Afra Casiraghi y su padre y padrino, Marco Casiraghi, a su llegada al templo de San Giovanni, en la localidad de Arona (Italia)
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La princasa Carolina, que estaba situada en el templo detrás de Marco, el hermano preferido de Stefano Casiraghi, rompió a llorar durante la boda de su sobrina Afra
5 JULIO 2006
Cuando en la catedral de Mónaco
podrían estar preparándose
las campanas para anunciar
el compromiso oficial del príncipe
Alberto y Charlene Lynette
Wittstock, la familia principesca se
olvida de su agenda e inaugura verano
celebrando, por todo lo alto,
los esponsales de una Casiraghi.
Unidos por el recuerdo y la memoria
de un hombre que «desapareció
» en el mar dejándolos solos y
desamparados, los Grimaldi viajan
al «reino» de los Casiraghi para casar
a la joven Afra y vivir junto a
ellos un feliz acontecimiento.
La abuela Fernanda no puede
estar más orgullosa. Celebra las
nupcias de una de sus nietas, pero
también el haber podido reunir en la provincia de
Piamonte a todas aquellas personas que de verdad
le importan.
La princesa Carolina se vuelca por completo en la
boda de su sobrina. A Stefano le habría gustado. Y
ella honra su memoria despojándose de todos sus títulos
reales para ser sencillamente la tía de la novia.
Con la ayuda de su hija más pequeña, la princesa
se ocupa de preparar el arroz para cuando los novios
salgan por la puerta del templo, de que Afra no
pise su largo velo en tul y, por supuesto, de emocionarse
tanto o más que si fuera la madre de la novia.
Las imágenes lo dicen todo. Carolina quiere
realmente a los Casiraghi y se ocupa personalmente
—en los ratos que le quedan libres después de
atender las «exigencias» de la novia— de que Fernanda
disfrute, a sus setenta y ocho años, de uno de
los días más bonitos de su vida. Casa a una nieta,
Afra; conoce a Tatiana Santodomingo, a Félix
Winckler y se corona como la matriarca de una familia
que también da la bienvenida a los Hannover.
Marco Casiraghi, padre de la novia, padrino de
bautizo de Andrea y hermano preferido de Stefano,
ha elegido este paisaje de bosques y viñedos, salpicado
de castillos, para la celebración de los esponsales
de su hija.
Los invitados acuden a la llamada, reuniéndose
en Arona, un pueblo «sacado de una pintura», con
el Monte Sagrado y el lago Mayor como reclamo.
Han pasado dieciséis años desde la muerte de
su hijo y Fernanda Casiraghi sigue mirando a Andrea
como un milagro de la Naturaleza, sin disimular
el orgullo que le produce ver reflejado en él
el corazón y la personalidad de un hijo muerto (Stefano).
Con un aire de natural sofisticación, el primogénito de Carolina
irrumpe en la tierra donde nació su padre de la mano
de su novia, Tatiana Santodomingo, para presentársela a su
abuela, a sus tíos y primos.