo de la diseñadora que en un plan previo.

De hecho, tan poco planificado lo tenía que no sabía ni cómo debía ser su vestido. “Para nada lo tenía claro”, confiesa. Se permitió ir con la mente abierta, probar sin prejuicios y dejar que el proceso le fuera mostrando el camino. “Fue un descubrimiento muy bonito, porque entendí que mi estilo es romántico, que me enamoran los detalles y que buscaba algo verdaderamente artesanal, desde los tejidos hasta el trabajo hecho a mano”.

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Ese vestido, su vestido, apareció antes de lo esperado. Al llegar al atelier de Alejandra Valero, la esperaba un perchero con todos los diseños de la colección nupcial. Uno de ellos captó su atención al instante. “Fue el primero que me llamó y también el primero que me probé”, recuerda. No necesitó más. “Sentí eso que dicen muchas novias: una emoción inmensa, una sonrisa que no podía contener y la certeza absoluta de que ese era el vestido”. Aunque continuó probándose otros vestidos en distintos atelieres, su cabeza volvía una y otra vez al primero. A ese vestido que le representaba.

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Hablamos del modelo Alhambra, un diseño con ese aire romántico tan propio y reconocible de Alejandra Valero. Se trata de un vestido de silueta sencilla, escote pico con solapa, espalda escotada, bordados hechos a mano y manga corta con algo de volumen. Al tratarse de un diseño semi a medida, se respetó la esencia original, personalizando únicamente las mangas para darles un toque más único y personal. “Lo que más me enamoró fue el lino bordado, lleno de detalles, con una textura y una presencia muy especial”, explica Diana.

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El vestido se trabajó semi a medida, concentrando todas las pruebas en apenas diez días antes de la boda, un ritmo intenso que ella vivió con nervios, pero también con una calma sorprendente. “Fue un proceso un poco estresante, no lo voy a negar, pero en el fondo sentía que todo iba a salir bien”.

Una de las pruebas se convirtió, además, en uno de los recuerdos más emotivos de todo el camino. “Me acompañaron mi mamá, mi hermana, mis tías y mis primas, que ya estaban en España, y ver sus caras cuando salí con el vestido es una imagen que voy a guardar para siempre”. Incluso desde lejos, las cosas importantes siempre encuentran su sitio.

Un segundo look de fiesta

Uno de los grandes aciertos de Diana fue poder resolver todo su look nupcial en un mismo atelier, algo clave cuando se organiza una boda a distancia. “Me resultó increíble poder encontrar en el atelier de Alejandra Valero todo lo que necesitaba para el gran día, ¡incluido mi segundo look!”, cuenta. Una tranquilidad añadida, sin duda.

Para la celebración posterior, Diana optó por un segundo vestido, algo más relajado y ligero, pensado para moverse, bailar y vivir la fiesta con total libertad. El elegido fue otro diseño de la colección de Alejandra Valero, que se convirtió rápidamente en su segundo favorito.

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Se trata del vestido Puglia, un modelo prêt-à-porter de estética sencilla y muy natural, con ese sello artesanal tan característico de la firma. Está confeccionado igualmente en un tejido bordado que mantenía la coherencia de su estilo, con un escote asimétrico que lo diferenciaba de primero y le daba un toque más festivo. Un vestido pensado para disfrutar, pero también para perdurar en el tiempo. “Me encanta pensar que es un diseño muy versátil, al que podré darle mucho uso después”, confiesa Diana.

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La elección de los accesorios y el 'beauty look'

En coherencia con todo el proceso, Diana resolvió los complementos en el mismo atelier de Alejandra Valero, algo que, viviendo a distancia, fue clave. “Es un gusto enorme haber encontrado todo en el mismo sitio”, reconoce. El velo, delicado y sutil, estaba bordado con una pedrería con toques plateados, lo justo para aportar un poco de luz sin restar protagonismo al vestido. Lo combinó con una corona vintage, una pieza única realizada en tul y pequeñas perlas, que Alejandra localizó en un anticuario de París y reforzaba el aire romántico del vestido.

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Para los zapatos eligió unos tacones abiertos de terciopelo en tono ámbar de Flor de Asoka, una elección elegante y, sobre todo, cómoda. En cuanto a las joyas, hubo un claro protagonista. “Sin duda, el accesorio más especial fueron los pendientes”, confiesa. Un diseño de inspiración art déco, diseñados por Gómez Zuloaga, que recibió como regalo de pedida y que atesora como una de sus piezas más especiales.

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Para no restarles protagonismo, y aunque inicialmente había pensado llevar el pelo suelto, finalmente se decidió por un semirrecogido. Fue obra de María Serrano, al igual que el maquillaje, ligero, natural y fiel a su estilo. “No suelo sentirme del todo cómoda cuando alguien más me maquilla o me peina, pero con María fue diferente”, reconoce. La afinidad fue inmediata, compartiendo una misma filosofía: menos es más.

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El ramo, finalmente, lo dejó en manos de Covadonga, de @historiadeunsombrero, a quien llegó por recomendación de su wedding planner, Andrea. Diana lo tuvo claro desde el principio: confianza absoluta. “Decidí darle total libertad, solo le pedí que fuera un ramo ligero”, explica. Tomando como referencia el vestido y el entorno de la boda, el resultado fue un ramo natural, delicado y con un toque de color que superó todas sus expectativas.

