Hay historias peculiares que merecen ser contadas. “De compañeros de colegio a compañeros de vida, con una boda doble por medio”. Así empieza a relatar Natalia la suya con Nacho, que comienza como las mejores comedias románticas. “Nos conocemos desde siempre. Es de esas personas que han estado ahí toda la vida, pero a las que no prestas demasiada atención… hasta que el de Arriba decide darle la vuelta”, explica.
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Esto podría ser una anécdota más, de esas que se inician en la infancia y acaban con campanas de boda, salvo por un pequeño detalle: que la hermana gemela de ella, se casó un año antes con el hermano de él. Todo un plot twist, un giro de guion que los ha convertido en algo más que familia: ellos son un auténtico dream team.
“Hace ya 10 años, el hermano de Nacho -que era amigo mío de clase- empezó a salir con mi hermana gemela. Hacíamos planes familiares, escapadas, cenas, vacaciones… éramos inseparables”, recuerda. Entre risas y sobremesas, paseos por la playa en verano y Navidad, también empezó a crecer algo entre ellos.
“Siempre hubo feeling, esas miradas cómplices y bromas con segundas que nunca nos atrevíamos a verbalizar”. Hasta que un día, después de tanto compartir, el amor hizo su aparición formal. “Cuatro años después de aquellas primeras cenas de cuatro, nos dimos cuenta de que lo nuestro era más que un equipo: era una historia de amor de las que merece ser contada”.
Cuando decidieron dar el paso, lo hicieron con la misma naturalidad con la que había empezado todo. “Llevábamos siete años de novios y siempre tuvimos claro que queríamos pasar toda la vida juntos, pero queríamos hacerlo bien, esperar al momento adecuado y con la calma que un sacramento y una boda merecen”.
El compromiso llegó cuando todo encajó. “Los planes de Dios son perfectos y en el momento en que vimos estabilidad económica, con muchísima ilusión, Nacho dio el paso, literalmente, hincando rodilla. Fue un momento único, muy nuestro, haciendo que la ilusión se multiplicara”.
Sus hermanos se habían casado el año anterior en Asturias - “la tierra del amor para esta familia”, bromea Natalia - y ahora les tocaba a ellos. Dos hermanas gemelas, dos hermanos, dos bodas que se responden entre sí. “Una historia de película, aunque con menos drama y más sidra”, bromea.
Un vestido de novia con falda protagonista
Natalia no partía de una idea cerrada, pero sí de una certeza: tenía que ser diferente. No solo por una cuestión de estilo personal, sino también por el contexto. “Mi hermana y yo tenemos el mismo gusto y, al ser hermanas gemelas con dos hermanos casándose con un año de diferencia, tenía claro que había que ir diferente”, explica. Esa necesidad de marcar su propio camino fue lo que la llevó a Manuel de Vivar.
Lo eligió con convicción y con la certeza que le dio el tiempo. “Desde hace años le seguía en Instagram y me apasionaba su estilo clásico, atemporal y femenino. No sigue modas pasajeras”, cuenta. Más que un vestido, buscaba una experiencia de alta costura, un proceso cuidado y artesanal. “Tenía claro desde el principio que quería romper, pero siendo yo misma, sin seguir un modelo estándar, y sabía que sus manos eran las mejores”.
La inspiración inicial partía de algunos rasgos reconocibles del universo de Manuel de Vivar: faldas importantes, encajes, bordados. Pero el vestido no nació de un boceto cerrado. Al contrario, se fue construyendo poco a poco, en diálogo constante con el diseñador. “Manuel, sobre la marcha, me iba proponiendo ideas según mi cuerpo y así fuimos haciéndolo hasta dar con el resultado final”.
El proceso fue largo y muy centrado en una pieza clave: la falda. “La gran mayoría de las pruebas las dedicamos a definirla”, recuerda. El objetivo era lograr un juego de pliegues que recorriera el cuerpo, con caídas asimétricas y movimiento, pensadas para estilizar la silueta. Se trabajaron escalonados al bies, mezclando texturas avolantadas para dar ligereza y dinamismo a todo el bajo. Los tejidos principales fueron organza, crepé y gasa, combinados con precisión para lograr ese efecto fluido y orgánico.
“Fue una auténtica aventura hacerme el vestido con Manuel”, confiesa. Cada prueba traía cambios, ideas nuevas, muchas horas de pie, bailando incluso, y muchas risas. Tanto, que hubo detalles que quedaron en el aire hasta el final. “Nos enfocamos tanto en la falda que dos semanas antes de la boda aún no estaban definidos el escote, las mangas ni el velo o la mantilla”.
