Hablar de reserva cognitiva es hablar de cómo el cerebro se adapta, busca atajos y encuentra soluciones cuando aparecen dificultades. No tiene que ver solo con la memoria ni con evitar el deterioro cognitivo, sino con la capacidad global del cerebro para funcionar bien durante más tiempo. Desde la neurociencia, este concepto se ha convertido en una pieza clave para entender por qué algunas personas mantienen su agilidad mental incluso en situaciones complejas. Y, curiosamente, muchos de los hábitos que refuerzan la reserva cognitiva también están presentes en las personas que caen bien, aquellas con una mente flexible, curiosa y abierta al entorno.
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Qué es la reserva cognitiva y por qué tienes que potenciarla
Como decíamos, la reserva cognitiva puede entenderse como la habilidad del cerebro para improvisar. Es decir, su capacidad para encontrar caminos alternativos cuando una vía habitual falla. No se trata de tener un cerebro “mejor”, sino uno más entrenado para adaptarse, reorganizarse y responder ante cambios o dificultades.
El término comenzó a utilizarse a finales de los años ochenta, cuando investigadores observaron algo llamativo: personas que no habían mostrado síntomas de demencia en vida presentaban, tras el fallecimiento, alteraciones cerebrales compatibles con un Alzheimer avanzado. La explicación estaba en que su cerebro había compensado esos daños gracias a una reserva cognitiva elevada.
La agilidad mental no aparece de la noche a la mañana, se construye a lo largo de la vida a través del aprendizaje, la curiosidad y los hábitos cotidianos
Lo que dice la neurociencia sobre un cerebro más resistente
Desde entonces, numerosos estudios han confirmado que una mayor reserva cognitiva ayuda a retrasar la aparición de síntomas asociados a enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer, el Parkinson o la esclerosis múltiple. También permite afrontar mejor situaciones exigentes como el estrés prolongado, una intervención quirúrgica o incluso la exposición a toxinas ambientales.
Así, nuestro cerebro, cuanto más entrenado esté, más recursos tendrá para responder sin perder rendimiento. Esta agilidad mental no aparece de la noche a la mañana: se construye a lo largo de toda la vida, a través del aprendizaje, la curiosidad y los hábitos cotidianos.
Primer pilar para aumentar la reserva cognitiva, según Harvard
Uno de los pilares fundamentales para aumentar la reserva cognitiva es la alimentación basada en vegetales. Desde Harvard se insiste en que una dieta rica en frutas, verduras, legumbres, cereales integrales y grasas saludables aporta antioxidantes y compuestos antiinflamatorios que protegen el cerebro.
No se trata de eliminar alimentos de forma radical, sino de priorizar aquellos que favorecen la salud cerebral. Este tipo de alimentación mejora la circulación, reduce la inflamación y favorece la plasticidad neuronal, algo esencial para mantener una mente flexible y socialmente conectada, una característica común en las personas que caen bien.
Movimiento regular y cerebro activo
El ejercicio físico es otro de los grandes aliados de la reserva cognitiva. La actividad regular mejora el flujo sanguíneo cerebral y estimula la liberación de factores que favorecen la creación de nuevas conexiones neuronales.
Caminar, nadar, bailar o practicar ejercicio de fuerza de forma constante no solo beneficia al cuerpo. También entrena al cerebro para responder mejor ante situaciones nuevas. Además, el movimiento suele ir acompañado de interacción social, algo que refuerza tanto la salud mental como las habilidades relacionales.
Un descanso adecuado favorece la atención, el control emocional y la capacidad de empatía, rasgos habituales en las personas que caen bien y saben adaptarse a distintos contextos sociales
Dormir bien no es negociable, otra clave para tu cerebro
El sueño es un proceso activo para el cerebro. Mientras dormimos, se consolidan recuerdos, se eliminan desechos metabólicos y se reorganizan circuitos neuronales. Dormir poco o mal interfiere directamente en estos procesos y debilita la reserva cognitiva.
Desde la neurociencia se insiste en la importancia de respetar los ritmos de sueño y vigilia. Un descanso adecuado favorece la atención, el control emocional y la capacidad de empatía, rasgos habituales en las personas que caen bien y saben adaptarse a distintos contextos sociales.
Gestión del estrés y flexibilidad mental
El estrés mantenido en el tiempo exige un sobreesfuerzo constante al cerebro. Si no se gestiona, acaba agotando recursos cognitivos clave como la memoria de trabajo o la capacidad de concentración.
Técnicas de relajación, respiración consciente o simplemente aprender a bajar el ritmo ayudan a preservar la reserva cognitiva. Un cerebro menos saturado es un cerebro más creativo, más empático y más capaz de responder con calma, cualidades muy ligadas a una buena percepción social.
El valor de los vínculos sociales
Las relaciones sociales no son un complemento, sino un pilar esencial de la salud cerebral. Conversar, debatir, escuchar y adaptarse al otro activa múltiples áreas del cerebro de forma simultánea.
Desde Harvard se subraya que mantener contactos sociales variados estimula la cognición y protege frente al deterioro mental. No es casualidad que muchas personas que caen bien destaquen por su capacidad de conexión, su curiosidad por el otro y su facilidad para comunicarse.
Según Harvard, todos los hábitos funcionan como un engranaje y se refuerzan entre sí. De esta manera se construye una reserva cognitiva
Seguir retando al cerebro a cualquier edad
El último pilar tiene que ver con no dejar de aprender. Leer, estudiar, escribir, tocar un instrumento o enfrentarse a situaciones nuevas obliga al cerebro a salir de la rutina y crear nuevas conexiones.
No importa la edad ni el nivel previo. Lo relevante es mantener una actitud activa y curiosa. Cada nuevo reto cognitivo suma capas a esa reserva que permite al cerebro adaptarse mejor a lo inesperado y mantenerse funcional durante más tiempo.
Todos estos hábitos no actúan de forma aislada. Funcionan como un engranaje. Alimentación, ejercicio, sueño, gestión emocional, relaciones sociales y estimulación mental se refuerzan entre sí. Así es como, según Harvard, se construye una reserva cognitiva sólida que no solo protege el cerebro, sino que también se refleja en una forma más abierta, flexible y cercana de estar en el mundo.
