Invitada al tradicional servicio religioso de Navidad de los Windsor en Sandringham y presente también en las carreras de Cheltenham el 1 de enero junto a la familia de su novio, Harriet Sperling se ha integrado con naturalidad en la vida de la realeza británica, incluso antes de que se conozca la fecha de su boda con Peter Phillips, hijo de la princesa Ana y nieto mayor de Isabel II, y con el que se comprometió el pasado agosto. Su historia de amor -y cada una de sus apariciones públicas- despierta un interés inmediato. El estilo y la elegancia de esta enfermera pediátrica reciben elogios constantes, mientras ella consigue algo poco habitual para una futura Windsor: mantenerse al margen del duro escrutinio que en su día afrontaron Meghan, Diana, Sarah, Sophie, Camilla o incluso Kate, con quien últimamente se la compara.
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Tanto en el Reino Unido como fuera de él se ha destacado el absoluto dominio del protocolo real que demuestra Harriet Sperling, así como la evidente aceptación que ha encontrado en el círculo de los Windsor. Cada una de sus apariciones -desde compartir palco con los reyes Carlos y Camilla en Ascot, los partidos de polo o el "royal box" de Wimblendon- confirma un instinto natural para moverse en un entorno que, para la mayoría de las recién llegadas, supone un auténtico desafío.
No deja de ser llamativo: lo que a otras novias, incluida la actual princesa de Gales o la duquesa de Edimburgo, les llevó años dominar, Harriet lo maneja con una soltura sorprendente. Como ocurre siempre, los medios británicos rastrearon su genealogía en busca de conexiones aristocráticas -desde el duque de Gloucester hasta la familia cervecera Courage-, pero ella misma ha descrito una vida con "recursos limitados", especialmente desde que decidió afrontar en solitario su maternidad.
Es conocida por su trabajo como enfermera pediátrica del NHS y por hablar abiertamente de su fe cristiana como apoyo en los momentos más difíciles. Algo que, en otro tiempo, habría complicado su integración en una familia cuyo jefe es también cabeza de la Iglesia Anglicana, pero que hoy ya no supone un obstáculo: Carlos III ha estrechado lazos con el Vaticano y ha presidido incluso el primer funeral real católico de la historia reciente, el de la duquesa de Kent.
Si a esto se suma que tanto el rey como la princesa Ana han contraído matrimonio en dos ocasiones, parece evidente que los Windsor sabrán encontrar la fórmula adecuada para unas segundas nupcias, ya que Peter Phillips ya protagonizó una gran boda real en 2008 con la canadiense Autumn Kelly en el Castillo de Windsor.
Esa combinación entre costumbres reales y una vida que podría describirse como la de una mujer contemporánea es, precisamente, lo que parece estar alimentando el interés por Harriet Sperling. Su estilo recuerda al de la actual princesa de Gales -el estilo de ahora- aunque sin olvidar que el apoyo del que goza Kate Middleton no fue inmediato. Lo que hoy se celebra en Harriet fue, en su día, motivo de crítica cuando salió a la luz la relación del príncipe Guillermo con su compañera de universidad: se hicieron juegos de palabras sobre su origen de clase media y el éxito empresarial de sus padres fue escrutado al detalle.
En parte, la buena acogida de Harriet puede explicarse por el respeto que históricamente ha inspirado la princesa Ana, quien decidió que sus hijos crecieran sin títulos y al margen de la vida oficial. Esa libertad y la reputación de la única hija de Isabel II como la royal más trabajadora ha convertido a sus hijos en figuras presentes pero ajenas al ruido mediático. Ahora, Harriet Sperling (Sanders de nacimiento) parece beneficiarse también de ese entorno: proyecta una imagen que encaja con naturalidad en la familia y, al mismo tiempo, conserva la autenticidad de quien no ha nacido en palacio. Una combinación que, por ahora, juega claramente a su favor.