Cuando llegó el momento de cerrar esos últimos detalles, apareció el imprevisto más surrealista. El lunes previo a la boda, el famoso “apagón” dejó todo paralizado. “Yo estaba muy tranquila, aunque me quedé sin batería todo el día y completamente desconectada”. Cuando horas después volvió la luz y encendió el teléfono, tenía decenas de mensajes y llamadas de Manuel. “El vestido ya estaba cosido y terminado. Me decía que no paraba de acordarse de mí”. Una anécdota que resume bien todo el proceso: intenso, artesanal, personal y muy humano. “Siempre estuve tranquila porque sabía que estaba en las mejores manos”.
Natalia llevó ese mismo vestido durante toda la boda. No hubo segundo look ni transformaciones. “Era tan cómodo que no me planteé en ningún momento cambiarme. Me quedaba como un guante y pude bailar comodísima hasta el final. No me lo quería quitar”.
Accesorios emotivos y un 'beauty look' natural
Natalia cuidó cada accesorio como una prolongación natural del vestido, muchos con un fuerte componente emocional. Para los zapatos eligió alpargatas blancas de cuña alta con cintas de raso al tobillo, de la línea de novias de Castañer. Una elección pensada para acompañarla durante todo el día, desde la ceremonia hasta el último baile, sin perder estilo ni elegancia.
Los pendientes, una de las piezas más especiales de su look, pertenecían a su abuela. “Es una mujer muy especial y un ejemplo para mí en todos los sentidos (de la dueña de Thales de Mileto)”, cuenta. Aunque no pudo asistir a la boda por motivos de salud de su abuelo, llevarlos fue una forma íntima y silenciosa de sentirla cerca en un día tan importante.
La tiara que coronaba el peinado también guarda un significado familiar. Fue un regalo de su suegra a su hermana el año anterior, cuando se casó con el hermano de su marido. Este año fue Natalia quien la llevó, iniciando entre ambas una pequeña tradición que esperan seguir transmitiendo a futuras generaciones. “Es algo que nos emociona mucho y nos une aún más”.
El anillo de pedida, regalo de sus suegros, es una joya de aire vintage protagonizada por un zafiro de talla redonda, con montura elevada y un halo de pequeños diamantes. “Esta montura aporta un aire romántico y sobrio que refleja fuerza, elegancia y tradición. Tiene algo antiguo y al mismo tiempo eterno”, explica la novia.
El velo, por su parte, pertenecía a su tía, hermana de su madre. Desde el principio tuvo claro que quería llevarlo. Sin embargo, durante las pruebas sintieron que necesitaba más presencia para acompañar la riqueza del vestido. “Sentíamos que quedaba un poco soso para el conjunto tan rico del vestido”.
La solución fue poco habitual y muy personal: superponer la mantilla de su abuela, la misma que ya había llevado su hermana en su boda. “Tenía una caída y un encaje espectacular”, admite. ¿El resultado? Un velo único, con muchísimo valor sentimental, que unía dos generaciones de mujeres de su familia y equilibraba lo clásico con lo inesperado.
Natalia soñaba con un ramo clásico, silvestre y delicado, en tonos blancos y verdes y con distintas texturas, que acompañara el aire romántico y relajado de la boda, “como si las flores acabaran de cogerse del campo”, explica. Estaba compuesto por eucalipto, crisantemos blancos, brunias plateadas, cardo azul y otras variedades que aportaban luz y delicadeza.
El toque más especial llegó en los detalles: se envolvió con la pulsera de la Virgen de Covadonga, regalo del sacerdote que ofició la boda, Javi Cura, el día anterior. A ella se sumó una medalla de la Virgen, grabada con las iniciales de la pareja y la fecha del enlace, regalo de una amiga en común.
Para su look de belleza, Natalia apostó por una mano experta y de sobra conocida. Su hermana se había casado el año anterior también en Asturias y le gustaron tanto el maquillaje y la peluquería que decidió repetir equipo. “La idea era seguir en la misma línea de elegancia y naturalidad”, explica.
Pidió un maquillaje make up no make up, muy natural, que realzara sin disfrazar. En cuanto al peinado, optó por un recogido, un moño medio bajo y desenfadado, pensado para estar cómoda y perfectamente arreglada hasta el final de la celebración.
Una boda, de nuevo, en Asturias
Aunque Natalia y Nacho viven en Madrid, Asturias llevaba tiempo formando parte de su historia. La familia materna de Nacho es de allí y, desde hace años, pasan los veranos en el norte. “Mi hermana y yo nos enamoramos no solo de los hermanos, sino también del norte”, explica Natalia. Ese vínculo acabó marcando el lugar donde ambas decidieron casarse.
