Si tu hijo llora, se enfada o, incluso, tiene rabietas intensas cuando pierde en un juego, no te apures, es mucho más normal de lo que parece. Sí, es cierto que puede que otros niños de su edad no reaccionen así ante una derrota, que se lo tomen de manera más natural, pero eso no implica que haya algún tipo de problema en los que sí llevan mal (o muy mal) perder. Así lo indica Sonia Martínez, psicóloga y directora de los Centros Crece Bien, quien explica a qué se debe el hecho de que algunos peques se frustren en mayor o menor medida.
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Martínez da, además, una serie de pautas que los padres pueden seguir para ayudar a sus hijos a ir tolerando mejor la derrota, algo que no solo ahorrará a las familias más de un disgusto, sino que también tiene muchos beneficios de cara al desarrollo de la inteligencia emocional de los más pequeños.
Si el niño se siente valorado por lo que es y no por lo que consigue, se frustrará menos cuando algo no le sale bien.
¿Es normal que los niños se frustren cuando pierden en un juego?
Sí, es completamente normal. A muchos niños les cuesta aceptar la derrota porque aún están desarrollando su tolerancia a la frustración. Perder puede generar enfado, tristeza o incluso vergüenza. Su cerebro está aprendiendo a gestionar emociones intensas, y eso lleva tiempo y práctica.
Si es normal, ¿hay que enseñarles a no frustrarse cuando pierden?
Sí, porque aunque frustrarse sea natural, aprender a gestionarlo es clave. Si no les damos herramientas, pueden desarrollar miedo al error, evitar retos o depender del éxito para sentirse valiosos. Enseñarles a perder bien es enseñarles a vivir mejor.
¿Cómo hacerlo?
A través del juego, el ejemplo y el acompañamiento emocional. Frases como “He perdido, pero sigo aprendiendo” ayudan a cambiar la mirada sobre el error. Validar sus emociones, evitar juicios o burlas y reforzar el esfuerzo por encima del resultado son claves. Cada partida es una oportunidad para crecer.
¿Está relacionada esa frustración con una menor autoestima o con falta de confianza?
A veces sí. Si un niño cree que solo vale cuando gana, cada derrota puede hacerle sentir menos capaz. Una autoestima frágil agrava la frustración, mientras que sentirse seguro le permite tolerar mejor los errores y seguir intentándolo.
¿Hay que reforzar la autoestima para mejorar su tolerancia a la frustración?
Sí. Una buena autoestima actúa como base para tolerar las derrotas. Si el niño se siente valorado por lo que es y no por lo que consigue, se frustrará menos cuando algo no le sale bien. Acompañar, escuchar y validar es tan importante como enseñar.
Aunque frustrarse sea natural, aprender a gestionarlo es clave. Si no les damos herramientas, pueden desarrollar miedo al error, evitar retos o depender del éxito para sentirse valiosos.
¿A partir de qué edad suelen manejar mejor el perder?
Entre los 7 y 10 años muchos niños empiezan a llevarlo mejor, sobre todo si han sido bien acompañados desde pequeños. A esa edad ya entienden mejor las normas, desarrollan empatía y tienen más autocontrol. Pero no todos maduran igual: el ritmo emocional es personal.
¿Y si siguen frustrándose a partir de esa edad?
Entonces hay que seguir acompañando, sin dramatizar. Ayuda conversar antes de jugar (“¿y si perdemos, qué haremos?”), reforzar su actitud más que el resultado y revisar si hay inseguridades o pensamientos rígidos detrás (“si no gano, no valgo”). Si el malestar es muy intenso o se repite mucho, conviene pedir orientación profesional.
¿Pueden aplicar ese aprendizaje a otros aspectos de su vida?
Sí, y eso es lo más valioso. Cuando aprenden a perder sin derrumbarse, también aprenden a aceptar errores en el cole, en el deporte, en relaciones... Entienden que fallar no es fracasar, sino parte del proceso. Ganarán en perseverancia, flexibilidad y autoestima.
¿Cómo enseñar a los más pequeños a aceptar el error?
Con ejemplo y paciencia. Mostrar que nosotros también nos equivocamos y lo tomamos con calma, decir frases como “no pasa nada, lo intentamos otra vez” y evitar corregir con dureza. Poco a poco entienden que el error no les hace peores, sino humanos. Y que pueden aprender de él.
