El vestido de novia de Nerea no fue una decisión inmediata. Llegó casi sin darse cuenta, después de probar, dudar, escuchar. No fue hasta el tercer atelier que visitó cuando entendió que, en realidad, llevaba tiempo orbitando alrededor de un mismo nombre: Laura Ponte. “Mi carpeta de referencias estaba llena de sus vestidos, aunque yo aún no había verbalizado que esa era mi decisión”, reconoce. Le atraía su forma tan particular de entender el diseño nupcial: vestidos aparentemente sencillos, pero con carácter, con algo que va más allá de lo obvio y que está por encima de las tendencias.
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El encuentro con Laura terminó de ordenar su caos. Nerea llegó con un “batiburrillo de ideas”, como ella misma define: conceptos aleatorios que en su cabeza tenían sentido, pero que, explicados en voz alta, sonaban casi imposibles de materializar. “Quería algo fluido, con una tela más beige, inspiración boho, un punto vintage y, si podía ser, algo helénico… pero todo muy sencillo, nada extravagante”, nos cuenta entre risas. Un discurso que, admite, solía descolocar a quien lo escuchaba. A todos menos a sus amigas, que siempre lo tuvieron claro: “Te pega todo”.
Laura Ponte supo leer entre líneas. Tras escucharla y enseñarle algunos bocetos propios, Nerea tuvo esa sensación tan difícil de explicar y tan fácil de reconocer cuando aparece: justo eso era lo que llevaba tiempo buscando, aunque no supiera ponerle nombre.
El resultado fue un vestido que no intentaba responder a tendencias ni a etiquetas, sino a su forma de ser. “Lo que más me repetía todo el mundo ese día fue: ‘ese vestido es muy tú’”, recuerda. Y pocas cosas resumen mejor el acierto de un vestido de novia.
Fue proceso largo hasta dar con el diseño definitivo. Durante buena parte del camino, Nerea estuvo acompañada por dos de sus mejores amigas, fieles y pacientes, siempre presentes. Más adelante se sumó su madre, cuando el vestido ya empezaba a tomar forma. La logística tampoco fue sencilla: citas a mediodía, agendas apretadas y alguna que otra reunión de trabajo improvisada. “Hubo más de un Teams desde el salón de Laura”, confiesa.
No hubo segundo look ni cambios drásticos, Nerea optó por ese vestido único para todo el día. Al terminar la comida, simplemente se quitó el velo, y ese pequeño gesto transformó el conjunto en algo más festivo y relajado. “También quería soltarme el pelo, pero estaba tan metida en el baile que se me olvidó”, reconoce.
Complementos familiares y un 'beauty look' natural
Los complementos terminaron de construir ese look tan personal, cargado de significado y de pequeños gestos que hablaban de la historia de su familia. Nada estaba elegido al azar; casi todo tenía una carga emocional que iba mucho más allá de lo estético.
El velo fue una de las decisiones que la novia tuvo más claras desde el principio. Quería llevarlo para dar más presencia al vestido durante la ceremonia religiosa y sabía perfectamente cómo lo imaginaba. Era un diseño estilo juliette cap, inspirado en los tocados de los años 20 y en la Julieta Capuleto de Shakespeare, que se ajusta a mitad de cabeza, formando suaves pliegues. Muchas veces se monta sobre hormas que aportan estructura, comodidad y sujeción, y se fija con horquillas invisibles.
En su caso, y junto a Laura Ponte, diseñaron una diadema especial para colocarlo, que se sujetaba con un broche antiguo familiar. Un detalle sutil, casi imperceptible que unía pasado y presente.
Los zapatos fueron, curiosamente, lo primero que compró, y lo hizo acompañada de su madre. Aunque suele fijarse en opciones más originales, en esta ocasión buscaba justo lo contrario: algo clásico, sencillo y atemporal, que no le robara protagonismo al vestido, pero que tuviera ese “algo” especial. Lo encontró en unos zapatos tipo slingback de charol blanco, con puntera y tacón en forma de gota, firmados Jimmy Choo. Por encima de todo, primó la comodidad. “Tengo muy poca paciencia con los tacones y enseguida me los quiero quitar”, admite.
