Estamos familiarizadas con el síndrome del profesional quemado (burnout) que, como su nombre indica, describe a aquellas personas que están cansadas de su trabajo, generalmente, porque alcanzan un nivel de agotamiento que les es difícil de aguantar. Hay otro concepto que, en los últimos años, también está preocupando a los profesionales de la salud mental. Se trata del boreout y que habla de aquellas personas que no se sienten motivadas en su trabajo.
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Para entender por qué ocurre, hablamos con el coach Alessandro Punturo, CEO de la consultora Coneex, que nos explica cuáles son los síntomas, qué ocurre en el cerebro y cuáles son las medidas que podemos aplicar para volver a disfrutar de nuestro trabajo.
El cerebro necesita percibir avance y significado; necesita evolucionar. Cuando eso no ocurre, entra en una especie de “modo ahorro”. No hay un conflicto evidente, pero sí una desconexión progresiva que acaba traduciéndose en desmotivación y pérdida de productividad.
¿Qué es exactamente el boreout y en qué se diferencia del agotamiento por exceso de trabajo?
El boreout es una forma de agotamiento silencioso. No nace del exceso de trabajo, sino de la falta de estímulo, de sentido y de desafío. Mientras el burnout aparece cuando una persona está sobrecargada y empujada más allá de sus límites, el boreout surge cuando alguien se siente infrautilizado, irrelevante o desconectado de lo que hace. Por fuera, todo puede parecer correcto, pero por dentro aparece una sensación persistente de vacío.
No somos máquinas: todos necesitamos un propósito tanto en lo personal como en lo profesional. Cuando ese propósito no existe, el resultado, paradójicamente, puede ser muy parecido al burnout: cansancio, apatía y pérdida de energía vital.
¿Por qué hay tantas personas que se sienten desmotivadas aunque “todo esté bien” en su trabajo?
Porque los líderes, hasta ahora, no siempre han cuidado suficientemente bien estos aspectos. A menudo, líderes y mandos intermedios confunden el “estar bien” de sus equipos en términos contractuales o materiales con el bienestar humano real. Y no son lo mismo.
Muchas personas tienen estabilidad, buen salario y condiciones aceptables, pero no sienten que su trabajo tenga impacto, que estén creciendo o que lo que hacen importe de verdad. El cerebro necesita percibir avance y significado; necesita evolucionar. Cuando eso no ocurre, entra en una especie de “modo ahorro”. No hay un conflicto evidente, pero sí una desconexión progresiva que acaba traduciéndose en desmotivación y pérdida de productividad.
¿Cómo se manifiesta la desmotivación crónica en el día a día laboral?
Puede aparecer de forma muy sutil. La persona cumple, pero como un autómata. Procrastina sin saber muy bien por qué, pierde iniciativa, se siente mentalmente cansada aunque la carga de trabajo no sea alta y empieza a funcionar en piloto automático.
Muchas veces surge un cinismo suave, una ironía constante o una distancia emocional respecto al trabajo. No es una rebeldía abierta, sino la sensación de que nada puede cambiar. Es una retirada silenciosa.
¿Por qué el aburrimiento sostenido puede afectar tanto a la salud mental?
Porque el cerebro no está diseñado para la irrelevancia, sino para la evolución. El aburrimiento puntual no es un problema —a menudo incluso es necesario—, pero cuando se vuelve crónico, el mensaje interno es muy potente: “no soy necesario”, “no aporto”, “no importo”.
A nivel neurobiológico, esto activa estados muy similares a la indefensión aprendida. Aumenta la rumiación mental, disminuye la energía y se incrementa el riesgo de ansiedad o de síntomas depresivos. No es una cuestión de actitud; es una respuesta del sistema nervioso ante la falta prolongada de sentido.
Cuando al volver del trabajo no recuerdas con nitidez cómo has ocupado el día, se enciende una alarma. No es un problema de memoria, sino de presencia.
¿Qué señales indican que no es una mala racha, sino un problema más profundo?
Desde mi punto de vista, la primera señal es muy clara: cuando al volver del trabajo no recuerdas con nitidez cómo has ocupado el día, se enciende una alarma. No es un problema de memoria, sino de presencia.
El cerebro solo registra aquello en lo que está realmente implicado. Cuando todo transcurre en piloto automático, sin desafío ni emoción, ese tiempo se vuelve prescindible.
Vivir demasiado tiempo en piloto automático es, en el fondo, no vivir del todo la propia vida. El tiempo pasa más rápido porque nada deja huella y porque falta el alimento esencial de la mente: la curiosidad. Sin ella, el trabajo se atraviesa en lugar de vivirse, y esa desconexión sostenida acaba vaciando de energía y de sentido a la persona.
Cuando la desmotivación se alarga durante meses, no mejora con vacaciones y el trabajo deja de generar cualquier tipo de curiosidad, estamos ante un problema estructural.
¿Qué papel juegan la falta de sentido y de reconocimiento en esta desmotivación?
Un papel central. El cerebro necesita saber para qué hace lo que hace y sentir que su esfuerzo es visto, valorado y reconocido. Cuando falta el sentido, el trabajo se vuelve mecánico. Cuando falta el reconocimiento, el profesional entra en una situación de bloqueo emocional.
Y cuando ambas cosas desaparecen a la vez, la motivación se desploma, incluso en contextos profesionalmente privilegiados. No es falta de ambición ni de gratitud; es una necesidad humana básica no satisfecha.
¿Puede el 'boreout' convivir con estabilidad laboral y buen salario?
Sí, puede convivir perfectamente y, de hecho, es uno de los contextos donde más aparece. El boreout no tiene que ver con las condiciones externas, sino con la motivación intrínseca.
El cerebro se activa cuando hay curiosidad, aprendizaje y sensación de crecimiento. Cuando el trabajo no ofrece estos elementos, la energía interna se apaga, aunque exista estabilidad y un buen salario.
En esos casos, la persona cumple, pero no se siente implicada. Puede haber incentivos, seguridad y reconocimiento externo, pero si faltan autonomía, desafío o conexión con los valores personales, el trabajo deja de nutrir. No es falta de ambición ni de gratitud: es la ausencia de ese motor interno que da sentido y dirección, y que ningún contrato puede sustituir.
Salir del boreout no empieza necesariamente cambiando de empresa. Empieza recuperando conciencia y energía interna, y reconociendo que se trata de un desafío que debe abordarse de manera compartida: tanto por directivos como por empleados.
¿Qué primeros pasos puede dar una persona para salir de ese bloqueo emocional?
El primer paso es ponerle nombre a lo que ocurre y dejar de interpretarlo como pereza o ingratitud. A partir de ahí, es clave volver a conectar con el propio estado interno, no solo con las tareas.
Recuperar pequeños espacios de aprendizaje o desafío, hablar con alguien externo que no juzgue ni tenga agenda, y cuestionar la idea de que el vacío es “parte normal del trabajo” son pasos fundamentales. Y, siempre que sea posible, hablar con los directivos.
Es responsabilidad de los líderes crear las condiciones para que las personas encuentren sentido y motivación en su trabajo, no solo mejorar los números de las empresas —que, de hecho, se resienten cuando el personal está desmotivado—.
Salir del boreout no empieza necesariamente cambiando de empresa. Empieza recuperando conciencia y energía interna, y reconociendo que se trata de un desafío que debe abordarse de manera compartida: tanto por directivos como por empleados.
