Vivimos hiper expuestos a información constante, y no siempre estamos preparados para digerirla. A veces no llegan noticias que desearíamos no haber conocido. Otras, incluso, buscamos no saberlas. Y, en ocasiones, hasta vamos más allá y desconectamos del mundo a propósito, o pedimos a nuestro entorno que no nos hablen o comenten algo sobre temas determinados.
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Desde su experiencia clínica, la psicóloga Núria Gordillo (www.nuriagordillo.es) aclara que "la exposición desmedida a información —lo que en el ámbito clínico se denomina infoxicación— actúa como un estresor crónico que activa de manera sostenida el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal".
Es decir, cuando consumimos demasiada información, nuestro cuerpo puede entrar en un estado de estrés continuo, ya que se eleva el cortisol y aparece la ansiedad, fatiga mental y un estado de alerta constante que puede confundirse con depresión. De ahí que muchas veces prefiramos no saber, a saberlo todo.
Pensar entonces que la ignorancia lleva a la felicidad parece normal. Sin embargo, no es así. Tras esta hipótesis, hay todo un entramado psicológico que determina qué nos provoca realmente el saber mucho, y qué genera el caso contrario, saber poco.
En consulta, señala la experta que muchos de los pacientes que acuden con "preocupación difusa, irritabilidad y dificultad para concentrarse" lo hacen, "no siempre por orígenes personales, sino por la acumulación de malas noticias, alertas constantes y debates polarizados en redes". Una saturación informativa que favorece la rumiación mental, que "interrumpe la regulación emocional y reduce la capacidad de focalización atencional en el presente", justo donde se sostiene el bienestar.
Ignorar no es negar: es aprender a filtrar
Desde esta perspectiva, la frase tan repetida de que la ignorancia es felicidad adquiere un nuevo matiz. Como matiza Núria Gordillo, “cobra sentido clínico cuando la reformulamos como ignorancia selectiva o filtrado intencional de inputs". ¿Qué quiere decir esto? Que no se trata de vivir de espaldas a la realidad, sino de "discriminar qué información es relevante para la acción efectiva y cuál es simplemente ruido que genera carga emocional sin utilidad práctica".
Por eso, limitar conscientemente el consumo informativo puede ser un auténtico acto de autocuidado. La psicóloga señala que prácticas como restringir las noticias a "20 ó 30 minutos diarios” o reducir notificaciones se asocian a “una disminución significativa de la activación simpática y una mejora en la calidad del sueño y la regulación emocional”. Menos estímulos no significa menos conciencia, sino más calma.
¿Y si no recordar todo fuera una ventaja?
Algo parecido ocurre con la memoria. Tener lo que consideramos "mala memoria” no siempre juega en contra. Según explica la experta, existe el llamado “sesgo de retrospección rosada”, que lleva a recordar el pasado poniendo más peso en lo positivo. “Pacientes con esta tendencia suelen presentar mayor autoestima, menor rumiación y mayor satisfacción vital”, detalla. Lejos de ser un problema, “es un sesgo protector que el sistema límbico utiliza para preservar recursos emocionales”.
Eso sí, Núria Gordillo diferencia este mecanismo saludable de otros menos adaptativos. "Es clave diferenciarlo de la evitación defensiva o la represión", advierte, ya que cuando no se procesa lo vivido pueden aparecer "síntomas somáticos o reactivaciones postraumáticas tardías". El bienestar no viene de olvidar sin más, sino de un "procesamiento completo basado en el reconocimiento, la elaboración y su posterior resignificación".
No querer saber también puede proteger
En algunos momentos vitales, no profundizar en determinada información puede aliviar. Puede suceder en casos como:
- En relaciones personales, cuando decides no indagar en cada detalle del pasado de tu pareja porque sabes que hacerlo solo activaría comparaciones, inseguridades o miedos que no aportan nada al presente.
- En conflictos familiares, al no pedir explicaciones constantes sobre comentarios o actitudes ambiguas para evitar abrir heridas que no van a cerrarse con una conversación.
- En el trabajo, cuando eliges no obsesionarte con rumores, opiniones ajenas o decisiones que ya están tomadas y que no dependen de ti.
- En procesos de duelo o enfermedad, al limitar la búsqueda de escenarios futuros cuando no hay margen de intervención y solo generan angustia anticipatoria.
- En la vida digital, al evitar leer todos los comentarios, noticias negativas o debates polarizados que no cambiarán tu realidad inmediata.
Buscar la ignorancia para no enfrentarse a los hechos
Estos son tan solo algunos ejemplos. En consulta, la psicóloga observa que muchas personas sienten "alivio al decidir no profundizar en detalles pronósticos negativos cuando no existen opciones de cambio". Esta evitación puntual "ahorra energía emocional y preserva la capacidad de afrontamiento" en aquello que sí depende de nosotros.
El problema surge cuando esa estrategia se convierte en norma. Como alerta la experta, "el riesgo clínico aparece cuando la evitación se generaliza y bloquea información necesaria para la toma de decisiones o el crecimiento personal". La clave está en la flexibilidad.
Cómo conseguir el equilibrio emocional
Para cerrar, Núria Gordillo habla de encontrar un punto medio saludable a través de lo que denomina "higiene informativa intencional". Esto implica poner límites claros al consumo de noticias, preferiblemente evitando la noche para no interferir con "la fase de consolidación del sueño REM", y huir del doomscrolling (leer noticias, casi sin cesar, a menudo negativas).
Además, recomienda compensar con actividades que activen el sistema parasimpático: “caminatas sin dispositivo móvil, respiración diafragmática, meditación de atención plena o un registro diario de tres elementos positivos”. Al final, concluye, todo pasa por ejercer "un control activo sobre qué información se permite entrar en el campo de conciencia". Cuando ese filtro es consciente, se facilita un bienestar más estable, lo que en terapia se conoce como “equilibrio hedónico sostenido”.