Para la fiesta, su idea inicial era llevar unas bailarinas vintage de su abuela. Sin embargo, tras usarlas en la preboda y comprobar que le hacían daño, decidió no arriesgar. Tenía claro que quería estar cómoda para poder darlo todo en la pista de baile, así que recurrió a una opción B infalible: unas manoletinas de confianza, estilo bailarina de ballet, que había comprado pocos días antes.
Las joyas fueron, sin excepción, familiares. Más allá del anillo de pedida, todo lo que llevó tenía su propia historia. Los pendientes, que supo desde el principio que llevaría, incluso antes de tener claro el vestido, y el broche que sujetaba el velo pertenecían a su abuela. La pulsera era otro de los grandes tesoros del look, ya que era la misma que había llevado su madre el día de su boda.
Durante el getting ready, también hubo espacio para detalles especiales. El abanico el camisón y la bata fueron regalos de dos de sus mejores amigas. El abanico, de Luneville, estaba bordado con pequeñas ramas que conectaban con esa inspiración helénica que había sobrevolado todo el proceso. El camisón y la bata, de Marmota Collection, también bordados y en un tono verde suave, tenían entredoses como detalle especial, con un lazo de raso en talle y mangas.
El ramo fue otra elección en la que no tuvo dudas al verlo en Instagram: su ramo sería un bouquet de rosas Austin. Quería que, al igual que los zapatos, fuera sencillo, con un sencillo toque de color y compuesto por una única flor, para no restarle protagonismo al vestido. José Ángel Colmenero, de Colmenero Atelier, captó su idea al instante. “Es una gozada la tranquilidad y profesionalidad que transmite”, recuerda Nerea, que ese día volvió a casa con una sensación de calma absoluta, segura de estar en buenas manos.
En cuanto al beauty look, el nombre estaba decidido incluso antes de elegir el vestido. Álvaro Talayero fue la primera llamada. Le atraía su manera de maquillar y peinar a las novias, siempre desde la naturalidad. “Es la persona con la que quieres estar esas horas antes de casarte”, asegura.
Tenía claro que quería un moño bajo y entrelazado, elegante, pero nada rígido. Y aunque dos días antes de la boda un catarro inesperado amenazó con complicarlo todo y la mañana del enlace aún no estaba al cien por cien, Álvaro hizo su magia. “Como si no hubiera pasado nada”, recuerda sonriendo. “También estuve acompañada de tres de mis mejores amigas y ese momento no hubiera sido tan especial sin ellas. A pesar del madrugón, ¡valió la pena!”, recuerda.
Una boda en Laguardia
Aunque ambos son de Vitoria, el destino quiso que su historia comenzara lejos de casa. Se conocieron en Madrid, cuando Nerea vivía allí y Saimon residía en el extranjero. Él volvió a la ciudad ese fin de semana para reencontrarse con unos amigos y, casi sin saberlo, también para cruzarse con ella. Todo empezó de una forma sencilla, hoy casi nostálgica: con un SMS. “¡Hacía mucho que no me enviaban uno!”, recuerda Nerea. Y resultó ser un mensaje cariñoso y espontáneo que lo cambió todo.
Pasaron casi seis años juntos antes de decidir dar el paso. “Como siempre pasa con Saimon, fue en last minute”, nos cuenta divertida la novia. La pedida ocurrió frente a unos viñedos, un paisaje ligado a sus raíces que acabaría siendo también el telón de fondo de su boda, celebrada en plena Rioja Alavesa.
La fecha elegida fue el 26 de julio de 2025, a finales de mes, como ambos deseaban, y que además coincidía con el aniversario de boda de los padres de Nerea. La ceremonia religiosa se celebró en la Capilla de la Virgen del Pilar, en Laguardia. Un lugar especial que la madre de Nerea había visitado años antes y del que se había enamorado. Cuando llegó el momento de decidir, no hubo dudas.
Nerea llegó a iglesia en un coche antiguo que pertenecía a su aitite y que ese día condujo su padre, quien se encargó de rebajar los nervios previos del camino hacia el altar, donde ya le esperaba Saimon, haciendo una de sus bromas que hizo a Nerea sonreír y relajarse.
