Viajo cada año al sur de Francia y estos son los rincones que no te puedes perder


Del legado histórico de Perpiñán al glamour eterno de la Costa Azul, recorremos los rincones más fascinantes del sur de Francia que, por su luz única y su cultura, se han convertido en mis refugios mediterráneos favoritos.


Preciosas calles de Antibes, Francia© JAVIER GARCIA BLANCO
20 de enero de 2026 - 14:00 CET

Desde hace muchos años, Francia está en lo más alto de mis destinos europeos favoritos y, de hecho, París es, si las cuentas no me fallan, la capital europea que más veces he visitado y que mejor conozco. Sin embargo, la Ciudad de la Luz no es, pese a sus muchas maravillas, el rincón de la geografía francesa que más me gusta. 

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El país vecino cuenta con innumerables atractivos en todo su territorio, pero, para mí, pocas regiones poseen la magia y el encanto del sur del país, y en especial de las localidades que se suceden en su costa mediterránea, desde la frontera con España hasta el límite con el principado de Mónaco. En los últimos 20 años he viajado por la zona en numerosas ocasiones, y siempre que tengo oportunidad no dudo en regresar una y otra vez. Estos son los lugares que nunca faltan en mis escapadas por el sur de Francia y las razones por las que me cautivan.

© Javier García Blanco
© Javier García Blanco

Colliure: La luz que enamoró a los fauvistas

A solo unos kilómetros, el Mediterráneo se vuelve íntimo en Colliure. Es imposible no sentirse conmovido al visitar el cementerio donde descansa Antonio Machado, quien encontró aquí sus últimos “días azules” tras huir al exilio. Sin embargo, Colliure no es solo nostalgia, es una explosión de luz y color que parece diseñada a propósito para llenar lienzos.

De hecho, sus fachadas en tonos pastel y la luz vibrante del puerto atrajeron a Matisse y Derain en 1905, convirtiendo este pueblo de pescadores en la cuna del fauvismo. Hoy me encanta perderme por el barrio de Le Mouré, un laberinto de callejuelas adornadas con buganvillas y limoneros que parecen estampas sacadas de un cuadro. Otro de mis rincones favoritos es la iglesia de Notre Dame des Anges, cuyo campanario hunde sus cimientos en el mar porque, curiosamente, nació como un faro medieval antes de llamar a misa. 

También hay que descubrir Collioure a través del paladar, así que ningún viaje está completo sin probar sus famosas anchoas, elaboradas artesanalmente desde el siglo XIX; visitar boutiques históricas como Roque o Desclaux es un ritual imprescindible para entender por qué este bocado de puro mar define la gastronomía local tanto como sus vinos dulces de Banyuls.

© Javier García Blanco
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Montpellier: una ciudad francesa con alma española

Siguiendo la costa hacia el Este, Montpellier me recibe siempre con una vitalidad desbordante. Es una ciudad que presume de 300 días de sol al año y de un carácter abierto que, inevitablemente, nos resulta familiar. No es casualidad: durante más de un siglo perteneció a la Corona de Aragón, y fue cuna de Jaime I el Conquistador.

Ese pasado se fusiona con una modernidad audaz que me fascina. Me encanta el contraste entre las callejuelas medievales del barrio del Écusson y la monumentalidad neoclásica del barrio de Antigone, diseñado por Ricardo Bofill, o las formas futuristas del Nuevo Ayuntamiento de Jean Nouvel y el complejo La Nube de Philippe Starck. Pero el verdadero corazón de la ciudad late en la Place de la Comédie, presidida por la fuente de las Tres Gracias. Es el escenario perfecto para sentarse en una terraza al atardecer y observar el espíritu festivo de sus habitantes antes de acudir al Peyrou, ese gran balcón urbano desde donde despedir al sol mientras tiñe de oro los tejados del centro.

