Más poderosos que las estrellas de cine: quiénes son los 'showrunners' que cobran sueldos de 300 millones y mandan en Hollywood


De Ryan Murphy a Shonda Rhimes: analizamos cómo los creadores de series han arrebatado el poder a los directores de cine y cuáles son sus proyectos más esperados


Sarah Paulson con el productor Ryan Murphy© Getty Images
Luis NemolatoDirector especiales ¡HOLA!
26 de enero de 2026 - 16:55 CET

¿Cuántas veces esta semana te ha aparecido en redes el trailer de Ashton Kutcher en The beauty? Las mismas, imaginamos que antes te apareció Charlie Hunnam por Monstruos: Ed Geinque te sale Joe Keery, rubio como la cerveza tras el estreno de la quinta temporada de Strangers Things y, si tienes un algoritmo en el que se entremezclan señores haciendo calistenia con el último desfile de la Semana de Milan, también te saldrá Kim Kardashian, Sarah Paulson y Glenn Close por Todo vale. Todos ellos son grandísimos actores, sex symbols, astros de la pantalla, lo que quieras llamarlos pero, detrás de ellos, hay todo un ecosistema de poder del que, nada más (y nada menos) son tan solo la punta del iceberg. 

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Y es que de aquel poder de los grandes estudios, las majors famosas que dominaron la tierra durante décadas, no queda ni rastro. Como de un polo de horchata bajo el sol de agosto. Tampoco es que esté en manos de aquel genio con más o menos ínfulas, pantalón bombacho y gorrita de visera ladeada de artista, ése que gritaba "¡acción!" para que la cámara comenzara a hacer realidad el sueño. Ahora, el poder está en los mails de una nueva generación de artistas que, como en el Renacimiento, saben hacer de todo y tienen la visión total del mapa. Artístico, épico y comercial. Y su dominio es onmímodo.

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Ryan Murphy

Porque, tras aquel momento en el que los estudios se ocupaban del relato, controlando incluso la vida privada de sus estrellas para que la fábrica de estrellas no tuviera fisuras, las fisuras estaban que había más cosas más allá del relato; y cuando llegó ese otra etapa en la que el director se convertía en el pantocrátor del set, en el autor cuya firma garantizaba el prestigio de toda una producción, sus crisis creativas podían desmantelarlo todo. Hoy, en este 2026, la industria es otra. Y es así por una transición que comenzó de forma silenciosa pero imparable a mediados de los 80 y que hoy, cuando la televisión parece estar comiéndose con patatas al cine hasta el punto de convertirlo en la eucaristía de unos pocos, ha dado origen a un ser nuevo y con superpoderes. Se llama showrunner y es, en esencia, un híbrido fascinante un gestor de crisis, un publicista, un creador, un visionario y un director financiero capaz de manejar presupuestos que harían temblar a más de un país pequeño.

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Ryan Murphy

Pero como decíamos, esta genealogía del poder no nació por generación espontánea en un laboratorio de Silicon Valley. Se fraguó en los albores de la época dorada de la televisión que comenzaba a ser a color y se rodada en exteriores, Podríamos denominarlos proto-showrunners, porque el término no estaba entonces ni acuñado. O mejor dicho visionarios porque ya dictaban las reglas de un juego que estaba en pañales pero generaba millones de dólares en todo el mundo. Y es que no se puede entender el imperio de Ryan Murphy, ni su estética, ni siquiera las subtramas de sus series, sin la herencia de Aaron Spelling, el hombre que en los años 70 y 80 convirtió la televisión en un desfile de hombreras, cardados y glamour. Spelling fue el primer gran productor que entendió que su nombre era una marca: desde Los Ángeles de Charlie hasta Dinastía. Él no solo producía culebrones Made in USA, él diseñaba la estética de una Era. Era el "toque Spelling", una mezcla de exceso y melodrama pop que sentó las bases de la televisión como espectáculo total. 

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David E. Kelley y Michelle Pfeiffer

Casi al mismo tiempo, en una orilla quizás más intelectualoide por neorrealista y/o crítica, James L. Brooks estaba inventando la televisión moderna basada en personajes. Con La chica de la tele (The Mary Tyler Moore Show) y más tarde con el salto a la animación que cambió el mundo con Los Simpson, Brooks demostró que el productor ejecutivo podía erigirse como el verdadero guardián de la coherencia y el ingenio. Él fue quien enseñó a Hollywood que se podía transitar entre el cine y la televisión sin perder la autoría, la calidad o el prestigio. O lo que es lo mismo, que a él no se le caían los anillos por hacer televisión, vaya… (porque, sí, hubo un tiempo en el que la televisión era serie B)… Y esta ambivalencia fue la que permitió que, años después, figuras como David E. Kelley (sí, sí, el marido de Michelle Pfeiffer) dictaran las leyes de la ficción (de la moda y hasta de la música, con Vonda Sheppard, al frente) desde los tribunales de Ally McBeal o The Practice. 

