Psicología

Rosa Montero (75) reflexiona sobre la virtud que no todo el mundo tiene y que es clave para la felicidad


Como apunta la periodista y escritora, esta característica nos aporta mayor serenidad, una condición esencial para vivir en paz con nosotros mismos y ser, en definitiva, más felices


Rosa Montero posando frente a unas escaleras con camisa roja © Europa Press via Getty Images
28 de enero de 2026 - 7:00 CET

En esta vida algo caótica quizá una de las aspiraciones más sensatas no sea el éxito, ni siquiera la felicidad entendida como euforia constante, sino algo mucho más sencillo y a la vez más difícil: no vivir en permanente contradicción con uno mismo. No sentirse traicionado por lo que se piensa, se dice, se hace o se desea.

Para ti que te gusta

Este contenido es exclusivo para la comunidad de lectores de ¡HOLA!

Para disfrutar de 5 contenidos gratis cada mes debes navegar registrado.

Este contenido es solo para suscriptores.

Suscríbete ahora para seguir leyendo.

TIENES ACCESO A 5 CONTENIDOS DE CADA MES POR ESTAR REGISTRADO.

Recuerda navegar siempre con tu sesión iniciada.

Así lo ha expresado la escritora y periodista Rosa Montero en un encuentro reciente con la cultura en Ámbito Cultural. Montero ha señalado que detecta una disociación profunda en muchas personas: quienes piensan una cosa, dicen otra, hacen una tercera, sienten algo distinto y, además, desean algo que no tiene nada que ver con lo anterior. Ese desajuste interno, explica, es puro caos. Un ruido constante que termina pasando factura.

© Getty Images

Frente a ese desorden, Montero apunta a la sintonía con el propio tumulto interior. No se trata de eliminar las contradicciones —porque todos las tenemos—, sino de aprender a escucharlas, reconocerlas y, en la medida de lo posible, integrarlas. Vivir de tal forma que uno no tenga la sensación íntima de haberse fallado. De hecho, para la autora, uno de los grandes males contemporáneos es la desconexión con la propia identidad. “Hay muchísima gente que no tiene ni idea de quiénes son”, afirma. 

Esa falta de identidad clara no solo genera confusión, también impide alcanzar algo esencial: la serenidad, algo que nos puede ayudar a ser más felices. Como subraya Montero, la sabiduría no tiene que ver con acumular conocimientos ni con una erudición fría y distante. La verdadera sabiduría consiste en convertir el conocimiento en algo vivo, en permitir que dialogue con las emociones, que madure la relación que uno mantiene consigo mismo y con el mundo. Para nosotras, en ser coherentes, una virtud que no todo el mundo tiene. Pero, ¿por qué? 

© Getty Images

¿Por qué nos cuesta ser coherentes?

De la coherencia interior hablamos con Pedro Vivar, autor del libro El arte de la coherencia (Ed. Lunwerg). Este divulgador nos explica que puede entenderse como la congruencia entre valores, emociones, pensamientos y comportamientos. El problema es que no siempre resulta fácil sostener esa congruencia en un entorno social que empuja constantemente al ajuste, a la comparación y al miedo a quedar fuera.

Muchas personas saben lo que piensan, incluso lo que sienten, pero no se atreven a actuar en consecuencia. Otras actúan por inercia, por presión externa o por expectativas ajenas, aun sabiendo que eso no encaja con lo que son. Esa fractura interna no suele ser evidente al principio, pero con el tiempo pasa factura en forma de ansiedad, culpa, irritabilidad o sensación de vacío.

Por ello, hay qeu tener en cuenta que la coherencia no tiene que ver con ser rígido ni con no cambiar de opinión. Tiene que ver con revisar desde dónde se toman las decisiones y si esas decisiones responden a una convicción propia o a un miedo no expresado.

© Getty Images

Además, nos cuenta que desde una mirada antropológica, esta tensión no es nueva. Las sociedades han distinguido históricamente entre una vida considerada “honorable” por el grupo y una vida “buena” desde el punto de vista del individuo. Tal y como explica Pedro Vivar, esa diferencia ha estado presente en prácticamente todas las culturas, marcando lo que se espera socialmente frente a lo que cada persona siente como propio.