© Javier García Blanco
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Perpiñán: el corazón catalán del norte

Mi primera parada tras cruzar la frontera siempre tiene un sabor familiar. Perpiñán no es solo la puerta de entrada al sur de Francia, es un espejo donde la historia catalana y aragonesa se reflejan con orgullo. Me fascina pasear por sus calles y sentir esa mezcla cultural, pero si hay un lugar que condensa el espíritu de la ciudad es El Castillet. Esta antigua puerta de ladrillo rojizo y mármol de Baixas no es solo un museo de artes y tradiciones populares (la Casa Pairal), es la antigua guardiana de la ciudad, transformada en prisión en los siglos XVII y XVIII, y hoy el símbolo indiscutible de la identidad local. Subir sus 142 escalones tiene recompensa: una vista de 360 grados que abarca desde el centro urbano hasta la llanura del Rosellón. En el interior, la Casa Pairal custodia el alma de la ciudad, narrando tradiciones como la llama del Canigó, que se mantiene viva todo el año.

Pero si hay un lugar que evoca la época dorada de Perpiñán, ese es el palacio de los Reyes de Mallorca. Construido por Jaime II cuando decidió hacer de esta ciudad su capital continental, este palacio gótico suspendido sobre una colina es un testimonio de cuando Perpiñán fue el centro económico y cultural del Mediterráneo medieval.

© Javier García Blanco
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La Roma francesa está en Nimes

Nimes es una ventana abierta a la antigua Roma. Pocas ciudades fuera de Italia conservan su legado imperial con tal magnificencia, así que la visita al Museé de la Romanité es una cita obligada. A un paso de allí, el Anfiteatro (Les Arènes) no es solo una ruina bien preservada; es un escenario vivo que, al igual que su “hermano” en Arles, sigue acogiendo espectáculos dos milenios después. Pero la joya que siempre me deja sin aliento es la Maison Carrée, un templo dedicado al culto imperial cuya perfección arquitectónica le ha valido el reconocimiento de la UNESCO. Al contemplar su fachada impoluta, es fácil entender por qué los locales sienten tanto orgullo de su pasado.

Más allá de ese increíble legado, Nimes está llena de curiosidades. Me divierte buscar el emblema de la ciudad, un cocodrilo encadenado a una palmera, que recuerda la victoria romana en Egipto y que hoy adorna desde bolardos hasta alcantarillas. Y para disfrutar de un momento de paz, nada como pasear por los Jardines de la Fontaine. Creados en el siglo XVIII alrededor de un antiguo manantial sagrado, son un pulmón verde donde el romántico Templo de Diana y la imponente Torre Magna vigilan la ciudad, regalándonos una de las mejores estampas de la región.

© Javier García Blanco
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Y el sol que sedujo a Van Gogh en Arlés

Arlés es luz. La misma luz cegadora y amarilla que cautivó a Vincent Van Gogh en 1888. Aunque el pintor solo pasó aquí quince meses, fue su periodo más prolífico, y recorrer la ciudad es perseguir sus pinceladas: desde la plaza del Forum con el café que inmortalizó en sus noches estrelladas, hasta el patio del antiguo hospital (hoy Espacio Van Gogh) donde fue internado tras el célebre incidente con su oreja. Conmueve pensar que fue aquí, en la Casa Amarilla, donde intentó fundar sin éxito su soñado taller de artistas junto a Gauguin.

Pero Arlés es también piedra milenaria que se hunde en la tierra. Su anfiteatro romano, el vigésimo más grande del mundo, domina el paisaje urbano con sus dos niveles de arcadas; pero no hay que olvidar su teatro antiguo ni los misteriosos criptopórticos, esas galerías subterráneas que sustentaban el antiguo foro y que hoy ofrecen un paseo silencioso bajo el bullicio de la ciudad. En verano la ciudad muda de piel y se transforma en la capital mundial de la imagen con sus célebres Encuentros de Fotografía (Rencontres de la Photographie), que invaden iglesias y palacios con exposiciones de primer nivel.

