Apenas unos instantes antes de que Carlos Alcaraz y Tommy Paul saltaran a la pista en el Open de Australia, la jueza de silla Marija Cicak interrumpió el calentamiento para pedirle al tenista español que se quitara una pulsera que llevaba bajo la muñequera.
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No era una joya ni un amuleto de la suerte. Era un dispositivo tecnológico diseñado para medir cómo responde el cuerpo de un deportista de élite.
La escena, aparentemente menor, abrió un debate mucho más profundo: hasta qué punto la tecnología ya forma parte del tenis profesional, qué datos recogen estos sensores y por qué su uso sigue generando dudas entre los organismos que regulan el deporte.
Qué son estos dispositivos
La pulsera que llevaba Alcaraz pertenece a una nueva generación de wearables sin pantalla, concebidos como una especie de “entrenador invisible”. No muestran datos durante el partido ni envían alertas al jugador, pero sí recogen información fisiológica clave que se analiza fuera de la pista para ajustar entrenamientos, cargas y recuperación con el objetivo de optimizar el rendimiento.
Entre las métricas que estudian se encuentran:
- Frecuencia cardiaca
- Nivel de esfuerzo
- Recuperación
- Descanso y calidad del sueño
- Respuesta del cuerpo al calor extremo, especialmente relevante en torneos como el de Melbourne
Este tipo de tecnología se ha extendido de forma silenciosa entre deportistas de élite porque permite detectar fatiga, sobrecargas o déficits de recuperación antes de que se traduzcan en lesiones o bajadas de rendimiento.
Por qué generan polémica en plena competición
Aquí es donde surge el conflicto. Organismos como la ITF o la ATP restringen el uso de dispositivos que puedan transmitir datos fuera de la pista para evitar:
- Coaching encubierto
- Ventajas competitivas indirectas
- Posibles usos vinculados a las apuestas deportivas
De ahí que a Alcaraz se le pidiera retirar la pulsera, a pesar de haberla utilizado en partidos anteriores y de que dispositivos similares estén permitidos en otros circuitos. El propio tenista lo zanjó sin polémica tras el encuentro:
"Son reglas del torneo, de la ATP, de la ITF... No se puede jugar con ello. Son cosas que te ayudan a cuidarte más, a controlar mejor el descanso, los entrenamientos, la carga... pero bueno, no he podido jugar con él y no pasa nada. Se quita y a funcionar”
No solo el cuerpo: también la mente
El caso de Alcaraz no es aislado. Hace solo unos meses, Jannik Sinner llamó la atención al aparecer con una banda negra en la cabeza que iba mucho más allá de una simple cinta para el sudor.
Estas bandas neurales no miden el pulso ni el sueño, sino algo mucho más delicado: la actividad cerebral. Analizan patrones de ondas para evaluar la concentración, el estrés y la fatiga mental.
En la práctica, funcionan como un entrenador cognitivo portátil, pensado para optimizar la toma de decisiones y la gestión de la presión en un deporte donde cada punto puede decidirse por un detalle mental.
El otro debate: ¿qué pasa con esos datos?
Aquí aparece una pregunta incómoda: ¿a quién pertenecen esos datos cuando el partido ya ha empezado?
Como explicó en su día el experto en ciberseguridad Deepak Daswani, no todos los dispositivos gestionan la información de la misma manera:
- Algunos procesan los datos localmente y los eliminan tras la sesión
- Otros los envían a la nube para su análisis
Y ahí surge el riesgo. No tanto de espionaje, sino de filtraciones de datos extremadamente sensibles, capaces de revelar niveles de estrés, concentración o fatiga de un deportista.
“Una filtración de frecuencia cardiaca no tiene el mismo impacto que una de actividad cerebral”.
El tenis ante su propio futuro
El debate sigue abierto. Mientras algunos extenistas defienden que los jugadores deberían poder acceder libremente a sus propios datos, los organismos reguladores temen que la tecnología termine influyendo en la competición más de lo que debería.
El tenis moderno ya no se decide únicamente con la raqueta, el juego en pista y la mirada del árbitro. Hoy también entran en juego sensores, algoritmos y datos invisibles.
