La Viena que no sale en las postales: una ruta íntima entre artesanos con alma creativa


Entre limaduras de metal, hornos de vidrio y talleres con historia, la capital austriaca se revela como un mapa de oficios y belleza hecha a mano. Una ruta íntima por la ciudad que no aparece en las postales, pero que enamora en cada rincón inesperado.


Calles adoquinadas de Viena, junto a la iglesia de Ulrichskirche.
Por: Rafael Estefanía
3 de febrero de 2026 - 14:30 CET

El verdadero alma de una ciudad monumental como es Viena, rara vez se encuentra en sus lugares más obvios. Más allá del Ringstrasse, de la catedral, del Parlamento, del Teatro de la Ópera y de los palacios, no solo hay vida, sino que es la vida que te gustaría vivir, en barrios que te harán sentir como un vienés más. Neubau, en el distrito 7, es el hogar de la Viena menos turística, más bohemia y, sin duda, más creativa. Un pedigrí que le viene de antiguo, porque es precisamente aquí donde se encontraban los talleres familiares de ebanistería, metal, seda y terciopelo hace dos siglos.

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DESCUBRIENDO A SUS ARTESANOS

Algunos de aquellos talleres son hoy tiendas de vinilos, cafés de especialidad y restaurantes cool, pero afortunadamente, muchos de estos pequeños ateliers y talleres donde se cose, se modela y se crea a la vista del cliente, siguen con vida. Pocos lugares más evocativos que el taller Carl Auböck, fundado en el siglo XIX como un taller de metal por Karl Heinrich Auböck, especializado en la producción de las llamadas “broncerías vienesas”. Me recibe Carl Auböck IV, cuarta generación que lleva el taller junto a su hija Zola y su hermana Maria. En la fachada de la elegante casa vienesa no hay carteles que indiquen que tras estas puertas se encuentra un taller que sigue trabajando el metal y el latón usando las mismas técnicas y las mismas máquinas que usaba su abuelo en 1930. El fundido del metal y su pulido se realiza en unas estancias detenidas en el tiempo, mientras que en el taller de al lado, sobre mesas de madera antiguas repletas de limas, punzones, martillos, lijas y demás herramientas manuales, se doma el metal para crear objetos atemporales. En la pared, un cartel en blanco y negro de una exposición del abuelo de Carl junto a un cartel antiguo de la película El Tercer Hombre, rodada en parte en las cloacas de Viena. En el almacén se conserva una colección de 450 diseños desde los años 50, donde se mezclan los objetos decorativos, esculturas de metal y objetos prácticos como percheros, tijeras o navajas. “Nunca debemos perder el amor por el trabajo artesano”, me dice Carl, sujetando entre sus dedos una figurita humana. “El valor de las cosas no está en el precio, sino en el proceso”, asegura.

© Rafael Estfanía
Handdruck, la tienda donde se reproducen grabados antiguos en bolsas de tela y camisetas.

Esa frase aún resuena en mi cabeza cuando me adentro al taller de Thomas Petz. La expresión “olor a cuerno quemado” se materializa en este lugar, donde se cercenan cuernos de vacuno traídos de África e India (de mayor tamaño) y se introducen en aceite caliente hasta que se abren como un papiro y forman una placa endurecida que es la base para hacer peines, calzadores, pulseras y otros objetos. Asisto al laborioso proceso que, a través de muchos pasos, tiene como resultado un precioso peine de púas redondeadas. “Cada peine es único y conserva la veta del cuerno de donde ha salido, como si fuera su huella dactilar”, me cuenta Thomas. “Mi abuelo fue la última persona que tuvo el título de maestro de esta profesión, y yo, con lo que aprendí de él, sigo sus pasos”.

Junto a esta ventana al pasado de diseñadores y artesanos que mantienen vivas las tradiciones, una puerta —o mejor dicho, un escaparate— al futuro: la tienda Sheyn y sus fascinantes trabajos hechos con filamentos sacados del maíz e impresos en 3D. Jarrones de formas y colores hipnóticos, producidos en la misma tienda-showroom con dos impresoras trabajando sin parar y en su estudio, donde se fabrican las piezas de mayor tamaño. Nicolas Gold y Markus Schaffer, sus fundadores, han creado un nuevo lenguaje estético a través del diseño y la tecnología más vanguardista.

© Rafael Estefanía

Jarrones de formas orgánicas y colores hipnóticos dan la bienvenida en la tienda-showroom de Nicolas Gold y Markus Schaffer. Piezas impresas en 3D a partir de filamentos derivados del maíz que definen el universo de Sheyn, la firma con la que ambos diseñadores han creado un nuevo lenguaje estético.

Salgo a la calle sin rumbo específico, caminando por la arteria principal del barrio de Neubau, Burggasse, una de las más antiguas de Viena, que conecta con el centro de la ciudad, con la certeza de que a la vuelta de la esquina el slow tourism me recompensará con más sorpresas. Una de ellas, es sin duda la tienda Irenaeus Kraus, con sus miles de pósters antiguos, apilados encima de las mesas, colgados en sus paredes y dentro de los cajones de un antiguo escritorio. Estudios botánicos de principios de siglo, láminas del aparato digestivo de una vaca, mapas mundi con países que ya no existen... una colección que supera los 6.000 ejemplares que es toda una oda al pasado.

Un poco más lejos, a través del escaparate, observo a un hombre con medio cuerpo dentro de un piano, como si estuviera a punto de ser engullido por sus fauces. Se trata del taller de Georg Waztek reparador y restaurador de pianos antiguos. “Este piano es parte del mobiliario de la Casa de Mozart. Aquel de allí tiene más de 200 años y pertenece a un coleccionista privado”, asegura. Georg es la segunda generación de una familia dedicada a la restauración de pianos antiguos y uno de los pocos restauradores en activo que trabajan con instrumentos de la época de Mozart y Beethoven. Joyas cargadas de historia en el lugar menos pensado.