Una celebración entre viñedos
Ya convertidos en marido y mujer, Nerea y Saimon pusieron rumbo a la Bodega Viñedos de Contino, el escenario elegido para celebrar la boda, situado muy cerca. Querían una celebración al aire libre. Era pleno julio y el verano invitaba a ello. En cuanto la visitaron, lo tuvieron claro. “¡Era el sitio!”, recuerdan. Para Nerea, además, tenía un valor añadido: como buena alavesa, el mundo del vino forma parte de su manera de disfrutar. “Un planazo para mí es ir a una bodega de cata”, confiesa.
Viñedos de Contino está considerada el primer château de La Rioja, con orígenes que se remontan al siglo XVI. Una finca espectacular, con una casa solariega imponente y un viñedo que se despliega en un meandro del río Ebro. Allí, frente a las vides y bajo una arboleda, se celebró el banquete. Algunos invitados incluso comentaron que parecía que estaban en la Toscana… “alavesa”, matiza Nerea.
Una organización impecable
Si algo tenían claro desde el principio era que necesitaban ayuda profesional para dar forma a una boda con tanta producción. Contar con María Oronoz y su equipo de Martina por el Norte fue, según ellos, una de las mejores decisiones del proceso. Hubo que montar todo desde cero en la finca, y el reto era importante.
Trabajaron especialmente de la mano de Helena, siempre entusiasta, resolutiva y con una sonrisa constante. “Nos hicieron el camino mucho más fácil”, recuerdan. ¿El resultado? Una organización impecable y un día que fluyó sin sobresaltos, permitiéndoles disfrutar con tranquilidad.
La decoración fue otro de los grandes aciertos del día. Querían una boda con color, que respetara la naturaleza del entorno y tuviera un punto sofisticado. La idea era clara: elegantes composiciones de flores y frutas que José Ángel, de Colmenero Atelier, supo llevar a cabo.
El resultado fue exactamente lo que habían imaginado. En las mesas se mezclaban dalias, anthurium, anastasias, claveles, gerberas y dendrobium, junto a frutas y velas que aportaban calidez y un punto más refinado.
En la iglesia, optaron por una decoración mucho más sobria. El interior se vistió únicamente con calas, una flor elegante y con presencia por sí misma. En la entrada de la capilla, sin embargo, dieron el primer toque de color del día con un arco floral con anthurium, dalias y amaranto, marcando el inicio visual de la celebración.
Los detalles gráficos también tuvieron un papel importante. El diseño de las minutas fue obra de Saimon, aunque tuviera algún intento fallido por el camino. Los nombres de las mesas los realizó una amiga suya del trabajo, en acuarela, como gesto espontáneo al ver que a él se le complicaba la parte más creativa. “Él es más técnico que artístico”, bromea. Ella ya había hecho algo similar para su propia boda, y el detalle fue especialmente bonito. Las mesas se bautizaron con nombres de lugares y edificios que los unían con sus invitados, reforzando ese hilo personal tan presente en todo el día.
Todo el mobiliario corrió a cargo de Boal Eventos, que supo materializar la idea que tenían en mente.
Gastronomía y fiesta hasta la madrugada
El apartado gastronómico estuvo a la altura del enclave. El catering fue de Echaurren, con Francis Paniego al frente, y la experiencia fue sobresaliente. “Comimos fenomenal”, recuerdan, y muchos invitados destacaron no solo la calidad de la comida, sino también la atención recibida durante todo el servicio.
Para cerrar el día por todo lo alto, una recena de chuletillas de cordero al sarmiento y hamburguesas, perfectas para reponer fuerzas antes de seguir bailando.
Porque la música fue otra de las grandes protagonistas de la noche. El grupo Wearelostoldos consiguió que todo el mundo se viniera arriba, hasta el punto de que muchos invitados acabaron subidos al escenario. Después, el DJ Nacho Lara, de Xite&Co, mantuvo la pista llena hasta bien entrada la madrugada. Ambos lograron que la fiesta no decayera en ningún momento.
“Ese día lo recordamos muy felices por poder compartirlo con todos nuestros familiares y amigos. Se notaba felicidad y alegría en el ambiente. Todo el mundo estaba contento e implicado en disfrutar y divertirse ese día junto a nosotros”. Y esa energía compartida fue, sin duda, lo que hizo esta boda verdaderamente inolvidable.
