Hay una pregunta que se impone este año con una claridad casi geométrica: ¿de quién es el México que el mundo va a ver cuando llegue el Mundial? La respuesta, si uno observa con cuidado, lleva siempre al mismo nombre. Pedro Ramírez Vázquez diseñó el Estadio Azteca, concibió el Museo Nacional de Antropología, organizó los Juegos Olímpicos de México 68 y dejó impresa en la ciudad su visión de lo que un país moderno debía ser. En 2026, el Mundial lo convoca de nuevo al centro de la conversación. Y el Premio Princesa de Asturias de la Concordia —otorgado este año al Museo Nacional de Antropología— lo corona desde Madrid con el reconocimiento que solo da el tiempo.
Para hablar de eso, ¡HOLA! México se sentó con el arquitecto Javier Ramírez Campuzano, hijo de Pedro y depositario de un archivo que sigue revelando sorpresas. Egresado de la Universidad Anáhuac, colaborador directo de su padre desde el Mundial 86 y hoy director de Ramírez Vázquez y Asociados, Javier no solo custodia la memoria: la activa, la defiende y la proyecta hacia el futuro.
Un padre en construcción permanente
Antes de ser el arquitecto del país, Pedro Ramírez Vázquez fue simplemente un papá. Uno que iba a ver el fútbol los domingos —cuando América, Necaxa y el equipo de la Universidad jugaban en Ciudad Universitaria a mediodía, en ambiente de familia— y que comía en casa todos los días. Así recuerda Javier su infancia: con la normalidad de quien creció sin saber del todo la magnitud de lo que ocurría en el despacho de al lado.
"Me empecé a dar cuenta cuando él fue nombrado presidente del Comité Organizador de la Olimpiada", recuerda Javier. "Tenía yo 12 o 13 años. El presidente de la República le dijo: 'Arquitecto, lo llamo porque necesitamos la imagen de un país moderno capaz de enfrentar un compromiso como este'."
Esa fue la gran misión de Pedro Ramírez Vázquez: cambiar la imagen que el mundo tenía de México. En 1968 de acuerdo a Javier, la televisión mostraba al país con los clichés de la época —el mexicano pícaro, la mujer sumisa, el sombrero. Los Juegos Olímpicos fueron la operación de cambio de imagen más ambiciosa que el país había emprendido jamás: fueron los primeros transmitidos en color, con una identidad visual que deslumbró al mundo y con una mujer, Enriqueta Basilio, encendiendo el fuego olímpico por primera vez en la historia.
El Azteca: una obra que también es biografía
Hay pocas personas en el mundo que puedan decir que asistieron a la inauguración de un estadio siendo niños, y que volvieron a ese mismo escenario para el Mundial del 70, los Panamericanos del 75 y el Mundial del 86. Javier Ramírez Campuzano es una de ellas. Más aún: estuvo en la inauguración de 1966 en representación de su padre, que no pudo llegar de Madrid por una falla en un avión —lo que pudo ser una tragedia quedó en un susto—, y fue testigo de la construcción de cada etapa del recinto.
"Fui al estadio hace unos meses con mi hija y mis nietos", cuenta. "Y pensé que yo iba ahí siendo un niño, con la presencia de mi papá. Ahora iba yo siendo el abuelo. Es un sentimiento íntimo, difícil de describir." El estadio —al que Javier sigue llamando por su nombre original, porque esa, dice, es su identidad— acaba de recibir una nueva señalización diseñada por él mismo. Un gesto discreto y poderoso: el hijo completando lo que el padre comenzó hace sesenta años.
El papel del despacho en el Mundial del 86 fue mucho más que logístico. México asumió ese torneo de emergencia, un año después de los sismos de 1985, con una percepción internacional devastada. Emilio Azcárraga le pidió a Pedro Ramírez Vázquez algo concreto: que el Azteca fuera una fiesta. El resultado fueron nueve decoraciones monumentales para los distintos partidos. El mexicano sintió que vivía su fiesta. El visitante extranjero sintió que estaba invitado a ella.
El Premio Princesa de Asturias: un reconocimiento que llega a tiempo
En junio de 2025, el jurado de los Premios Princesa de Asturias otorgó el galardón de la Concordia al Museo Nacional de Antropología, describiéndolo como "heredero de una larga tradición en defensa y preservación de una parte esencial del patrimonio antropológico de la humanidad". El recinto inaugurado en 1964 —que el año anterior había alcanzado la cifra histórica de tres millones de visitantes— recogió su distinción en el Teatro Campoamor de Oviedo en octubre de 2025, de manos de la princesa Leonor.
"Me enorgullece que sus obras sean parte de lo que México muestra a sus visitantes".
Para Javier Ramírez Campuzano, el simbolismo de que este año coincidan el Premio Princesa de Asturias al museo y el Mundial 2026 en el Azteca no es menor. "Es una satisfacción personal, sí", dice con mesura. "Pero más allá de lo personal, como mexicano, me enorgullece que esas obras sean parte de lo que México muestra a sus visitantes." Dos obras del mismo arquitecto, en el mismo año, como las dos grandes protagonistas del México que el mundo visita.
Objeto de diseño
Hoy, el legado de Pedro Ramírez Vázquez está llegando a una generación que no lo vivió a través de un par de lentes. La marca de lentes Gramo, fundada por los hermanos Diego y Javier Graue, lanzó el modelo Origen: un armazón que toma su silueta directamente de los lentes que Ramírez Vázquez usaba durante los años sesenta, la década de sus proyectos más emblemáticos.
Custodiar lo que nadie más tiene
Javier Ramírez Campuzano habla con la precisión de quien lleva años pensando en cómo se preserva un archivo vivo. El legado de su padre no solo es arquitectónico: abarca diplomacia internacional, política pública —Pedro fue Secretario de Asentamientos Humanos y Obras Públicas con López Portillo, rector fundador de la Universidad Autónoma Metropolitana—, diseño gráfico y un acervo documental que, según cuenta su hijo con asombro, supera en ciertos temas al que conservan instituciones como el Comité Olímpico Mexicano o el propio Colegio de Arquitectos. "Lo que no sabemos que existe, no existe", dice.
En ese espíritu, en septiembre pasado abrió al público la Casa Estudio de Pedro Ramírez Vázquez, con maquetas, documentos originales y material gráfico de obras que van desde escuelas prefabricadas hasta los Juegos Olímpicos.
Y hay otra fecha marcada en el calendario: octubre de 2026, cuando la Basílica de Guadalupe cumple 50 años. Otra obra de su padre. Otra conversación pendiente. La historia de Pedro Ramírez Vázquez, parece, nunca acaba de contarse.










