Comer con estrés: el error que agota tu cuerpo y apaga tu piel


Lo que comes y cómo lo comes altera tu humor, tu piel y tu energía más de lo que imaginas, pero hay una buena noticia: puedes resetear cuerpo y mente con pequeños gestos diarios (y sin dejar de disfrutar)


comer con estres es malo© lailahasanovic
Patricia de la TorreColaboradora de Belleza
28 de enero de 2026 - 14:00 CET

Si tienes la piel inflamada, duermes mal y sientes que tu nivel de estrés va en aumento, quizá no necesites una nueva rutina de skincare ni otra clase de yoga. Puede que la respuesta esté en tu plato. Porque sí, lo que comes tiene más poder del que imaginas. Literalmente, puede cambiar cómo te sientes y cómo te ves. "La alimentación y el estrés están relacionados porque se influyen recíprocamente", afirma Andrea Marqués, nutricionista clínica del Centro Médico ViaCare. Y una vez que entiendes eso, ya no puedes mirar igual una comida rápida delante del ordenador.

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Comer con estrés y su relación con la piel

Hay algo que nadie te cuenta sobre el estrés: lo alimentas tú misma sin darte cuenta. Cuando comes deprisa, mal y sin escuchar a tu cuerpo, no solo te estás desconectando del placer de comer, también estás elevando tus niveles de ansiedad sin saberlo. "Cuando comemos así, no tomamos conciencia de nuestras sensaciones de apetito, saciedad o ansiedad, y esto suele traducirse en trastornos del comportamiento alimentario como atracones o ayunos prolongados", explica Andrea.

"La apariencia y salud de la piel está ligada a nuestra alimentación. Mejorar su aspecto, promover su juventud y vitalidad o evitar problemas en ella se puede lograr mediante ajustes en la alimentación", como ya nos corroboró hace tiempo Laura Parada, nutricionista del centro madrileño Slow Life House. Tu piel se inflama, pierde elasticidad y ennegrece cuando tu organismo vive en modo alerta constante.

La inflamación silenciosa no es solo un término médico: es lo que ocurre cuando tu cuerpo convive con picos de glucosa, alimentos ultraprocesados, azúcar y grasa proinflamatoria. "Las harinas blancas y los procesados aportan menos nutrientes y antioxidantes, favoreciendo subidas rápidas de glucemia que no solo dañan tu metabolismo… también aceleran el envejecimiento de la piel", explica Elisa Blázquez, nutricionista de Clínica IQtra.

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El bienestar empieza en la despensa: lo que eliges tener a mano marca cómo comes… y cómo vives

'Reset' alimentario: así puede ayudarte tu plato a calmar tu sistema nervioso

Puede sonar simplista, pero la calma también se mastica. Regular tus horarios de comida y respetar tus ritmos circadianos no es una moda, es recuperar el control. "Es importante introducir la mayor parte de la energía entre el desayuno y la comida, dejando la tarde-noche para ingestas más livianas", sugiere Andrea. Esto coincide con lo que muchos estudios de nutrición antiaging han demostrado: una alimentación sincronizada con tu reloj biológico reduce estrés y favorece la reparación celular. "Cuando rompemos nuestro ritmo circadiano [...] terminamos alterando nuestro sistema nervioso", incide.

Y cuando hablamos de alimentos concretos, toca hablar en serio: proteínas de calidad, antioxidantes naturales, omega 3 y agua son aliados tan poderosos como cualquier sérum de lujo. "Los antioxidantes presentes en frutas y verduras, los ácidos grasos omega 3 del pescado azul y una correcta hidratación son fundamentales para una dermis sana", confirma Andrea. Y comerlos, mejora la elasticidad de la piel y combate el estrés oxidativo que acelera el envejecimiento. Lo confirman muchos expertos. Magda Pérez, beauty coach de los centros Carmen Navarro, apunta que "los alimentos procesados y las grasas saturadas afectan al colágeno de la piel y favorecen la inflamación crónica" y Laura Parada añade que "el azúcar puede cambiar la estructura del colágeno y aumentar la retención de fluido corporal”.

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El estrés de la ciudad también se combate en el plato

Además, la Dra. Gracia Bañón, directora médica de ENEA Clínica, lo dice sin cortarse: "Mucho buscamos soluciones cosméticas sin mirar primero la base: la alimentación. Lo que comemos no solo influye en cómo nos sentimos, sino en cómo nos vemos." Para ella, ingredientes como la vitamina C, E, los betacarotenos y el hierro son la estructura de una piel luminosa, firme y resistente al estrés ambiental.

No es solo qué comes; es cómo lo comes. "Hábitos como comer de pie o delante del ordenador son indicativos de niveles elevados de estrés", advierte Andrea. Volver a ritualizar la comida, respirar antes de morder, sentarte aunque sean diez minutos… todo eso reordena tu sistema nervioso. 

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El gesto más simple para verte y sentirte mejor empieza en el plato

Cambiar la forma en que comes no significa vivir a base de smoothies verdes ni contar calorías obsesivamente. Significa bajar el ritmo, reconectar con tus horarios naturales y volver a disfrutar de la comida como un acto de autocuidado. Andrea lo resume así: "Regula tus horarios y adecua tus comidas a los ritmos circadianos". Lo que se traduce en algo tan tangible como desayunar en calma, comer cuando tu cuerpo lo necesita y no convertir la cena en un atracón emocional. "Habrá pacientes a los que les funcionará comer muchas veces menos cantidad, y a otros que les funcionará comer solo tres veces al día", explica.

Por la mañana, una tostada de pan integral con ricotta y salmón puede ser mucho más efectiva que cualquier suplemento de moda. El pan integral ayuda a mantener estable el nivel de azúcar en sangre, la ricotta aporta proteína ligera y el salmón suma omega 3, que mejora la elasticidad de la piel y equilibra el sistema nervioso. 

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A mediodía, un plato de verduras salteadas con quinoa y pollo es todo lo que necesitas para tener energía sin ansiedad: vegetales ricos en antioxidantes, proteína limpia y carbohidratos de absorción lenta que no inflaman ni agotan. Y al caer la tarde, una tortilla francesa con aguacate y tomates cherry es el tipo de cena que te reconcilia con el descanso: ligera, rica en grasas buenas y antioxidantes que cuidan la piel desde dentro y no sobrecargan tu digestión.

Un puñado de frutos rojos a media mañana es una de las formas más simples de darle a tu piel un chute natural de antioxidantes que combaten el estrés oxidativo y devuelven luminosidad. Una infusión caliente cuando la tarde pesa ayuda a bajar el ritmo, reducir la ansiedad y reconectar con el cuerpo, casi como un ritual de pausa consciente. Y agua (sí, agua de verdad, sin gas ni saborizantes) a lo largo del día es el gesto más infravalorado (y más eficaz) para mantener la piel hidratada, el metabolismo activo y la mente despejada.

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