Gestión emocional

Cómo explica la psicología que tratemos peor a las personas que más queremos


Tratar peor a quiénes más quieres es mucho más común de lo que imaginas. La experta en salud mental cuenta por qué tienes este comportamiento, qué papel juega la confianza en él, y cómo puedes remediarlo.


Mujer y hombre sentados en sofá, ella con brazos cruzados, él con manos entrelazadas.© Adobe Stock
Paula MartínsColaboradora de Moda y Estar Bien
11 de enero de 2026 - 7:00 CET

Seguro que te ha pasado: con tu pareja, tu madre o tu mejor amiga saltas antes, respondes peor o dices cosas que jamás dirías a un compañero de trabajo. Justo con las personas que más te importan es donde bajas la guardia… y a veces también el filtro. Este comportamiento, tan común como incómodo, tiene una explicación psicológica clara y tiene mucho que ver con el carácter, las etiquetas y el exceso de confianza.

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Existe una paradoja dolorosa en nuestras relaciones personales. A menudo, reservamos nuestra peor versión para las personas que más queremos. Aquellos que nos sostienen, nos cuidan y nos aman suelen ser los que reciben nuestras respuestas más secas, nuestra falta de paciencia o nuestras críticas más afiladas. Y, aquí, es donde entra el juego el prejuicio sobre el carácter.

A menudo se asocia a las personas con mucho carácter como las más bruscas, directas y claras. A vista del mundo, ellas suelen ser las que tratan peor a las personas, sea su círculo cercano o no. Por el contrario, a las que se considera que tienen "menos carácter" se les atribuye la debilidad, vulnerabilidad y cierta subordinación. 

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Tratar peor a quiénes más quieres, un fenómeno común

Sin embargo, no hay distinciones que valgan a la hora de verter emocionalmente nuestros problemas en nuestros vínculos cercanos. Todos, independientemente de nuestra personalidad, tendemos a descargar nuestras emociones con las personas a las que más queremos.

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La doctora en psicología y psicóloga general sanitaria, María Moya, advierte que, para entenderlo, resulta fundamental despojarse de estos prejuicios. Muchas veces hablamos de nuestra personalidad de manera imprecisa: "es una forma coloquial de definir la personalidad de alguien como cuando, por ejemplo, atribuimos enfermedades mentales como etiquetas sociales ('es bipolar'). Son formas incorrectas de definir algo. Mientras que el Trastorno Bipolar es un aspecto serio e importante con el que no se puede (o debe) banalizar, con el carácter y la personalidad, sucede exactamente lo mismo”.

En el día a día, solemos escudarnos en el carácter para explicar —o excusar— cómo tratamos a los demás. Decimos "yo soy así" cuando hablamos mal, cuando imponemos nuestro punto de vista o cuando no medimos el impacto de nuestras palabras, especialmente con quienes sentimos que no se van a ir. 

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María Moya explica cómo funcionan estas etiquetas: "Se tiende a pensar que las personas más reservadas son más bien sumisas, aceptan cualquier escenario y no presentan una opinión fuerte y definida. En cambio, las que son más directas suelen asociarse a una persona brava, con tendencia a la agresividad verbal y a quien poco se le puede decir por su reacción". Y lanza una pregunta clave: "¿es una mejor que la otra?".

Desde la psicología, la respuesta es clara. "Desde luego, el prisma psicológico no considera uno mejor que el otro, más bien ambos son categorizados como antagónicos, es decir, ‘polos opuestos de un mismo espacio’. Lo ideal, y lo que se busca, es la empatía y la asertividad (ponerse en el lugar del otro, manteniendo una posición firme pero sin faltar al respeto)", aclara la especialista.

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La confianza, clave en cómo enfocas las relaciones

En este contexto, precisamente, la psicóloga comenta que, independientemente de cómo seamos, tratamos peor a quienes más cerca están.  Y es que, cuando hay confianza, bajamos la guardia. 

Cuando sentimos que el vínculo está asegurado, dejamos de medirnos. Por eso, moderar estas dinámicas es posible, y necesario. "En algunos casos, con unos ‘tips’ es suficiente, pero, en la mayoría, recomendaría la intervención terapéutica enfocada a las habilidades sociales y de comunicación”, apunta María Moya.

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Pero la clave final llega cuando responde directamente a la gran pregunta. "Lo hacemos por el grado de confianza. Si yo sé que vas a seguir formando parte de mi vida, por ejemplo, mi madre, me puedo permitir el ‘lujo y la licencia’ de opinar de lo que considere sin pensar en más consecuencias que la propia respuesta", explica.

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Y deja un ejemplo imposible de ignorar: "¿Qué pasa si esa respuesta misma se la das a tu jefe? ¿Te sentirías con ese grado de seguridad o bajarías el tono un par de puntos?". Su conclusión es contundente: "No podemos olvidar que cercanía y confianza no es símil a ‘decir lo que considere sin pensar en los resultados’. Las mejores relaciones son las que nunca se dan por sentadas".

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Por qué cuidas menos a tu vínculo más cercano

Más allá de la seguridad del vínculo, existen otros factores que alimentan este comportamiento:

  • Efecto contenedor. Durante el día acumulamos estrés y frustración en entornos donde debemos ser políticamente correctos. Al llegar a casa, el entorno seguro se convierte en el vertedero emocional donde soltamos toda la tensión acumulada.
  • Economía del esfuerzo. Ser educado, empático y paciente requiere energía cognitiva. Con los extraños invertimos esa energía para causar buena impresión; con los íntimos, entramos en un "modo ahorro" que, mal gestionado, deriva en brusquedad.
  • Falacia de la transparencia. Creemos erróneamente que, como nos conocen tanto, "ya deberían saber" cómo nos sentimos o que "no lo decimos con mala intención". Olvidamos que las palabras duelen igual, aunque vengan de alguien que nos ama.
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Estrategias a seguir para comenzar a tratar mejor a tu entorno

Muchos de los malos gestos ocurren por el cambio de situaciones (por ejemplo, pasar del estrés del trabajo a la dinámica familiar). Por eso, antes de entrar en casa o de iniciar una conversación tras un momento de estrés, haz una pausa consciente. Puedes seguir algunas de las siguientes prácticas para controlar tus impulsos verbales:

  • Expresa cómo te sientes, desde el 'yo'. En lugar de esperar a que la otra persona adivine que estás cansado o irritable, verbalízalo antes de que ocurra el conflicto.  
  • Imagina situaciones. Cuando sientas que vas a dar una respuesta brusca o despectiva, haz el ejercicio mental que menciona la psicóloga María Moya.  Visualiza a un desconocido o a una figura de autoridad (el jefe, un cliente importante). Si no le dirías eso a ellos de esa manera, no se lo digas a tu pareja o a tu madre.
  • Busca el origen de tus comentarios. Antes de opinar (ese "lujo y licencia" que mencionas), piensa en si es verdad ese pensamiento, en si es necesario decirlo en ese momento y si el comentario es constructivo o solamente un desahogo.
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  • Pide perdón. Como somos humanos, a veces fallaremos. El secreto de las relaciones duraderas no es no fallar nunca, sino saber reparar. Si notas que has bajado el tono o has sido injusto aprovechando esa "confianza", pide perdón al instante. 
  • Practica la cortesía.  Esforzarse activamente en decir "gracias", "por favor" o "te importa si..." con la familia. Estos pequeños marcadores lingüísticos mantienen activa la parte del cerebro que gestiona el respeto y nos impiden caer en el modo de "piloto automático brusco". 

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