Haber sido un buen estudiante durante la etapa de Primaria no garantiza que en años posteriores va a continuar siendo así. Suele suceder que, hacia mitad de Secundaria, algo se 'tuerce' y algunos alumnos comienzan a desconectarse de los estudios, perdiendo el interés por aprender.
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No hay una sola causa que justifique este proceso, que es importante analizar en todas sus vertientes. Lo hemos hecho con Ana García Trevijano, psicóloga y orientadora de la etapa de Secundaria del Colegio Alkor de Alcorcón (Madrid), que acaba de ser reconocido por sexto año consecutivo entre los mejores colegios de España por la plataforma Micole.
Los cambios tecnológicos han creado una generación “presentista” que busca la inmediatez en sus estímulos. Nuestros chicos y chicas presentan, en general, dificultades para postergar, factor imprescindible para mantener la atención y por tanto favorecer la concentración
¿Es habitual en alguna etapa de Secundaria que los buenos estudiantes pierdan la ilusión y el interés por estudiar?
La pérdida de interés por aprender en alumnos/as que anteriormente funcionaban bien es una situación, no tanto habitual, pero, en muchos casos, esperable. Suele aparecer especialmente entre segundo y cuarto de ESO, coincidiendo con una etapa de profundos cambios personales, emocionales y sociales. No se trata tanto de una falta de capacidad como de una desconexión progresiva entre el alumno y el sentido de lo que aprende. Son alumnos/as que siguen consiguiendo buenos resultados académicos, pero que ya no encuentran motivación ni satisfacción en el proceso de aprender.
¿Hay algún perfil tipo de estudiante que pase por esta situación?
Sí, existen perfiles más vulnerables o con mayor riego ante esta situación. El alumnado con altas capacidades es uno de ellos, ya que con frecuencia no ha necesitado, en etapas anteriores trabajar con esfuerzo sostenido y, al llegar a contenidos más complejos, puede experimentar aburrimiento, desmotivación o incluso bloqueo. También observamos esta situación en estudiantes muy responsables y autoexigentes, que han aprendido a estudiar para cumplir expectativas externas y que, con el tiempo, se agotan emocionalmente. De todas formas, cualquier alumno/a puede perder interés cuando no encuentra coherencia, sentido o conexión personal en lo que se le propone aprender.
¿Se suele volver luego al interés por los estudios o algunos ya se quedan en ese ámbito en que van sacando las asignaturas por obligación?
En cuanto a la evolución posterior, encontramos distintas situaciones. En algunos casos, el interés por los estudios se recupera cuando el alumno encuentra una asignatura, un profesor o una etapa educativa que conecta mejor con sus intereses y capacidades, o también cuando percibe una finalidad clara en lo que está haciendo, pero, en otros casos, el desinterés se puede cronificar y el alumno aprende a “cumplir”, a sacar las asignaturas por obligación, sin implicación personal ni curiosidad intelectual. Esta desconexión no siempre se refleja en las notas, pero sí en la actitud hacia el aprendizaje y en la falta de autonomía académica.
En los últimos años los expertos hablan de déficit de concentración y de atención fragmentada, ¿puede eso influir en la capacidad de estudio en las etapas superiores?
Absolutamente sí. El déficit de concentración y la atención fragmentada influyen de manera clara en la capacidad de estudio, especialmente en las etapas superiores. Los cambios tecnológicos han creado una generación “presentista” que busca la inmediatez en sus estímulos. Nuestros chicos y chicas presentan, en general, dificultades para postergar, factor imprescindible para mantener la atención y por tanto favorecer la concentración. Presentan dificultades para mantener la atención durante periodos prolongados, para enfrentarse a tareas que requieren profundidad o para adecuarse a procesos de aprendizaje sin recompensas inmediatas. No se trata de una falta de inteligencia, sino de un entrenamiento cognitivo muy vinculado a estímulos rápidos y fragmentados, que dificulta el esfuerzo intelectual sostenido que exige el aprendizaje académico.
¿Cómo se reconduce desde el centro educativo a un escolar que ha perdido el interés por aprender?
Desde el centro educativo, la reconducción de esta situación pasa, en primer lugar, por comprender el origen del desinterés. No todos los casos responden a las mismas causas, y resulta fundamental diferenciar entre aburrimiento, miedo al fracaso, desgaste emocional o falta de reto. En nuestro caso, la apuesta por metodologías activas, cooperativas y multinivel están dando muy buenos resultados, ya que apuestan por la autonomía y la motivación. El acompañamiento tutorial, la escucha activa y las metodologías que dan protagonismo al alumnado son claves para volver a conectar con el sentido de aprender. Cuando el alumno se siente comprendido y ve que lo que aprende tiene un propósito, la motivación suele reaparecer.
¿Y desde la familia?
Desde la familia, el papel es igualmente importante. La presión excesiva centrada únicamente en las notas siempre es contraproducente. Siempre aconsejamos valorar el proceso más que el resultado, ya que si no se refuerza el “medio” puede que este se rompa y nunca lleguemos a un “fin”. Es más eficaz interesarse por cómo se siente el adolescente, validar sus dificultades sin minimizar la importancia del esfuerzo y transmitir que el valor personal no depende exclusivamente del rendimiento académico. El acompañamiento, los límites claros y el ejemplo adulto en relación con la constancia y el compromiso son elementos fundamentales. Y como aconsejamos siempre debemos remar familia y escuela juntos; nuestro mensaje de cara a los alumnos debe ser el mismo, ya que esto les proporciona seguridad y les marca un camino claro sin incoherencias ni contradicciones.
¿Hasta qué punto la pérdida de la cultura del esfuerzo puede estar detrás del desinterés por aprender en adolescentes?
Respecto a la pérdida de la cultura del esfuerzo, esta influye en el desinterés, pero no puede considerarse la única causa. Muchos adolescentes sí son capaces de esforzarse y mucho, pero lo hacen en ámbitos que les resultan significativos. El problema aparece cuando el esfuerzo académico no se percibe como valioso ni conectado con sus intereses o con la realidad que viven. La dificultad no está tanto en la falta de voluntad, sino en la escasa tolerancia a la frustración, problema importante que daría para hablar largo y tendido sobre estilos educativo, y en la ausencia de sentido atribuido al aprendizaje.
¿Qué puede hacerse para prevenir esta situación?
La prevención de esta situación pasa por una educación del esfuerzo que tenga significado desde etapas tempranas, por valorar los procesos más que los resultados y por enseñar a gestionar el error y la dificultad como parte natural del aprendizaje. En la ESO resulta fundamental normalizar las crisis motivacionales sin asustarnos, acompañarlas emocionalmente y ofrecer retos acordes con las capacidades reales de cada alumno/a, evitando las etiquetas que tanto daño hacen. Es necesario reducir la obsesión por la calificación, reforzar la educación emocional y vocacional y devolver al aprendizaje el tiempo y la profundidad que necesita para ser verdaderamente significativo. La pérdida de interés por aprender en la adolescencia rara vez es un signo de pereza sino más bien una señal de que algo no está funcionando bien en la relación del alumno con el aprendizaje. Cuando esa señal se escucha y se acompaña a tiempo, en la mayoría de los casos, la motivación puede reconstruirse.
