Visto desde la lejanía, aparece como una mancha de tonos pardos rodeada de vegetación, de rebollos, encinas, sauces y chopos junto a las extensas alamedas que crecen en las vegas de los ríos. Pero es al acercarse cuando este enclave desvela su belleza: Castrillo de los Polvazares es un pueblo empedrado en su totalidad, con una arquitectura tan homogénea que confiere al conjunto un aire de fábula.
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Emplazada en el corazón de la provincia de León, a tan sólo siete kilómetros de Astorga, esta pequeña villa de apenas un centenar de habitantes es un ejemplo vivo de la cultura maragata, la rica tradición de una comarca (la Maragatería) marcada por una fuerte identidad. Una comarca que guarda en su memoria los tiempos en los que sus habitantes eran arrieros que transportaban mercancías por buena parte de la península, especialmente por aquellas rutas comerciales que conectaban las costas del noroeste con la meseta central.
Salazones de pescado, pulpo, pimentón, aceite de oliva, cecina, mantecados e incluso chocolate atravesaban este punto estratégico, que alcanzó una notable prosperidad económica desde el siglo XVI hasta bien entrado el siglo XIX, cuando la llegada del ferrocarril supuso el fin de la actividad arriera. Pero lo que sí quedó fue la arquitectura, que hoy es una de las grandes bazas del pueblo.
Donde el tiempo no pasa
Y es que Castrillo de los Polvazares fue concebida en función de este modo de vida. El suelo adoquinado para facilitar la circulación de los carros. Las casas con grandes portones para permitir el paso de las mercancías. Los interiores con amplios patios en torno a los cuales se disponían los almacenes, las cuadras y las bodegas. Así es como lo vemos cuando se atraviesa el pequeño puente que salva el cauce del río Jerga y aparece de pronto este viejo entramado al que el sol de mediodía tiñe de color cobrizo.
Este municipio, que fue declarado Conjunto Histórico Artístico en 1980 debido a su magnífico estado de conservación, consta de un trazado muy simple. Apenas una gran arteria como eje centra (la Calle Real) y pequeñas callejuelas que se enredan despistando a la orientación. En todas ellas se contemplan estas fachadas de piedra que permanecen impasibles al paso del tiempo, con puertas que están coronadas por dinteles o arcos de medio punto y que, para romper la sobriedad cromática, han sido pintadas de rojo o verde.
Tarde o temprano, los pies darán con la Iglesia parroquial de Santa María Magdalena, construida en el siglo XVIII, cuya torre campanario despunta sobre los tejados. A esta virgen, patrona de la localidad, se dedica una fiesta el 24 de julio con una solemne procesión, vistosos trajes típicos y música tradicional con flauta y tamboril. Y en la misma plaza donde se yergue este templo de estilo barroco, el busto de Concha Espina recuerda que esta escritora tomó como inspiración a Castrillo para su novela La Esfinge Maragata, si bien en el libro la rebautizó como Valdecruces.
Un festín con historia
Pasear sin prisa y sin rumbo es toda una motivación en este pueblo, por el que además pasa el Camino de Santiago (concretamente el Camino Francés). Al paso saldrá el Parque Castrillo, un refugio con árboles frondosos y senderos serpenteantes, ideal para respirar aire puro. Pero, más allá de admirar su fotogenia, a lo que realmente se viene a este rinconcito leonés es a vivir una imprescindible experiencia culinaria: la de comer un cocido maragato tal y como mandan los cánones. Es decir, con los vuelcos a la inversa.
Este suculento plato comienza con la carne (que engloba, como mínimo, siete variedades, desde costilla adobada hasta morcillo de ternera, pasando por gallina, lacón, cecina, tocino, chorizo…), continúa con las verduras y los garbanzos (que han de ser de la variedad autóctona Pico de Pardal), y concluye, tras esta procesión, con la bendita sopa caliente.
¿La razón de esta peculiaridad? Hay quien dice que proviene de la Guerra de la Independencia, cuando lo sensato era dotarse antes de proteínas por si las tropas de Napoleón asaltaban de pronto. También hay quien lo atribuye a los largos viajes de los arrieros, que llevaban las carnes en sus propias fiambreras y dejaban para el final el caldo que les servían en las posadas. Sea cual sea el origen, como reza un dicho leonés: “si algo sobra, que sea sopa”.
Para comer y dormir en Castrillo de los Polvazares
Hoy comer un cocido maragato es algo habitual en Castrillo de los Polvazares, donde muchas de las casas se han convertido en restaurantes consagrados a esta especialidad. Entre ellos destaca el Mesón La Magdalena (mesonlamagdalena.com), en la calle principal, que desempeña esta tradición desde 1925; Coscolo (restaurantecoscolo.com), que, aunque mantiene la esencia, introduce algunos cambios enriquecedores; y Entrepiedras (restaurantentrepiedras.com), que no tiene reparo en compartir su receta.
Tras semejante festín calórico, quienes prefieran dormir, podrán hacerlo en diferentes hosterías desperdigadas por el pueblo. Entre ellas, el Rincón Maragato (elrinconmaragato.es) y Cuca La Vaina (cucalavaina.es), ambas con sencillas, pero acogedoras habitaciones dentro de hermosas casas de piedra y madera que, en primavera, se perfuman de flores.
