Comienza un nuevo año y la Casa Real británica lo hace, por fin, sin arrastrar algunos de los problemas más incómodos del pasado. Si algo ha marcado los últimos meses del reinado de Carlos III, ha sido la decisión de despojar a Andrés Mountbatten-Windsor de los títulos, honores y privilegios que aún conservaba, pese a llevar desde 2019 apartado de la vida oficial por su vinculación —nunca juzgada— con Jeffrey Epstein. Mucho se ha escrito sobre la retirada del título de príncipe, un gesto que supone un hito, pero que no es del todo novedoso: forma parte de una estrategia histórica de la Casa Windsor para desactivar crisis en el momento preciso. Ya ocurrió antes con otro de los títulos más simbólicos de la monarquía británica: el de princesa de Gales.
Para ti que te gusta
Este contenido es exclusivo para la comunidad de lectores de ¡HOLA!
Para disfrutar de 5 contenidos gratis cada mes debes navegar registrado.
Este contenido es solo para suscriptores.
Suscríbete ahora para seguir leyendo.Este contenido es solo para suscriptores.
Suscríbete ahora para seguir leyendo.TIENES ACCESO A 5 CONTENIDOS DE
Recuerda navegar siempre con tu sesión iniciada.
No es la primera vez que un soberano británico recurre a una orden ejecutiva —las conocidas Letters Patent, que deben ser aprobadas por el Parlamento— para retirar títulos a miembros de la familia real. Este mecanismo fue el que utilizó Isabel II para impedir que Sarah Ferguson y Diana de Gales siguieran usando el tratamiento de Su Alteza Real tras sus divorcios. Sin embargo, cuando se trata de príncipes de cuna, el terreno es mucho más delicado, especialmente si, como en el caso de Andrés, no existe una condena judicial que respalde la decisión.
Por eso, hasta ahora, la fórmula preferida había sido otra: desactivar el título. Es decir, dejar de usarlo de manera voluntaria, una solución rápida, discreta y menos traumática, aunque el título siguiera perteneciendo legítimamente a su titular. Esa vía funcionó durante años, pero se volvió insostenible en el caso de Andrés cuando comenzaron a publicarse archivos y correos electrónicos relacionados con Epstein que cuestionaban, como mínimo, la versión que el hijo de Isabel II había defendido públicamente. La presión política, mediática y social terminó por forzar una medida más contundente.
Esta fórmula intermedia, sin embargo, sí ha funcionado en otros casos recientes. El ejemplo más claro es el de la reina Camilla, a la que legítimamente, como esposa del heredero, le correspondía el título de princesa de Gales. Pero nunca lo usó. El título quedó "congelado" desde la muerte de la princesa Diana hasta la de Isabel II, momento en que pasó directamente a Kate Middleton sin que Camilla lo hubiera ejercido ni un solo día, al menos de forma pública.
En su momento, el 9 de abril de 2005, cuando Carlos se casó con la que inequívocamente ha sido el amor de su vida, la actual reina Camilla, la Casa Real británica corrió a comunicar que, por respeto a la fallecida Diana y a sus hijos, los príncipes Guillermo y Harry, la segunda mujer del príncipe de Gales no usaría el título de princesa de Gales, siendo el de duquesa de Cornualles (también obtenido por su matrimonio) el que le correspondería en su vida oficial. De esta forma, la institución desactivó una crisis, que la hubo, en torno a una boda que fue toda una carrera de obstáculos y que reavivó el fervor de algunos británicos por la fallecida princesa.
De la misma forma, tras la boda se anunció que Camila tampoco usaría el título de reina llegado el momento. Sin embargo, en 2022, la propia reina Isabel II emitió un comunicado diciendo que como signo de gratitud por las casi dos décadas de servicios prestados y la lealtad mostrada a la Corona británica, su deseo era que Camilla, llegado el momento, pudiera usar el título de reina. Para ese momento ya se consideró que había pasado suficiente tiempo desde la muerte de Diana, y que el pueblo británico estaría más abierto a aceptarlo, como finalmente ha sido.
El ejemplo de Camila tiene diferencias claras con el de Andrés, aun así, habla de la capacidad de la realeza británica para medir sus tiempos, tomar el pulso a la opinión pública, planificar a largo plazo y desactivar determinadas crisis (no todas) antes de que sucedan. La familia real británica ha sobrevivido a muchos escándalos, desde la renuncia del rey Eduardo VIII al annus horribilis de Isabel II, que incluía los divorcios del príncipe Andrés y el entonces príncipe Carlos. Aun así, nunca ha tenido que enfrentarse a una investigación criminal.
Ni el drama de Diana ni los escándalos de Andrés han terminado con la familia real británica, pero sí han ensombrecidos reinados, algo de lo que el príncipe Guillermo ha podido aprender y por eso es más partidario de medidas claras, firmes e irreversibles, como las que se tomaron antes de que terminara el 2025, una forma de comenzar el 2026 con los deberes hechos y un escenario despejado para poder focalizarse en su futuro reinado.