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De México a Madrid: una boda soñada

El día de la boda comenzó con emoción en el Hotel Orfila de Madrid, un escenario icónico y elegante para un momento tan íntimo como el getting ready. Diana se preparó rodeada de las mujeres más importantes de su vida: su madre, su suegra y sus hermanas. “Desde que empecé a arreglarme allí supe que iba a ser un día inolvidable”, recuerda.

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Diana se casó con Álvaro el 17 de mayo, en una ceremonia religiosa en la Iglesia de las Calatravas, un templo que les conquistó desde por su belleza y su ubicación en el corazón de la capital. La llegada a la iglesia fue un torbellino de emociones. “Tenía el corazón a mil, pero en cuanto me senté junto a Álvaro, me sentí completamente en paz”, confiesa Diana. 

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El coro que acompañó la misa añadió una atmósfera especialmente emotiva, sumado a que el padre Steffano, sacerdote de Schoenstatt México y conocido de los novios, se encontraba en Madrid por una coincidencia casi milagrosa y fue quien ofició la misa. Al conocerlos personalmente, sus palabras fueron cercanas, profundas y llenas de sentido, haciendo que la celebración resultara aún más especial.

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Pero sí hubo algo que dio a ese día una dimensión única fue la presencia de su hijo Gonzalo. Tenerlo allí, acompañándolos en un momento tan importante, fue para Diana y Álvaro un regalo difícil de poner en palabras. “Compartir la celebración con él hizo que todo tuviera aún más sentido”.

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La celebración más especial

Tras la ceremonia, la celebración continuó en el Palacio de La Margarita, un enclave espectacular rodeado de pinos, a apenas 45 minutos de Madrid. Uno de los recuerdos que Diana guarda con especial cariño fue llegar los primeros al palacio y recorrerlo en silencio, antes de que llegaran los invitados. “Ver cada rincón tan bonito y tan cuidado, y después mirar alrededor y encontrar allí reunidas a todas las personas que queremos, fue algo muy emocionante”.

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Esa magia la lograron con ayuda de Andrea y Bea, las wedding planners de Andrea’s World Events, una elección clave teniendo en cuenta que gran parte del proceso se desarrolló a distancia. “Necesitaba confiar al cien por cien, y con ellas fue así desde el primer momento”, explica la novia. Más allá de coordinar tiempos y proveedores, se encargaron de diseñar todo el concepto estético de la boda, aportando coherencia, sensibilidad y mucho gusto. “Superaron por completo mis expectativas. Trabajar con ellas fue fácil, fluido y muy divertido”.

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La decoración fue, en palabras de la novia, un reflejo absoluto de su esencia como pareja. Todo comenzó con un cuestionario que permitió a Andrea y Bea conocerlos a fondo y, a partir de ahí, crear un moodboard que los representaba a la perfección. De ese universo nació un estampado floral que se convirtió en el hilo conductor de toda la imagen visual: desde la invitación digital hasta las minutas, los meseros, los jabones que regalaron a los invitados o el sitting plan. Este último fue, sin duda, una de las piezas más especiales: una composición artesanal con papeles de algodón, distintas texturas y números bordados a mano uno a uno, con los nombres caligrafiados también de forma manual.

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La decoración floral, a cargo de @mipimientanegra, siguió esa misma filosofía. Diana tenía claro que quería mucho verde y color, con referencias a los jardines ingleses y a la belleza imperfecta del campo. En la iglesia optaron por una intervención más sutil, creando jardines de verdes con distintas texturas. “Menos es más”, coinciden tanto la novia como las wedding planners. A medida que avanzaba el día, los colores y los elementos ganaban protagonismo, alcanzando su punto álgido en los centros de mesa del banquete: composiciones llenas de flores, frutas y verde, vibrantes y con personalidad.

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El catering corrió a cargo de Quilicua NOC, una elección que superó con creces las expectativas de la pareja. “Tanto el aperitivo como la comida fueron un auténtico diez”, recuerda Diana. Todo estaba cuidado al detalle, desde los tiempos hasta la presentación, con una propuesta gastronómica que conquistó a todos. Y, como no podía ser de otra forma, México también estuvo muy presente. Durante el cóctel hubo un puesto de margaritas y mezcalinas que se convirtió en uno de los grandes éxitos del día.

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Además, los mariachis pusieron banda sonora a uno de los momentos más divertidos de la celebración. “Aunque no tenía pensado bailar, a los mexicanos nos resulta imposible resistirnos”, cuenta Diana. Álvaro y ella fueron los primeros en lanzarse a la pista, seguidos por sus padres y, poco a poco, por invitados mexicanos y españoles, celebrando juntos en un ambiente de alegría absoluta. Al echar la vista atrás, Diana lo tiene claro: “Todo, absolutamente todo, fue especial. No cambiaría ni un segundo”.

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Su consejo para otras parejas es sencillo y honesto: no perder de vista lo esencial. “Que no se dejen arrastrar por la presión o por la búsqueda de la perfección, y que disfruten cada paso del camino. Porque ese recorrido también forma parte del amor que se celebra”. Se dice que no existe el lugar perfecto, porque cuando uno vive entre dos países siempre hay alguien al que se echa de menos. Y, sin embargo, el día de su boda no sintieron ninguna ausencia. Estaban allí las personas verdaderamente importantes, y eso lo hizo todo sencillo. Una boda celebrada en su madurez como pareja que les permitió poner el foco en lo esencial: en el deseo consciente de construir su familia sobre una base sólida, Dios.

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