A lo largo de los años, la historia ha tejido curiosas conexiones entre genios: cantantes tan icónicos como Elvis Presley o David Bowie compartieron fecha de nacimiento, un 8 de enero. También Shakespeare y Cervantes quedaron unidos para siempre por su fallecimiento, un 23 de abril de 1916 (aunque esa coincidencia sea simbólica y fruto de calendarios distintos entre Inglaterra y España). Y en el mundo de la moda, existe un vínculo entre dos grandes diseñadores: Cristóbal Balenciaga y Christian Dior, que llegaron al mundo un 21 de enero, el vasco diez años antes que el francés.
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Pero además de su nacimiento y del valioso legado que dejaron en la industria, a los modistos les unen otros curiosos detalles que hemos querido recordar. Empresarios astutos, celosos de su intimidad, con una dinámica de trabajo perfeccionista, ambos compartían una visión arquitectónica en sus diseños que les llevó incluso a coincidir con creaciones parecidas. "Nosotros hacemos lo que podemos con los tejidos. Balenciaga hace lo que quiere", llegó a decir Dior del español, a quien, como Coco Chanel, consideraba un auténtico maestro.
Vecinos en la milla de oro de la Alta Costura
Fue en 1917 cuando el de Getaria abrió en San Sebastián su primer negocio, y unos años después, haría lo mismo en Madrid y en Barcelona. Cristóbal Balenciaga llegó a consolidarse como uno de los diseñadores más importantes de nuestro país, pero su negocio se tambaleó en 1936 con la llegada de la guerra civil española. Obligado a cerrar sus tiendas, meditó a fondo la decisión de trasladarse a París, consciente de que sería un arriesgado autoexilio sin fecha de regreso a casa.
La competencia era dura en la ciudad de la moda, donde triunfaban nombres como Chanel o Christian Dior. Fue precisamente al lado de la boutique de este último, done Balenciaga abrió su tienda, en el número 10 de la Avenue George V, la milla de oro parisina.
Ambos demostraron ser dos empresarios de éxito: el vasco, a quien nunca le interesó la producción en masa, se convirtió en ejemplo de artesanía con una clientela extremadamente selecta. "Balenciaga es el más caro, su clientela, la más rica", decía Florette Chelot, la primera vendedora que contrató en su casa de París. El negocio de Dior, dispuesto a expandirse y explotar licencias (perfumes, accesorios...), llegó a representar más de la mitad de las exportaciones de Alta Costura francesa durante la década de los 50.
42, un número mágico para Balenciaga y Dior
Es la edad que ambos tenían cuando alcanzaron dos de los éxitos más decisivos e importantes de su carrera. Balenciaga tenía 42 años cuando, en 1937, inauguró al fin su tienda en la capital francesa tras abandonar España, sembrando así la semilla de un gran futuro, pues se convertiría en todo un referente creativo, admirado por la propia competencia —"Es el maestro de todos nosotros", admitió Dior— y adorado por clientas como Grace Kelly, Ava Gardner o Jackie Kennedy.
Dior fundó su maison en 1946 y presentó su primera colección en 1947, también con 42 años. Se trataba de una línea Primavera/Verano, que vio la luz el 12 de febrero en los salones del pequeño hotel ubicado en el número 30 de la Avenue Montaigne. "Tenía que ser aquí, tan modesto en tamaño como ambicioso era mi sueño", escribió el couturier en sus memorias, refiriéndose al histórico edificio donde comenzó su historia.
Aquellos diseños, entre los que se encontraban el famosísimo traje Bar o el vestido Jungle con estampado de leopardo, pasarían a la historia como New Look, una respuesta rotunda a la austeridad de la posguerra que devolvió protagonismo a la cintura, las caderas y el busto femenino.
Siluetas que cambiaron la moda para siempre
Dior y Balenciaga compartieron una ambición común: transformar la silueta femenina, aunque lo hicieron desde enfoques muy distintos. Dior concebía el vestido desde el dibujo y la ilustración (antes de abrir su negocio, vendía bocetos de sombreros y figurines a otras casas de costura y a publicaciones especializadas), rodeándose de los mejores artesanos para materializar su visión, y defendía la moda como una forma de arquitectura al servicio de las proporciones del cuerpo femenino.
Balenciaga, en cambio, partía directamente del patrón y del volumen. Eliminó el corsé, exploró nuevas formas —como el vestido saco, sus abullonadas faldas globo o la silueta Baby Doll que Pierpaolo Piccioli volvió a rescatar hace unos meses, ahora al frente de la firma— y concibió prendas que se sostenían por sí mismas. "Un modisto debe ser arquitecto para el diseño, pintor para el color, músico para la armonía y filósofo para la medida", afirmaba el español.
Carácter reservado
Pese a su enorme fama, ninguno de los dos se sentía del todo cómodo con el ruido mediático, aunque Dior era muy consciente de lo necesario que era para su negocio: "No podía ignorar a la diosa de nuestro tiempo: la publicidad", llegó a escribir el diseñador en su libro, Dior y yo ,donde también reflejó sus dudas, miedos y exigencias creativas. Cada desfile suponía para él un enorme desgaste, momentos que describió como "el clímax del terror" y reconoció que, al terminar, se veía asaltado por una lluvia de preguntas que aumentaba su agotamiento.
Balenciaga llevaba su forma de ser tan reservada casi al extremo, pues insistía en que eran sus diseños los que debían hablar por él. En más de tres décadas de trabajo, llegó a conceder solo dos entrevistas. Y es que huía especialmente de la prensa, llegando incluso a apartar a los periodistas de sus desfiles, negándoles el acceso en la primera presentación de sus creaciones —destinadas a clientes e inversores—, por el temor que le producía que estos filtrasen su trabajo y pudiese ser imitado después. Pues aunque no había teléfonos móviles como ahora, sí era habitual que las notas sobre sus diseños viniesen acompañadas de bocetos de los mismos, trazados por los periodistas más habilidosos.
Dos formas distintas de relacionarse con la fama, con un punto de recelo en común ante ella. Mientras Dior aceptó la exposición pública como parte inseparable de su éxito, Balenciaga optó por el silencio y la protección absoluta de su obra. Ambos, sin embargo, compartían una convicción profunda: la Alta Costura no debía convertirse en espectáculo, sino permanecer como un ejercicio de exigencia, precisión y respeto por el oficio.
