Todo en esta vida tiene defensores y detractores. Con la inteligencia artificial ocurre lo mismo: hay quienes la defienden a ultranza, quienes la usan con cautela, quienes creen que bien empleada es una herramienta fantástica y quienes tiemblan solo con oír su nombre. El miedo es libre. Miedo a perder el trabajo, a que nuestros hijos dejen de pensar por sí mismos, a depender cada vez más de las máquinas y a que la economía se deshumanice.
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Pero frente a ese temor colectivo, Renaud Foucart, profesor titular de Economía en la Universidad de Lancaster, lanza una advertencia clara: el verdadero riesgo de la inteligencia artificial no es el desempleo masivo, sino cómo puede transformar el valor de nuestros trabajos y aumentar la desigualdad entre quienes saben usarla bien y quienes no.
El miedo al paro
La preocupación por el empleo es comprensible. Si las máquinas ya son capaces de leer textos legales complejos, traducir idiomas o construir argumentos, muchos se preguntan si los trabajadores humanos acabarán siendo irrelevantes. Sin embargo, Foucart subraya que cuando se observan las grandes cifras de la economía, ese escenario no se está produciendo.
El desempleo en la Unión Europea ronda el 6%, un mínimo histórico. En el Reino Unido es del 4,1% y en Estados Unidos del 4,1%. España, aunque todavía duplica esas cifras con un 11,2%, también se encuentra en su nivel de paro más bajo en casi dos décadas. Para el economista, estos datos —incluso en los mercados más rezagados— reflejan una constante histórica: la tecnología vuelve obsoletas algunas tareas, pero la economía está logrando crear otras nuevas con mayor rapidez
Una lección que ya hemos vivido
Foucart recuerda que este patrón no es nuevo. En 1800, un tercio de los británicos trabajaba en el campo; hoy apenas lo hace el 1%. España vivió una metamorfosis similar, pero mucho más acelerada: si en 1960 casi el 40% de los españoles aún se dedicaba a la agricultura, hoy esa cifra ha caído por debajo del 4%. Esta automatización no destruyó la economía, sino que permitió el trasvase de millones de trabajadores hacia la industria y los servicios.
Algo similar ocurrió con los cajeros automáticos. Cuando Barclays inauguró el primero en Londres en 1967, muchos temieron la desaparición de los empleados bancarios. Ocurrió lo contrario: durante décadas, el número de cajeros aumentó, porque los cajeros automáticos abarataron la apertura de sucursales y ampliaron el acceso a los servicios financieros. Solo más tarde, con la banca digital en el móvil, el empleo en oficinas comenzó a caer de forma significativa.
La IA no elimina valor humano, lo puede aumentar
El economista pone un ejemplo que hoy suena a broma pesada: la radiología. En 2016, Geoff Hinton, uno de los "padres" de la IA, recomendó dejar de formar radiólogos porque las máquinas los sustituirían. Diez años después, la demanda de estos médicos está en máximos históricos.
En España, la situación es incluso más dramática por nuestra escasez estructural. Mientras los gurús decían que sobrarían médicos, la realidad es que a la sanidad española le falta un 10% de radiólogos (unos 420 especialistas) para dejar de estar a la cola de Europa.
La razón, explica Foucart, es que la IA no ha venido a quitarles el sitio, sino a intentar salvarlos del colapso. En la última década, la demanda de pruebas como TACs o resonancias en nuestros hospitales ha crecido hasta un 70%. La tecnología permite analizar más imágenes y atender a más pacientes, pero ha aumentado el valor del criterio humano: la IA detecta la mancha, pero el paciente sigue necesitando que un médico le diga qué significa.
Por eso, la clave para los trabajadores actuales no es competir contra los algoritmos, sino buscar empleos donde la tecnología los haga más potentes. En España, como en el resto del mundo, el reto no es que la máquina sustituya al humano, sino evitar que el humano quede reducido a "servir" a una máquina en un sistema desbordado.
El riesgo real: una nueva desigualdad
Donde Foucart sitúa la mayor amenaza es en la desigualdad. Al principio, muchos pensaron que dar acceso universal a asistentes de IA reduciría las brechas salariales. Sin embargo, investigaciones recientes muestran lo contrario: los trabajadores y emprendedores más cualificados son quienes más se benefician.
Una de las razones es que saber seguir buenos consejos también es una habilidad. En investigaciones del propio Foucart con colegas, observaron que ofrecer recomendaciones de alta calidad no reducía la brecha entre expertos y principiantes, porque los menos cualificados eran menos capaces de aplicar esos consejos de forma eficaz.
Jefes de las máquinas, no sus sirvientes
Según Foucart, ese es el verdadero desafío de la inteligencia artificial: que se cree una sociedad dividida entre un grupo amplio de personas que usan la IA para gestionar tareas cotidianas, pero permanecen atrapadas en empleos de baja productividad y salarios limitados, y un grupo más reducido de trabajadores bien formados que controlan las máquinas y la riqueza que generan.
Cada revolución tecnológica ha hecho el mundo más rico, más saludable y más cómodo. Pero las transiciones siempre son difíciles. Lo que importa ahora, concluye Foucart, es cómo las sociedades ayudan a que más personas puedan ser los jefes de las máquinas, y no sus sirvientes.
