Hay artistas que crean imágenes. Y hay otros que crean lenguajes. Desde hace décadas, la obra de Betsabeé Romero ha convertido llantas, automóviles, porterías y objetos cotidianos en poderosos símbolos de identidad, memoria y migración. Su trabajo habita entre lo íntimo y lo colectivo; entre México y el mundo; entre la historia y el presente.
A través de instalaciones monumentales, intervenciones en espacios públicos y proyectos comunitarios, la artista mexicana ha construido una narrativa significativamente humana sobre el movimiento: el físico, el emocional y el cultural. No es casualidad que gran parte de su obra dialogue con las fronteras, los caminos y los desplazamientos. Para ella, migrar no es únicamente cambiar de territorio, sino transformar la manera en que nos entendemos el uno con el otro.
En conversación con ¡HOLA! México, la maestra Betsabeé Romero reflexiona sobre el arte como generador de nuevos significados, su relación emocional con París y el proyecto que actualmente la conecta con el fútbol, las comunidades migrantes y el recuerdo de su madre.
“Yo definitivamente sí creo que la labor de un artista tiene que ver con generar nuevos significados para viejas cosas”, comparte. Y quizá esa frase resume no solo su obra, sino también su forma de mirar el mundo.
Memoria viva
Para la maestra Betsabée, el arte tiene la responsabilidad de devolver profundidad a aquello que el tiempo, la velocidad o la cotidianidad han vaciado de sentido. “Las cosas siempre son las mismas, los escenarios son los mismos, los personajes son los mismos, pero lo que cambia es la profundidad con la que se aborda ese mismo tema”, explica.
Su obra está profundamente anclada a México, aunque ella evita pensar en el país como un bloque uniforme. Prefiere hablar de culturas, en plural. De historias vivas. De raíces que siguen respirando: “Somos muy afortunados de tener a nuestra disposición culturas vivas, tan trascendentes, tan profundas y tan largas. Somos parte de una historia enorme e importante y, sin embargo, a veces no nos damos cuenta”, dice.
En su discurso aparece constantemente la preocupación por la banalización de la memoria y de las historias colectivas. Por eso, cada objeto que utiliza —una llanta, un automóvil o una portería tejida— se convierte en un vehículo simbólico.
“Lo único que quisiera es que el objeto que aborde en el México de hoy siempre tenga ese anclaje profundo y honesto con la enorme memoria que nos construye y que, precisamente, nos ancla”.
Principio y fin
La migración, por supuesto, ocupa un lugar esencial en la conversación. En su obra, el movimiento no es únicamente tránsito: es identidad. Las llantas y los caminos funcionan como metáforas de comunidades enteras obligadas a desplazarse por la violencia, la pobreza o la desigualdad. “La migración es un movimiento forzado colectivo que define al ser humano desde la segunda mitad del siglo XX”, asegura.
Y luego lanza una de las frases más poderosas de nuestra conversación: “Todos somos migrantes porque fuimos forzados a nacer y vamos a estar forzados a morir”. Para la artista —quien hace 10 años montó una mega ofrenda de muertos en el Zócalo de la CDMX—, el fenómeno migratorio suele reducirse a cifras, política o economía, dejando fuera algo fundamental: la riqueza cultural que surge cuando las comunidades se mezclan. “Se ha generado una mala lectura del mestizaje y del diálogo multicultural”, reflexiona. “México es un país que se fue construyendo precisamente desde la mezcla”.
Quizá por eso muchos de sus proyectos ocurren en espacios públicos. Ahí, donde justamente el arte deja de pertenecer a unos cuantos y se encuentra con la vida cotidiana.
Cruzando fronteras
Romero recuerda especialmente sus intervenciones en el Zócalo de la Ciudad de México o en Place du Louvre, en París. Lugares donde miles de personas pudieron interactuar con una obra contemporánea fuera del contexto tradicional de una galería. “A mí me interesan muchísimo los espacios públicos”, explica. “Cuando tienes contacto con tanta gente, no puedes ignorar al público”.
Más allá de generar respuestas inmediatas, lo que ella busca son experiencias capaces de permanecer en la memoria.“No sé si eso genere realmente un cambio, pero sí creo que puede generar algo más profundo”, dice.
París... Paraíso
París ocupa un lugar emocional y decisivo en la vida de la maestra. Fue ahí donde estudió en Bellas Artes y en la Escuela del Louvre. Donde vivió sola por primera vez; donde descubrió nuevas maneras de pensar y de entenderse a sí misma.“Todos los días agradecía esa oportunidad y sentía que cada día que pasaba era como un día menos en el paraíso”, recuerda entre risas.
La relación con Francia terminó transformándose en algo mucho más íntimo. Uno de sus profesores se convirtió en una figura paterna, se casó con un francés y hoy su hija es franco-mexicana: “Definitivamente Francia es mi segunda patria”, confiesa. Pero más allá de lo personal, existe también una influencia filosófica muy clara.“Toda esa parte del pensamiento y de la filosofía francesa es fundamental en mi trabajo artístico”.
Curiosamente, uno de los puentes más profundos entre México y Francia apareció a través de la cocina. La artista recuerda cómo, al observar el enorme respeto que los franceses tienen por su gastronomía, comenzó a redescubrir la riqueza culinaria mexicana. “Fue a través de Francia que entendí muchas cosas sobre México”, cuenta. Y es precisamente en esas diferencias culturales donde encontró nuevas formas de comprenderse.
De la cancha a la vida
Actualmente, uno de sus proyectos más importantes une dos universos aparentemente lejanos: el arte y el fútbol. Sin embargo, para Betsabeé ambos comparten algo esencial: la capacidad de crear comunidad. “El fútbol es, sin duda, una forma de resistencia cultural”, afirma.
Su vínculo con este deporte nació en casa, gracias a su madre. “En mi casa el gusto por el fútbol entró vía materna”, recuerda. Ese amor familiar terminó convirtiéndose en el corazón emocional de un ambicioso proyecto artístico que conecta comunidades migrantes desde México hasta Canadá a través de porterías tejidas colectivamente.
“Quería que las porterías se convirtieran en foros multidisciplinarios donde convivieran deporte, comunidad y arte”.
El proyecto, además, terminó siendo un homenaje profundamente personal: “Mi mamá fue el director técnico de este proyecto”, dice emocionada. Las porterías dejan de funcionar únicamente como símbolos deportivos para convertirse en espacios de encuentro donde caben la música, la poesía y las historias compartidas. “La idea es que la gente entienda que en estas porterías no se meten goles con los pies, sino con música, poesía y canto”.
Mientras habla sobre las comunidades que han participado tejiendo estas piezas en distintas ciudades, Betsabeé sonríe. Hay algo profundamente esperanzador en la manera en la que describe el proceso. “En cada lugar la gente se apropia del proyecto. Y eso me deja una gran satisfacción”.
Quizá ahí reside el verdadero poder de su obra: no en imponer narrativas, sino en abrir espacios para que otros también puedan habitar la historia: “No impongo”, concluye. “Más bien propongo una narrativa nueva”. Y en tiempos donde el mundo parece avanzar cada vez más rápido, la obra de Betsabeé Romero nos recuerda algo fundamental: que todavía existen símbolos capaces de reunirnos, historias que merecen ser tejidas colectivamente y objetos cotidianos que aún resguardan memoria.