© Javier García Blanco
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El vibrante puerto del Mediterráneo: Marsella

Marsella es una ciudad de contrastes magnéticos, ruidosa, caótica y bella a partes iguales. La entrada al Vieux Port (Puerto Viejo), custodiada por los fuertes de Saint-Jean y Saint-Nicolas, es una de las estampas más potentes del sur de Francia. Desde allí, después de comer una sabrosa bullabesa, me gusta subir a la basílica de Notre-Dame de la Garde –la Bonne Mère, como la llaman cariñosamente– para disfrutar de una panorámica de la metrópoli y admirar sus mosaicos dorados de estilo romano-bizantino.

En los últimos años, la ciudad se ha reinventado sin perder su esencia canalla. El MuCEM (Museo de las Civilizaciones de Europa y del Mediterráneo), con su encaje de hormigón frente al mar, dialoga con la historia del barrio de Le Panier, el más antiguo de la ciudad y hoy repleto de boutiques, restaurantes y ambiente hipster. Perderse por sus cuestas es descubrir una “Nápoles francesa” de fachadas coloridas y ropa tendida, llena de talleres artesanos donde comprar el auténtico jabón de Marsella o cafés en los que tomar un pastis. Y si el tiempo acompaña –casi siempre luce el sol–, recorrer la Corniche Kennedy frente al mar es el broche perfecto para sentir la sal en la piel.

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Antibes: el refugio de Picasso y el jazz

Continuando hacia la Costa Azul, Antibes aparece como un remanso de glamour tranquilo, atrapado entre Niza y Cannes. Lo que comenzó como la antigua Antípolis griega es hoy un imán para quienes buscan belleza sin estridencias. Mi lugar favorito aquí es, sin duda, el antiguo castillo Grimaldi, que se alza sobre el mar y alberga el Museo Picasso. El malagueño usó este castillo como taller en 1946, viviendo una fiebre creativa impulsada por su amor con Françoise Gilot y la luz del Mediterráneo. Pero la magia de Antibes también se esconde en sus barrios; me encanta perderme por la Comuna Libre de La Safranier, un diminuto distrito que parece un pueblo aparte, repleto de flores y casas color miel, cuyas calles tranquilas solía recorrer el propio Picasso.

Antibes también suena a música. En Juan-les-Pins, el festival Jazz à Juan ha traído a las leyendas del género a tocar bajo los pinos centenarios frente al mar desde hace décadas, recordando los locos años 20. Y para los soñadores, recomiendo tomar el autobús urbano y recorrer el Cap d’Antibes: allí, el "sendero de los aduaneros” o Sentier de Tirepoil bordea el litoral permitiendo espiar, entre pinos y rocas, las villas ocultas de los millonarios (como la villa Eilenroc o el mítico Hôtel du Cap-Eden-Roc) que hicieron de este cabo su paraíso privado.

© Javier García Blanco

Niza: La reina de la Riviera

Mi viaje termina en Niza, la ciudad que –según dicen– inventó el turismo de invierno. Su arquitectura es un testimonio de aquella aristocracia y burguesía europea que acudía aquí buscando el sol suave de enero. Pasear por la Promenade des Anglais sigue siendo, para muchos, el sumun de la elegancia mediterránea, con joyas como el Hotel Negresco y su cúpula rosada vigilando la bahía.

Yo prefiero callejear por la otra alma de Niza. Frente a la sofisticación de sus palacios y hoteles de lujo, la Vieux Nice (la ciudad vieja) es un laberinto de fachadas color melocotón, ropas tendidas en los balcones y mercados vibrantes como el de Cours Saleya, donde el aroma de las flores se mezcla con el de las especias y la comida callejera, y aún es posible escuchar conversaciones en dialecto nizardo. Para despedirme, siempre busco el arte: ya sea en el Museo Marc Chagall, con sus místicas pinturas bíblicas, o en el Museo Matisse en la colina de Cimiez, rodeado de olivares y ruinas romanas. Y es que Niza resume a la perfección esa mezcla de cultura, historia y joie de vivre que hace del sur de Francia un destino al que siempre necesito volver.

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