Su “TMBlue One”, como lo bautizó cariñosamente el italiano. Un yate (de 49 metros, ni más ni menos) anclado en el Adriático de la costa croata. Desde su cubierta, al alzar la vista, era posible encontrarse con la ciudad conocida como la perla del Adriático. Pocos tuvieron el privilegio de vivir una experiencia así, y nosotros fuimos parte de ese reducido grupo. Además de conocer, en primera persona, a sus mejores tripulantes: sus cinco perros de raza pug a los que apodó como Margot, Molly, Monty, Milton y Maud.
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A bordo de aquella embarcación pudimos ser partícipes de cómo, entre un auténtico arsenal de yates, este se distinguía por su apariencia colonial y una cuidada colorimetría dominada por el azul marino, atravesado por una inconfundible franja roja —una alusión directa al rosso Valentino—. Nada respondía a un capricho de mercadotecnia ni a una etiqueta impuesta a la desesperada para promocionar su marca personal; era, más bien, la materialización de una obsesión estética profunda hacía esa tonalidad roja.
Una obsesión nacida mucho antes de que Valentino Garavani fuera simplemente Valentino: el diseñador de las alfombras rojas, de las celebridades, el creador destinado a definir para siempre una impronta inconfundible en la historia de la moda. Por deseo expreso del propio diseñador, pudimos fotografiarlo todo con lujo de detalles. En el interior, la decoración bicolor en azul y blanco se erigía como protagonista absoluta, prolongando esa coherencia visual que, para él, resultaba irrenunciable.
Por difícil de creer, aunque Valentino decorara vestidos con detalles florales para Naty Abascal o Penélope Cruz, a la hora de concebir su barco no desplegó su faceta más artística, sino la más coherente. “Un barco no es una casa, y uno siempre debe tener en mente que un yate se mueve constantemente. En consecuencia, ha de tener muebles sencillos y, a la vez, sólidos, capaces de mantenerse firmes en toda clase de mares”, nos explicaba entonces.
Y no, tampoco había espejos a bordo, para disgusto de las celebridades que buscaban retocarse antes de una fotografía. No se trataba de preservar un retiro espiritual ni de desconectar de la realidad, sino de una cuestión puramente náutica. “Podían provocar mareos”, revelaba. Eso sí, los espejos de los baños permanecían intactos. También tenía sus manías: no podían haber flores ni plantas en el barco. En este caso, no obedecía a ninguna razón marítima, sino a una preferencia personal. Según él, “las consideraba terribles en un barco”. Razón tenía.
En su camarote —nunca antes sacado a la luz— y presidiendo el cabecero de la cama, destacaba un cuadro de Ray Smith, una pieza que lograba romper sutilmente con la estética dualista que dominaba el espacio. Sobre las mesitas de noche, se desplegaban collages con imágenes de sus familiares y amigos más queridos.
También nos permitió adentrarnos en su guardarropa, donde todo era exactamente como debía ser. Valentino mantenía un orden impoluto en sus prendas, organizadas meticulosamente por colores y tonalidades. A un lado, camisas y pantalones de vestir; al otro, jerséis y chaquetas de punto de carácter más informal. Incluso en eso, la separación era una norma inquebrantable.
Fiel a la costumbre de colocar un cuadro sobre el cabecero de su propia cama, replicaba este gesto en los camarotes de invitados. El mismo para todos, para evitar comparaciones o agravios: Ladies and Gentlemen, de Andy Warhol. Su relación con el artista, casi sinérgica y casi invisible para el público, dio incluso origen a una obra en la que Warhol retrató al propio diseñador y que pudimos ver expuesta en el comedor de este bote.
Para Valentino, el menú que servía en el yate también tenía que ser distinto al de tierra. El pescado debía predominar ante otro tipo de alimento. “A mi me gusta mucho la comida que preparan los marineros. La encuentro muy sabrosa; sobre todo, si está sazonada con diferentes tipos de hierbas”, añadía.
Al final de la visita, el diseñador nos confesaba que su objetivo al decorar su “pequeño” era crear “un lujoso apartamento sobre el agua, con detalles especiales y un mobiliario extremadamente práctico”. Un objetivo que, a nuestro juicio, se vio ampliamente superado.