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David E. Kelley y Michelle Pfeiffer

Demostraba así que que un solo hombre podía escribir, producir y definir el tono de toda una cadena simultáneamente. Él fue quien enseñó a la industria que la agilidad del guion era el verdadero motor de la audiencia. Y por cierto, de pretérito imperfecto, nada. Hablamos de presente. Para este 2026, Kelley se prepara para cerrar su trilogía de thrillers legales en Netflix con una adaptación de alto presupuesto, Last Verdict, una miniserie para Netflix que utiliza tecnología de juicios en tiempo real para que la audiencia sienta la claustrofobia de un estrado moderno, redefiniendo el thriller legal que él mismo ayudó a crear.

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Michelle Pfeiffer y David E. Kelley

La génesis de esta revolución tiene nombres propios y momentos de ruptura que hoy se estudian en las escuelas de negocios y arte por igual. Y todo comenzó cuando figuras como David Chase, con Los Soprano, o Matthew Weiner, con Mad Men, exigieron algo que en el cine era impensable: el control absoluto sobre cada píxel de la pantalla, desde el guion hasta el color de las cortinas o la estrategia de marketing. Ellos fueron los que pusieron la primera piedra angular del negocio tal y como lo conocemos, demostrando que la televisión no era la hermana pobre del cine sino que podía darle una vuelta al relato: las series no son una sucesión de episodios, sino capítulos de una novela donde la continuidad del tono es sagrada y responde a una idea global. Desde la misma imagen (la dirección de arte se convierte en un elemento clave del éxito) a la venta del formato.

El punto de inflexión definitivo para la industria llegó hace casi una década, cuando gigantes como Disney o Netflix empezaron a fichar a estos creadores como si fueran estrellas de rock. El contrato estratosférico de David Benioff y D.B. Weiss tras el fenómeno de Juego de Trono—valorado en cientos de millones de dólares— marcó el inicio de una "caza de talentos" sin precedentes. Hollywood entendió que si querías expandir un universo como el de Star Wars o el de los superhéroes, no necesitabas a un artesano que creaba obras únicas, pero solitarias, sino a un arquitecto de narrativas que se prolonga y adaptan al público a lo largo del tiempo. Este fenómeno ha llevado a que los directores de cine se conviertan, a menudo, en simples invitados que aportan su técnica a un universo que ya tiene dueño y señor.

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Shonda Rhimes

Una lección que Shonda Rhimes llevó a una escala estratosférica. A Rhimes le debemos mucho más que el éxito de Anatomía de Grey; le debemos la entrada definitiva del Black Power en la ficción global. Shonda no solo rompió techos de cristal, sino que reconstruyó el edificio entero, imponiendo una diversidad orgánica y poderosa donde los personajes afroamericanos no solo ocupaban el centro del relato, sino que dictaban las reglas del deseo, la política y la medicina. 

Su Shondaland fue el primer gran imperio moderno donde la autoría se convirtió en una garantía de cambio social y rentabilidad absoluta. Para este 2026, su imperio en Netflix se expande con una nueva saga histórica que explora las raíces de la diplomacia afroamericana en la Europa post napoleónica del XIX, un proyecto que promete la opulencia de Los Bridgerton con la carga política de sus mejores thrillers. Se titulará The Ambassadors y pide hora en el pelu porque se nos avecina un alarde de tocados y maquillaje que promete ser el evento beauty chic del año.

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Shonda Rhimes

Hablando de beauty chic…. Paralelamente, Ryan Murphy se convertía en el otro gran titán de este nuevo orden. Si a Rhimes le debemos la fuerza racial, a Murphy le debemos el estallido del Pink Power. Con un ojo clínico para la estética camp y el drama humano, Murphy ha democratizado la identidad LGBTQ+ en la cultura de masas. Esta misma semana, con el estreno de The Beauty, vuelve a demostrar que nadie como él sabe capturar la obsesión contemporánea por la perfección física, convirtiendo cada uno de sus proyectos en un evento sociológico que trasciende la pantalla. ¿Para 2026? Murphy tiene en marcha una antología de terror que por primera vez se rodará íntegramente en entornos virtuales, explorando los miedos de la generación alfa. ¿el titulo? Plastic Paradise, otra antología neo camp exquisita de la dictadura de la eterna juventud en un mundo donde la cirugía estética es obligatoria por ley. Y si te has quedado corto con el stendhalazo, para los amantes (además) de los grandes dramas pop y queer del siglo, un biopic sobre la vida y muerte de John John Kennedy. Vale, lo has notado, le amamos. 