El condicionamiento más profundo, añade, no se construye en la edad adulta, sino que se interioriza desde la infancia. Desde la psicología del desarrollo sabemos que el niño aprende todo por imitación: observa qué conductas reciben aprobación y cuáles generan rechazo, qué actitudes relajan al entorno y cuáles lo incomodan. “El sistema nervioso infantil va registrando qué es seguro sentir, pensar y expresar”, señala Vivar, y ese aprendizaje temprano deja una huella duradera.

Cuando estos patrones se repiten durante años, terminan cristalizando en la identidad. Aparecen ideas como “yo soy así” o “el mundo funciona así”, y esa identidad se protege más de lo que se pone en duda. Esto ayuda a entender, según Vivar, por qué personas inteligentes, formadas y bien informadas pueden reaccionar de manera casi automática ante determinados temas: no están razonando desde cero, sino defendiendo un marco mental construido mucho antes de contar con herramientas para cuestionarlo.

En este punto, el psicólogo recupera la reflexión de Michel Foucault, quien sostenía que el poder más eficaz no es el que prohíbe, sino el que genera normalidad. No impone un “no puedes”, sino un “esto es lo que se hace”, que no se percibe como una orden, sino como algo evidente. Desde el punto de vista psicológico, este tipo de condicionamiento resulta tan sólido porque está íntimamente ligado a la pertenencia. “Cuestionar ese marco no es solo un ejercicio intelectual”, concluye Vivar, “implica poner en riesgo vínculos, identidad y una sensación básica de seguridad”, y eso conlleva costes emocionales y sociales que muchas personas no están dispuestas a asumir.

La coherencia como pilar de las relaciones humanas

En el terreno de las relaciones, la coherencia desempeña un papel decisivo. Según Pedro Vivar, es clave para el desarrollo de la integridad personal. Y sin integridad, resulta muy difícil construir vínculos sólidos y duraderos. No solo porque los demás perciben cuándo alguien no es auténtico, sino porque la incoherencia debilita la confianza en uno mismo.

Cuando una persona dice una cosa y hace otra, cuando promete lo que no siente o acepta lo que no desea, se erosiona por dentro. Y esa erosión acaba reflejándose fuera: relaciones inestables, límites difusos, dependencia emocional o necesidad constante de validación externa.

Ser coherente, en cambio, permite relacionarse desde un lugar más honesto. No garantiza relaciones fáciles, pero sí relaciones más limpias, donde lo que se ofrece coincide con lo que se es. Y eso genera una base mucho más firme para el respeto mutuo.

© Getty Images

 ¿Por qué la coherencia interior nos puede aportar serenidad y felicidad? 

Para responder a esto utilizaremos las rutas neurológicas como referencia. "Vimos en una sociedad cuyo culto a la dopamina es enfermizo, y se nos olvida que tenemos otra ruta neurológica llamada serotonina que se activa cuando en lugar de hacer cosas esperando un resultado a corto plazo, hacemos algo sencillamente como fin. Por ejemplo dar un paseo con el fin de pasear no de perder grasa, ir a ver a tus abuelos o a tus padres con el fin de verlos, no porque es una reunión o esperas una propina, ayudar a un amigo porque es tu amigo no porque esperas que te devuelva el favor"... señala Vivar. 

La serenidad no aparece porque todo vaya bien, sino porque reducimos la fricción interna. La coherencia no es solo un valor moral, es una condición fisiológica. No se alcanza pensando mejor, sino organizando mejor el cuerpo, la energía y la atención. Por eso personas muy inteligentes viven agotadas y personas más simples, pero coherentes, parecen sólidas.

Cómo empezar a vivir con más coherencia interior

La coherencia no se alcanza de una vez ni es un estado permanente. Es un proceso de ajuste continuo. Empieza por hacerse preguntas incómodas: ¿esto que hago lo hago por elección o por miedo?, ¿esto que digo refleja lo que siento?, ¿esta decisión me acerca o me aleja de quien quiero ser?

Pequeños gestos cotidianos pueden marcar la diferencia: aprender a decir no sin justificarse en exceso, revisar los propios valores, escuchar las emociones sin censurarlas y asumir que no siempre habrá aplauso. La coherencia no busca agradar, busca integrar.

Vivir de forma coherente no elimina los conflictos, pero reduce el ruido interno. Y cuando el ruido baja, la vida se vuelve más habitable. Más sencilla. Más propia.

© ¡HOLA! Prohibida la reproducción total o parcial de este reportaje y sus fotografías, aun citando su procedencia.