Hace casi un año que Aitana habló por primera vez de la depresión que sufrió. Lo hizo en una entrevista concedida a Carles Francino en el programa La Ventana, de la Cadena SER. La artista confesó que le costó nombrar el trastorno que sufría por no sacar su vulnerabilidad y que temía que desde fuera pudiera verse como un problema del primer mundo, "por las facilidades que tengo alrededor". Sin embargo, un personaje como ella, con una vida marcada por la presión y la exigencia constante tiene todo el derecho de sentirse así y, lo loable, es que pueda hablar de ello y pedir ayuda profesional. Este gesto la mantuvo en pie. Otras celebridades como Ricky Martin, Dani Rovira o Ángel Martin han hablado claro de sus problemas de salud mental, algo de lo que no solo ellos se han beneficiado, también el resto de la población.
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Según la psicóloga sanitaria Paloma García Zubieta, experta de Clínicas Origen, hablar de salud mental es clave para reducir el estigma: “Cuando alguien reconocido y socialmente exitoso habla de su sufrimiento, ayuda a normalizar algo que durante muchos años se ha vivido en silencio, con culpa y vergüenza”. Que los famosos nos cuenten cómo lidian con este tipo de situaciones puede ayudarnos a los demás. No solo ella ha alzado su voz para no esconder esta patología que afecta. Su testimonio, lejos de buscar titulares, conecta con una realidad que viven muchas personas: la depresión no siempre se nota, no siempre se ve y no siempre encaja con la idea que los demás tienen de ti".
Poner palabras a lo que duele también cambia lo que pasa en el cerebro
Hablar de depresión es necesario. Tiene un impacto real en el organismo. Así lo explica Jesús Matos, psicólogo experto en Salud Mental del Instituto Superior de Estudios Psicológicos (ISEP-metrodora), quien señala que cuando verbalizamos lo que sentimos se activa un mecanismo conocido como etiquetado afectivo.
“Cuando pones tus sentimientos en palabras, se activa la corteza prefrontal ventrolateral, una zona del cerebro que actúa como freno de la amígdala, el centro de alarma emocional”, explica. En la práctica, esto significa que nombrar la emoción reduce la respuesta fisiológica del miedo y la angustia, ayudando a recuperar cierto control interno en momentos de malestar intenso.
Además, expresar lo que ocurre por dentro obliga al cerebro a ordenar la experiencia. Las emociones dejan de ser una tormenta difusa y empiezan a adquirir forma, sentido y narrativa. Esa distancia permite comprender mejor lo que está pasando, en lugar de quedar atrapados en ello.
La vulnerabilidad también protege
Otro aspecto clave es el impacto social de compartir lo que sentimos. Según Matos, mostrar vulnerabilidad fortalece los vínculos y abre la puerta al apoyo emocional, uno de los factores protectores más importantes frente a la depresión. Hablar no debilita; conecta. Y esa conexión es, en muchos casos, un punto de sostén fundamental.
Cuando figuras públicas como Aitana dan este paso, no solo hablan de sí mismas. También legitiman que otras personas se reconozcan en ese malestar, se permitan pedir ayuda y entiendan que no hay nada incoherente en sentirse mal incluso cuando la vida “va bien” sobre el papel.
El alto coste de esconder lo que sentimos
El problema aparece cuando ocurre lo contrario: cuando la depresión se oculta. En psicología, esta estrategia se conoce como supresión expresiva, es decir, mantener una apariencia de normalidad mientras por dentro el malestar sigue creciendo. Y lejos de aliviar, esta forma de afrontamiento tiene un coste elevado.
“Los estudios muestran que, aunque externamente parezcas tranquilo, tu cuerpo reacciona con mayor activación fisiológica”, explica Matos. El corazón se acelera, aumenta la tensión interna y el sistema nervioso se mantiene en alerta. Es decir, esconder la emoción estresa más al cuerpo que la propia tristeza.
A esto se suma otro efecto menos visible: cuando no expresamos lo que sentimos, nos volvemos menos legibles emocionalmente para los demás. Esa falta de autenticidad se percibe, genera distancia y puede alejar justo el apoyo que más se necesita. Además, mantener esa “máscara” requiere un esfuerzo mental constante que acaba pasando factura en forma de fatiga, problemas de concentración y sensación de agotamiento continuo.
Hablar no lo soluciona todo, pero ayuda
El testimonio de Aitana pone sobre la mesa una realidad incómoda pero necesaria: callar no protege, hablar sí puede hacerlo. No porque las palabras curen por sí solas, sino porque abren procesos, reducen la carga interna y permiten que el malestar deje de vivirse en soledad.
Normalizar la conversación sobre depresión no significa banalizarla, sino todo lo contrario: reconocer su impacto, entender sus mecanismos y recordar que pedir ayuda no es un signo de debilidad, sino una forma de cuidado. Porque cuando la depresión se nombra, deja de ocuparlo todo en silencio.
