Valentino Garavani levantó un verdadero imperio de moda. Y tras una vida creando vestidos soñados para algunas de las mujeres más célebres, logró reunir un formidable patrimonio inmobiliario repartido por medio mundo. Desde Château de Wideville, su castillo cerca de Versalles (una construcción del siglo XVI, rodeada de un parque de más de 120 hectáreas) y una villa, La Vagnola, en la Toscana, a una mansión del siglo XIX en el exclusivo barrio londinense de Kensington, famosa por albergar en su salón cinco obras de Pablo Picasso, parte de su colección privada.
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La pasión del diseñador italiano por las casas, todas ellas de gran lujo, era bien conocida. De hecho, como nos contó en una ocasión: “Amo todas mis casas y cuando estoy en una de ellas, la quiero por completo. Así es como deben ser las cosas; si no, sentiría nostalgia. Considero cada una de mis casas como mi hogar, porque la felicidad me acompaña donde quiera que vaya”.
Amante de la belleza y exquisito tanto en las formas como en el gusto, el genio de Voghera nos abrió las puertas de la mayoría de sus propiedades y las mostró con orgullo en las páginas de ¡HOLA! “Las casas son mi gran pasión. Y, por otra parte, al no haber tenido hijos, ellas son, junto a mi trabajo y mis amigos, lo único que tengo. Por eso —explicaba también—las cuido tanto y me vuelco en convertirlas, en lo posible, en auténticas obras de arte. Hay tantas cosas que no se pueden comprar con dinero, como la felicidad, el buen humor o la alegría de vivir... Son algo con lo que se nace”.
Su villa de Roma
En junio de 1993 nos invitó a la que quizá fuera su residencia más querida, Villa Letizia, situada en la Vía Apia, a las afueras de la Ciudad Eterna, donde vivía desde 1972. Nunca había sido fotografiada estancia por estancia y ambiente por ambiente hasta ese momento. Descrita por Valentino como un "perfecto y buscado equilibrio", la mansión tiene una perfecta combinación de estética y estilos, con predominio del arte oriental, porcelanas chinas, muebles de los siglos XVII y XVIII, fabulosas alfombras persas, preciadas obras de Picasso (como Mujer sentada), Toulouse-Lautrec, Miró y Botero… Elefantes de bronce, mandarines chinos de Brighton y un impresionante “toro-bar” se mezclan con butacas tapizadas con un tradicional estampado de cuadros en el gran salón.
El famoso diseñador italiano nos recibió junto a sus inseparables carlinos, las icónicas mascotas que le acompañaron toda la vida, en la puerta de la villa, que consta de un enorme jardín que alberga un lago, ante la fachada principal de la casa, y una piscina rodeada de árboles centenarios, en cuya zona construyó un original vestuario adornado con valiosas ánforas.
Su casa de Capri
En diciembre de 1995, Valentino nos abrió las puertas de Villa La Cercola, la fantástica mansión que adquirió en 1968 en la isla de Capri, en el golfo de Nápoles. Esta fue la primera casa propia que tuvo, ya que antes de comprarla, el diseñador vivía en un apartamento en Roma y no poseía propiedades inmobiliarias. La villa, de auténtico estilo caprese, se encuentra en lo alto de la isla. Consta de dos plantas y toda la remodelación interior corrió a cargo de Valentino. Desde ella se divisa el Vesubio, lo cual se considera una de sus características más espectaculares de la casa junto con su frondosa vegetación. La mansión de Capri fue redecorada por Valentino, quien le dio su sello personal. Respetó el salón en blanco y azul, un estilo y tonos que son un denominador común en todas sus casas. Los mismo que la combinación de objetos de arte oriental —las piezas de China eran otra de sus pasiones— con mobiliario occidental de época. En esta casa, destacan también cuadros importantes de Paul Gervais, así como la colección de porcelana de perros de raza pug —carlino—, como los que correteaban por el jardín cuando Valentino estaba en la villa, que solía ser unos días al comienzo del verano y una o dos semanas antes del otoño.
El chalé de Gstaad
Dos de las grandes aficiones del añorado modisto eran navegar en su yate en verano y pasar la temporada alta de esquí en los Alpes. Allí, en la localidad suiza de Gstaad, tenía otra de sus posesiones más preciadas: Gifferhorn, un chalé donde le gustaba pasar todas las Nocheviejas, a excepción de algún que otro año, que prefirió irse al Caribe.
Valentino nos recibió en esta casa, cuya construcción data de 1957, en abril de 1998. Se trata de la típica casa de madera —al estilo de las construcciones alpinas suizas—, con toda la fachada forrada de madera y tejados a dos aguas. Desde la terraza, además de estar en pleno contacto con la Naturaleza, se puede contemplar una impresionante vista de los Alpes.
En el chalé conviven diferentes estilos y objetos, desde relojes y armarios suizos pintados a mano, del XVII y XVIII, con butacas diseñadas por Mongiardino tapizadas en capitoné, hasta cojines y alfombras de petit-point mezclados con tapicerías con motivos africanos. También hay cuadros de Arcimboldo, original artista del Renacimiento cuyas obras sorprenden por su extravagante manera de componer retratos mediante la agrupación de diversos elementos de la naturaleza más dispar. Algo que llamó nuestra atención es que nunca faltan las flores frescas —orquídeas en Gstaad— en las casas del gran diseñador.
Un ático en Manhattan
Aunque el genio de la aguja pasaba la mayor parte del año en Europa, visitaba Nueva York dos o tres veces al año. Por eso y por su amor por las casas, decidió adquirir un ático en la ciudad que nunca duerme en 1985. Quince años después nos recibió en este lujoso apartamento con vistas a Central Park, situado en los últimos pisos de un emblemático rascacielos. Al igual que el resto de sus propiedades, esta también fue decorada por él mismo, con una atmósfera impregnada de un "fuerte sabor ruso", con acentos italianos, un toque de gusto francés y algunas apariencias chinas, y predominio de los colores café con leche, blanco roto y pardo cocha de tortuga con toques de azul o rojo.
Destaca el suelo, entarimado con un parqué cuyo motivo está inspirado en el palacio de L'Hermitage de San Petersburgo. La mayoría de los muebles y alfombras son de la vieja Rusia, con la excepción de algunas consolas italianas, porcelanas chinas y cuadros, en su mayoría también italianos, aunque sobre la chimenea tenía uno portugués que representa a una princesa de Orleans-Braganza y que antaño perteneció a Coco Chanel.
