EN PRIMERA PERSONA

Sebastián Álvaro, creador de ‘Al filo de lo imposible’ revive su aventura por el norte de África: “El viaje más impactante de mi vida”


El periodista, que ha dirigido y realizado más de 250 expediciones —desde la ascensión de los 14 ochomiles hasta travesías al Polo Norte y al Polo Sur—, asegura que “los viajes nos muestran la vida tal y como es. Algunos se vuelven excepcionales, aunque sean difíciles y nos pongan a prueba". Así ocurrió con esta travesía por el desierto que realizó en 2004 con el equipo de televisión.


Cueva de Foggini Mistikawi, Libia, Egipto© Sebastián Álvaro
Por: Sebastián Álvaro
23 de enero de 2026 - 15:00 CET

Es uno de los mejores viajes que he hecho en mi vida. Se me ocurrió mientras perseguía las huellas de dos personajes singulares muy diferentes: Alejandro Magno y el explorador alemán Gerhard Rohlfs. Nuestro punto de partida fue el oasis de Siwa, donde se encontraba uno de los oráculos más famosos de la Antigüedad. Allí acudió el joven Alejandro para ser reconocido como hijo del dios Amón y después derrotar al Imperio persa llevando la influencia helenística hasta la India y Afganistán. Queríamos seguir las huellas de Rohlfs, que había atravesado este desierto en 1874 tras una peripecia que casi le cuesta la vida. Desde entonces nadie había vuelto a realizar esta travesía por el Gran Mar de Arena que se extiende entre Egipto y Libia. 

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© Sebastián Álvaro
Organizar las cargas en los camellos era una de las rutinas diarias.

El día 21 de noviembre, muy temprano, salimos de nuestros sacos para ponernos en marcha. Tardamos dos horas en ordenar las cargas y repartirlas en los 22 dromedarios. Marcamos el rumbo con la brújula y muy pronto el oasis de Siwa va quedando a nuestras espaldas. Realizamos todo el trayecto caminando, más de 700 kilómetros. Caminar permite reencontrar el ritmo natural de la tierra.

El desierto es la sencillez de lo natural, la tierra desnuda, pero también nos enseña nuestro lugar en el mundo, nuestra vulnerabilidad y la soledad absoluta. Solo así se pueden valorar las dimensiones reales del Gran Mar de Arena, igual que antes me ha ocurrido en océanos, grandes montañas o selvas. Son espacios grandes, inmensos, que se vuelven grandiosos cuando los medimos en la escala humana. 

© Sebastián Álvaro
Sobre una duna del Gran Mar de Arena.

Elegimos la época del otoño cercana al invierno porque, a pesar de las pocas horas de luz, las temperaturas son las mejores para realizar una actividad exigente. Los primeros días acabo exhausto y con rozaduras en los pies. Comenzamos recorriendo 25-30 kilómetros, pero poco después llegaremos a superar los 40 diarios. Muy pronto, el paisaje implacable nos moldea a su imagen y semejanza endureciéndonos por dentro y por fuera. Se necesita tiempo para amar la vida sencilla y la dura libertad de los desiertos.

Nuestra rutina es muy simple. Todos los días nos levantamos a las seis de la mañana, cuando todavía es de noche y la temperatura no supera los 0 ºC, sacudiendo las tiendas cubiertas de una ligera escarcha. Luego desayunamos, recogemos nuestras cosas y cargamos los camellos.

Se necesita tiempo para amar la vida sencilla y la dura libertad de los desiertos.

A las ocho ya estamos caminando y buscamos la zona de las arenas que permanecen apelmazadas por el relente de la mañana. En ese terreno se camina mucho más rápido y ganamos kilómetros hasta que, unas horas después, la humedad se evapora, la arena se reblandece y nos hundimos hasta los tobillos. Entonces el termómetro puede superar los 45 ºC, aunque estemos en diciembre.

© Sebastián Álvaro
Marcando la ruta en el mapa.

Al mediodía nos reagrupamos, nos protegemos del viento con los camellos y hacemos una parada de media hora sentados en el suelo para comer una manzana, un puñado de frutos secos y algo de jamón. Luego proseguimos cuatro o cinco horas más y al atardecer buscamos un lugar protegido entre las dunas para montar las tiendas. Al terminar esta labor aún no se ha acabado el trabajo. Quedan otras tareas: organizar las cargas, "lavarnos" con un pequeño spray pulverizador —que nos recuerda cuán preciosa es aquí el agua—, preparar la cena, escribir el diario y apuntar las coordenadas en el mapa. 

Es un lujo para los sentidos observar la fiesta de los colores en el desierto, cuando se inunda de púrpuras, dorados, rojizos y rosados, que preludian el negro de la noche.

 Alguna tarde, si no estoy muy cansado, me alejo un poco del campamento con la cámara y subo a una duna. Es un lujo para los sentidos observar la fiesta de los colores en el desierto, cuando se inunda de púrpuras, dorados, rojizos y rosados, que preludian el negro de la noche. Es el momento de abrigarse, cenar algo y meterse en la tienda a descansar.

© Sebastián Álvaro
Final de la travesía en Deir el-Hagar.

 Por fin, el 18 de diciembre, logramos alcanzar el templo de Deir el-Hagar, el mismo lugar desde donde partió la caravana de Rohlfs. El explorador alemán y sus compañeros dejaron grabados sus nombres en las columnas que ahora tenemos delante de nosotros. Se ha acabado. Hemos recorrido más de 700 kilómetros y para ello he necesitado dar millón y medio de pasos en 29 días. Hemos comido y bebido lo justo, y he perdido seis kilos. Pero he ganado mucho más. Apenas estamos unos minutos en el templo. Hoy sé que estos han sido los más intensos y felices de mi vida.

© ¡HOLA! Prohibida la reproducción total o parcial de este reportaje y sus fotografías, aun citando su procedencia.