La princesa Ana de Inglaterra ha acudido esta mañana al tradicional servicio religioso dominical en la iglesia de St Peter, en Wolferton, dentro de la finca de Sandringham (Norfolk), acompañando al rey Carlos III y Camilla. Una cita habitual en la agenda de la Familia Real británica, marcada por la sobriedad, el protocolo y los códigos clásicos del vestuario royal. Sin embargo, en esta ocasión, no ha sido ni la compañía, ni su abrigo negro de corte impecable, ni siquiera su llamativa bufanda roja —que podría encajar en la famosa teoría del “rojo inesperado”— lo que ha captado la atención. El verdadero protagonista de su look ha sido uno de sus broches más personales y simbólicos: una joya con forma de caballo que la princesa lleva luciendo desde hace más de cuatro décadas.
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Un broche que la acompaña desde los años 80
El accesorio en cuestión es un broche de oro con forma de caballo, decorado con diamantes en la crin y la cola, una pieza que data de los años 80 y que la princesa Ana ha convertido en uno de sus sellos más reconocibles. Lejos de ser una joya ocasional, este broche ha aparecido en numerosas ocasiones públicas a lo largo de los últimos 40 años, especialmente en eventos vinculados al mundo ecuestre, como Royal Ascot, citas deportivas o compromisos oficiales relacionados con el campo y la tradición británica.
Su uso reiterado ha llevado a los expertos a considerarlo uno de los broches favoritos de la hija de Isabel II, una joya que no solo destaca por su valor material, sino por la profunda carga emocional y simbólica que encierra.
La simbología del caballo: libertad, carácter y espíritu indomable
El broche es increíblemente apropiado para la princesa Ana por varios motivos. El caballo es un símbolo de libertad, fuerza y espíritu sin restricciones, cualidades que encajan perfectamente con el carácter de la princesa. Esta figura representa también independencia, disciplina y determinación, valores que han definido tanto la trayectoria pública como la personalidad de la princesa Ana, considerada desde hace décadas una de las royals más trabajadoras, discretas y poco dadas al exhibicionismo.
Una vida ligada a la equitación y al deporte
El vínculo de la princesa Ana con los caballos va mucho más allá de lo simbólico. La hija de Isabel II es una amazona consumada y fue, además, el primer miembro de la Familia Real británica en competir en unos Juegos Olímpicos. Lo hizo en Montreal 1976, participando en la disciplina de concurso completo de equitación. Aunque no consiguió medalla, su presencia marcó un hito histórico para la monarquía.
Ese legado deportivo continuó con su hija, Zara Phillips (hoy Zara Tindall), que sí logró colgarse la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Londres 2012, consolidando una tradición familiar profundamente ligada al mundo ecuestre.
Una joya con valor histórico (y económico)
Además de su significado personal, el broche destaca por su valor material. Según las estimaciones de expertos joyeros, una pieza de estas características podría alcanzar un valor aproximado de 15.000 libras esterlinas, aunque la cifra podría ser mayor dependiendo del peso del oro y la calidad de los diamantes.
El diseño vintage, su excelente estado de conservación y el hecho de haber pertenecido a la princesa Ana desde los años 80 hacen que esta joya tenga potencial para convertirse en una auténtica reliquia familiar dentro de la Casa Real británica.
¿Un futuro heredero para el broche?
Dado el profundo vínculo emocional que une a la princesa Ana con esta joya, muchos expertos apuntan a que el broche podría convertirse en una pieza heredada por la siguiente generación. Todas las miradas se dirigen, inevitablemente, hacia Zara Tindall, tan apasionada por los caballos como su madre y heredera natural de esa tradición deportiva y estética.
Más allá de su valor económico, el broche resume a la perfección el estilo de la princesa Ana: discreto, coherente, cargado de significado y absolutamente fiel a su identidad.