A la vuelta de la esquina estaba, hasta hace poco, el Studio Comploj, un taller de soplado de vidrio que combinaba técnicas tradicionales con modernos diseños. Su nuevo emplazamiento en el distrito 18, engloba el estudio, el taller y un showroom en un mismo espacio.“El antiguo local se nos quedó pequeño y tuvimos que movernos aquí”, me cuenta Robert Comploj, mientras hace un tour del taller a un grupo de estudiantes. Robert, además de ser el dueño del estudio, es soplador de vidrio y aprendió su arte en los famosos talleres de Murano, llevando la tradición del trabajo en vidrio a otro nivel, con piezas de gran tamaño y objetos más cercanos a la escultura. “Una parte importante de nuestro trabajo es la colaboración con artistas plásticos”. En el taller, uno de sus sopladores saca con una vara una bola de vidrio derretido del horno expulsando fuego a 1200 grados y la da forma con ayuda de un guante de amianto antes de soplar por la vara hinchando el vidrio como un globo hasta conseguir la forma deseada.

© Rafael Estefanía
La ceramista colombiana Yvonne Rausch junto a su compañera del atelier.

El pedigrí artístico no es solo patrimonio de Neubau. A 30 minutos caminando En línea recta en 30 minutos, en un trayecto que discurre entre casas históricas y calles adoquinadas está Freihausviertel, el nuevo refugio de artistas y creativos. Muy cerca del mercado de Naschmarkt con sus bares, restaurantes y puestos de comida al aire libre, está el atelier de la ceramista colombiana Yvonne Rausch, quien llegó a Viena hace 10 años y comparte su espacio con una amiga diseñadora, una fotógrafa vienesa y una diseñadora de escenografías. Yvonne trabaja la cerámica con moldes, creando piezas únicas que desafían el concepto de estabilidad, alterando sus centros de gravedad. Sus obras se venden online y sobre todo en los mercados callejeros “El mercado de Navidad del barrio representa para mí el 80% de mis ventas del año”, me cuenta. “Espero con el tiempo, encontrar un espacio más grande para seguir creciendo y poder dar vida a nuevas ideas”.

En los barrios de Viena, los ateliers y talleres artesanales son ese latido que, aunque no suene tan fuerte como las campanas de la catedral, mantienen viva  el alma creativa de la ciudad.

MÁS ALLÁ DE LA ARTESANÍA, TIENES QUE CONOCER...

Café y más café

El café en Viena es una religión. Hay tiendas de muebles que son cafés, como Das Möbel, o cafés que son boutiques, como Wolfgang Coffee. Para original, el Vollpension, un café intergeneracional donde emplean a abuelas para hacer las tartas ("nadie hace tartas mejor que las abuelas", es su acertado lema). Si lo tuyo es la nostalgia imperial, nada mejor que un café vienés y una tarta Sacher observando una partida de billar en el evocador Café Sperl.

De museos

En una ciudad rebosante de museos, no es fácil elegir. El MuseumQuartier agrupa varios en una auténtica milla de oro del arte. Si solo tienes tiempo para ver uno, y puedes vivir sin haber visto El Beso de Klimt en el museo Belvedere, el fascinante Leopold Museum te compensará con otras obras de Klimt y la mayor colección del mundo del genial Egon Schiele, el precursor expresionista de los selfies.

Aquí no hay playa...

Pero sí hay ribera fluvial. En primavera y verano, la margen derecha del Danubio se convierte en un auténtico hervidero de gente joven disfrutando del atardecer y las bebidas de los bares al aire libre.

A vista de pájaro

En el centro de Viena no es fácil encontrar altura, pero la terraza de 360° del hotel SO/Vienna, te ofrece una panorámica espectacular desde sus 18 pisos de altura mientras te tomas un cóctel de autor.

PARA DORMIR

Si estamos hablando de arte y de diseño, pocos hoteles mejores que el Hotel Altstadt (altstadt.at), un refugio artístico escondido en el corazón bohemio de Spittelberg. Esta antigua casa vienesa ha sido transformada en un hotel boutique independiente donde el arte se respira en los pasillos y sus lujosas habitaciones, cada una distinta, única e irrepetible. El Altstadt, miembro del club virtual The Aficionados, que selecciona los destinos más exclusivos del mundo, está decorado con más de 200 piezas de arte personal, esculturas e instalaciones de la colección privada del propietario y curador Otto Wiesenthal.

En el mismo barrio de Neubau, otra excelente opción es el chic Hotel Max Brown (maxbrownhotels.com/vienna). En la habitación, un tocadiscos retro, unos vinilos de soul de los 70 y un teléfono de plástico rojo nos dan pistas del carácter juguetón de este hotel, en la misma línea urban chic de sus hermanos en Berlín y Ámsterdam. Como homenaje al cine, el hotel tiene una coqueta sala de proyecciones con butacas de un antiguo teatro.

A LA HORA DE COMER...

La oferta gastronómica de Viena tiene cubierta cualquier paladar, desde lujosos restaurantes hasta street food, con sus típicos puestos de Wieners repartidos por la ciudad. Ningún viaje a Viena está completo sin probar el Schnitzel, y pocos sitios mejores que el Glacis Beisl (.glacisbeisl.at), al lado del MuseumsQuartier. 

Si hablamos de producto, el coqueto restaurante Meinklang Hofladen (meinklang.at) tiene una carta donde todos los vegetales, animales y hasta el vino del menú son de producción propia en su granja, a 40 minutos de Viena. 

© ¡HOLA! Prohibida la reproducción total o parcial de este reportaje y sus fotografías, aun citando su procedencia.