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Sarah Paulson and Ryan Murphy

Pero vaya, que Shonda y Ryan ya son tietas. O sea que, en este universo en el que cada día hay series nuevas, nuevas formas de narrar y nuevas inquietudes y sensibilidades, ya son clásicos. Y las reglas del juego en este 2026 no solo han cambiado en los despachos, sino en las mentes de estos CEOs de la imaginación. El showrunner moderno opera como el CEO de una multinacional de la imaginación. 

Nombres como Mike White, que ha convertido el cinismo social de The White Lotus en una marca de lujo en sí misma, o Craig Mazin, que tras el rigor histórico de Chernobyl, logró elevar el lenguaje del videojuego a la categoría de arte con The Last of Us, son los nuevos referentes de una televisión que ya no busca entretener, sino definir la conversación cultural. O ¿es que, en el café del curro, no te lo pasas preguntando qué ven tus compañeros y apuntándote en una agenda la plataforma donde encontrar esa nueva joya escondida? 

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Craig Mazin

White, por ejemplo, ya prepara para este año una nueva incursión en el Tíbet para diseccionar la comercialización de la espiritualidad, con The Golden Cage, una sátira mordaz sobre billonarios buscando la iluminación en retiros de 100.000 dólares la noche. Mientras que Mazin cerrará el universo de The Last of Us en HBO con una tercera temporada que llegará a finales de año, mientras supervisa una nueva epopeya de ciencia ficción espacial: Event Horizon: First Contact, en donde abandona las explosiones por un realismo científico que busca ser el nuevo estándar de la hard sci-fi.

En este panorama, la irrupción de figuras femeninas ha sido vital para dotar a la industria de una profundidad psicológica que el cine desde el principio de los tiempos y como en todos las artes había olvidado (que nadie se pierda los frescos recién restaurados de Artemisia Genteleschi en el Palazzo Braschi de Roma, por cierto, que tampoco hay que ver tanta tele). Phoebe Waller-Bridge, la mente brillante tras Fleabag, se enfrenta ahora al reto de su vida: reescribir el mito de Tomb Raider, para Amazon Prime. Su enfoque no es solo estético, es una reconstrucción del icono para una generación que exige vulnerabilidad y verdad, alejándose de la vieja sexualización para centrarse en la arqueología de la mente. 

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Phoebe Waller-Bridge, James Mangold y Harrison Ford

Junto a ella, Jesse Armstrong estrena este otoño su nueva sátira sobre la dictadura de los algoritmos en las grandes tecnológicas londinenses, un proyecto que muchos señalan ya como el sucesor espiritual de Succession. Se titulará: The Algorithm, una disección brutal de las Big Tech londinenses donde las guerras no se libran con dinero, sino con el control de la información que consumimos antes de dormir.

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Jesse Armstrong

Pero la crónica de este ascenso tiene un reverso tenebroso que domina todas las conversaciones en los pasillos de las productoras: la sombra de la Inteligencia Artificial. La reciente aparición de tecnologías capaces de generar episodios completos de forma automatizada ha puesto a los grandes creadores en pie de guerra. Lo que hace años parecía ciencia ficción es hoy una realidad técnica que amenaza con convertir la creación en un proceso industrial sin alma. 

Los grandes showrunners del 2026 se han convertido en los últimos defensores de la "humanidad" del relato. La batalla ahora no es solo por la audiencia, sino por proteger la sala de guionistas como el único lugar donde la experiencia humana, con sus errores y su intuición, sigue siendo irreemplazable frente al código binario, que, como dicen Ben Affleck y Matt Damon, puede permitirse el lujo de convivir al mismo tiempo con la pantalla de un móvil. 

El éxito hoy reside en la capacidad de construir una casa en la que el espectador quiera vivir durante años, y eso solo es posible cuando hay un único visionario a cargo de los cimientos. El futuro de la ficción ya no se escribe con claquetas, sino con la visión global de quienes han entendido que, en un mundo saturado de imágenes, la única moneda que nunca se devalúa es una historia bien contada. Y emocionante. Humana.

© ¡HOLA! Prohibida la reproducción total o parcial de este reportaje y sus fotografías, aun citando su procedencia.