Hay quienes viajan para ver, y hay quienes viajan para probar. Para Sara Maldonado, la gastronomía no es solo una parte del viaje: es el hilo conductor de sus recuerdos. Nueva York, con su diversidad infinita, se convierte en el escenario perfecto para explorar esa relación íntima con la comida, una que —según cuenta— no la define como foodie, pero sí como alguien profundamente conectada con cada bocado.
“La comida me ha acompañado siempre para construir memorias”, comparte. Y basta recorrer sus recomendaciones para entender que cada restaurante que elige tiene una historia, una emoción o una sorpresa detrás.
Sabores que despiertan todos los sentidos
En el corazón del Essex Market se encuentra Dhamaka, una explosión de sabores de la India que, en palabras de Sara, nunca resulta aburrida. Aquí, las especias juegan con intensidad, pero siempre encuentran equilibrio. Su imperdible: una jaiba bañada en mantequilla y especias sobre arroz que, asegura, “te vuela la cabeza”.
En Chinatown, uno de sus barrios favoritos, destaca Bridges, un espacio con vibra noventera que mezcla calidez y sofisticación. Desde la tarta de Comté hasta el atún con dátil, todo invita a dejarse sorprender, especialmente si se acompaña con su selección de vinos de baja intervención. “Déjate guiar por el equipo”, recomienda, como quien comparte un secreto bien guardado.
Viajar sin salir de la mesa
Para Sara, comer también es una forma de viajar. En Mắm, el proyecto del chef Jerald Head, cada plato es una inmersión en Vietnam. El pho, los camarones crujientes con especias o el tofu con fish sauce son parte de una experiencia que describe como auténtica y profundamente sensorial.
La ruta continúa en Che Li, su restaurante chino favorito en Manhattan, donde los soup dumplings, el lo mein y el mapo tofu te transportan directamente a otro continente. Y para quienes buscan una experiencia más clásica pero igual de neoyorquina, Dim Sum Go Go ofrece clásicos como chow fun, pato y dumplings de camarón que nunca fallan.
Entre todas sus recomendaciones, hay una que destaca por su carácter casi ritual: Yoshino. Este omakase, liderado por el chef Yoshida, es una experiencia íntima para solo diez personas donde cada detalle —desde el sushi hasta la cerámica en la que se sirve el sake— está cuidadosamente pensado. Sara recuerda especialmente el monk liver, “una especie de foie de pescado”, y un hand roll de toro taku con un atún de subasta que habla del nivel de excelencia del lugar.
Comer como forma de vida
Más allá de los lugares, lo que define la guía de Sara es su filosofía. Para ella, la comida es memoria, identidad y descubrimiento. Es el aroma del pan por la mañana, el sabor de un caldo que remite a casa o ese platillo que permanece en la mente mucho después de haber terminado el viaje.
“La curiosidad es el mejor amigo en un viaje”.
Su consejo es claro: vivir las ciudades como un local, atreverse a probar sin prejuicios y entender que no siempre lo más caro es lo mejor. “La curiosidad es el mejor amigo en un viaje”, afirma. Y quizás ahí está la clave de todo: en dejarse llevar, en preguntar, en conectar con quienes están detrás de cada plato.
Porque al final, más que una lista de restaurantes, esta guía es una invitación a descubrir Nueva York a través de sus sabores… y a construir recuerdos que, como los mejores platillos, perduran para siempre.