Al igual que sus hermanos, que lo hicieron un año antes, Natalia y Nacho eligieron la Iglesia de San Julián de Somió, un escenario cargado de significado para la familia, que ya se sentían como en casa. La ceremonia religiosa se celebró el 3 de mayo de 2025, a las 13:00 horas, y fue, en palabras de la novia, “preciosa, con mucho sentido y mucho cariño”.
Tras la misa, se trasladaron hasta el Castiello de Selorio, en Villaviciosa, el lugar elegido para la celebración. Un enclave rodeado de praderas y bosques, con una imponente fachada de piedra cubierta de hiedra y unos jardines que lo convierten en un espacio especialmente romántico y acogedor.
El interior, con salones amplios y luminosos, conserva el encanto de la arquitectura tradicional asturiana. “La versatilidad de sus espacios y el solazo que nos hizo ese día nos permitió celebrar el coctel al aire libre disfrutando de la belleza natural de Asturias con la elegancia de una casa-palacio histórica”, nos cuenta la novia.
Además, el Castiello cuenta con nueve habitaciones, algo que para Natalia fue clave: “Me permitió vivir allí esos días junto a mi familia, disfrutando de la estancia en exclusiva antes y después de la boda”. Fue también allí donde se maquilló y peinó, rodeada de sus tías, su madre y su hermana, en un ambiente íntimo y muy familiar. “Cuando lo vimos Nacho y yo por primera vez, lo tuvimos claro. Era un sitio muy nosotros”, recuerda.
Organización y decoración
La organización de la boda de Natalia y Nacho fue “un trabajo de dos”, en el que ambos se implicaron de lleno. Junto a ellos estuvo Deloya Gastronomía, que se convirtió en un apoyo clave durante todo el proceso. Se encargaron de la parte culinaria, facilitaron accesorios y comodidades, y se ocuparon de las tareas administrativas, lo que permitió a la pareja disfrutar de la experiencia de preparar su gran día “sin ningún tipo de problema”.
En cuanto a la decoración, la intención era clara: que el entorno del Castiello hablara de ellos y reflejara su esencia, “natural, alegre y con raíces”. Por eso, apostaron por un estilo que se integrara con el paisaje asturiano, con flores silvestres recién cogidas, que fueron protagonistas tanto en la iglesia como en la celebración.
El ambiente respiraba verde, madera y esa luz tan especial del Principado. “Se apostó por tonos blancos, verdes, malvas y lilas, con composiciones que recordaban a ramos recién cogidos del campo. Grandes florales flanqueaban en el altar y acompañaban cada rincón, aportando frescura y delicadeza”.
Las mesas estaban se vistieron con manteles verdes salvia y bajo platos trenzados, que aportaban un estilo campestre refinado. La cristalería verde grabada añadía un toque vintage, mientras los centros florales en jarrones bajos mantenían la conversación y la vista despejada con flores en los mismos tonos que el ramo.
Uno de los detalles más personales llegó con las minutas y la numeración de las mesas: estaban personalizadas con ilustraciones de modelos icónicos de Ferrari, una idea de Nacho, gran apasionado del mundo del motor. Un guiño que, en palabras de Natalia, “decía mucho de nosotros como pareja”.
El cóctel y la fiesta se celebraron bajo una gran carpa transparente que dejaba entrar la luz natural y conectaba visualmente con la arquitectura del Castiello, permitiendo disfrutar tanto del día como de la noche sin perder el contacto con el entorno. Los techos blancos abuhardillados del interior y las lámparas de cristal remataban la jugada en una celebración donde también hubo tiempo para las anécdotas.
Un momento especialmente divertido cuando uno de los primos cogió un micrófono y una guitarra y empezó un discurso cómico aclarando la red familiar: “ella era hermana de la novia del hermano, Nacho era hermano del novio de la hermana… y bueno, mientras se aclaren ellos, nos vale”. Después, toda la familia cantó “Qué bonito es querer” con la letra adaptada a su historia, convirtiéndolo en un recuerdo inolvidable.
Lo más especial, en palabras de Natalia, fue “ver a toda nuestras familias unidas y felices disfrutando x2 la boda”. Además, hubo muchas sorpresas: discursos del padre de la novia, del padre del novio, de la mejor amiga de Natalia y de los hermanos de ambos, que les dejaron “con la piel de gallina en todo momento”.
Organizarlo desde Madrid y movilizar a todos hasta Asturias fue un reto, pero gracias a Deloya Gastronomía y al resto de proveedores, “nos ayudaron con muchísimo cariño y paciencia”. Y la lección que se llevaron es simple y clara: disfrutar del proceso juntos, sin prisa, porque “nada es tan urgente” y lo que más une es la ilusión compartida.
