Cada temporada de Alta Costura, muchos de los desfiles terminan de la misma manera. El ritmo se ralentiza, la música cambia y, entre aplausos contenidos, aparece ella: la novia. No es un gesto casual ni una tradición vacía. En ese último look, las maisons concentran todo su saber hacer, su identidad y su ambición creativa. Porque si hay una prenda capaz de resumir el dominio técnico y estético de un diseñador, esa es, sin duda, el vestido de novia.
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Un vestido nupcial es, a nivel técnico, una de las piezas más complejas de elaborar. Y no solo cuando hablamos de diseños cargados de bordados, pedrerías o superposiciones en tres dimensiones. También, y quizá especialmente, cuando se trata de una creación aparentemente sencilla y minimalista. El blanco es uno de los colores más exigentes: no admite errores y deja al descubierto cualquier imperfección, desde una costura mal planchada hasta un patrón poco depurado. Precisamente por esa dificultad, muchos diseñadores eligen cerrar sus colecciones de Alta Costura con un diseño nupcial, una decisión que volveremos a ver durante las próximas jornadas.
Los vestidos de novia en la Alta Costura
París se ha convertido, una vez más, en el epicentro mundial de la moda al acoger las propuestas de Alta Costura de firmas como Schiaparelli, Dior, Valentino o Chanel. Desfiles concebidos como auténticos espectáculos en los que, por razones simbólicas, históricas y también estratégicas, el universo bridal siempre encuentra su lugar.
Esta tradición hunde sus raíces a finales del siglo XIX y se consolida a comienzos del XX, cuando grandes modistos como Charles Frederick Worth o Paul Poiret empezaron a presentar colecciones organizadas. Aquellas exhibiciones, que solían celebrarse en sus propias maisons, buscaban un cierre teatral y memorable. Y pocas prendas resultaban tan impactantes como un vestido de novia. Además, funcionaban como una eficaz carta de presentación ante la aristocracia y la alta burguesía, mostrando de lo que eran capaces de crear para uno de los días más importantes de sus vidas.
Tras la Segunda Guerra Mundial, el revolucionario New Look de Dior otorgó a los diseños nupciales un protagonismo aún mayor. La firma francesa los convirtió en el broche final de sus desfiles, elevándolos a la categoría de máxima expresión de elegancia y artesanía. La imagen de una novia con falda amplia, cintura ceñida y tejidos de la más alta calidad no solo se transformó en un emblema de la casa, sino que marcó la silueta femenina de toda una época.
A medida que la moda evolucionaba, los diseñadores presentaban propuestas más arriesgadas para las novias en sus desfiles: siluetas estructuradas, volúmenes imposibles, un minimalismo extremo, ideas futuristas... Pero no fue hasta las décadas de los 80 y los 90 cuando Gianni Versace, Jean-Paul Gaultier o Karl Lagerfeld llevaron los diseños nupciales a niveles inesperados que desafiaban todas las normas de lo que, tradicionalmente, era una novia. Después llegarían los trabajos conceptuales de Viktor & Rolf, en los que exploraban la dualidad moda-arte con sus diseños nupciales; o las novias de Alexander McQueen que, lejos de ser mujeres con ese aire de pureza que suele caracterizar estos diseños, tenían un lado oscuro y casi perturbador.
El vestido de novia como máxima demostración del 'savoir-faire'
La alta costura está protegida por regulaciones estrictas de la Chambre Syndicale de la Haute Couture en París, que exige que cada pieza sea realizada a mano en los ateliers de la maison, con un número mínimo de horas de trabajo y técnicas especializadas. Esto no solo supone un desafío a nivel creativo, también a nivel técnico. Y aunque son infinidad las piezas en las que los diseñadores demuestran su arte y su dominio, los vestidos de novia, por lo que decíamos al principio, se han convertido en la máxima expresión de este saber hacer.
Podríamos asegurar que, en los últimos años, aunque la teatralidad y los mensajes ocultos siguen estando presentes en los diseños nupciales que se cuelan en las colecciones de Alta Costura, el dominio de las técnicas y la creatividad, nos han devuelto novias más clásicas en concepto, pero más complejas en técnicas e innovación. Basta reproducir algunos de los vídeos que durante estos días han compartido las firmas de moda en sus redes sociales, en las que muestran al detalle sus trabajos, para observar que estos diseños se trabajan mediante el moulage, una complejísima técnica, también conocida como corte a ojo, que consiste en trabajar directamente sobre un maniquí para dar forma a la prenda. O que cada aplique o bordado se hace minuciosamente a mano, invirtiendo en él horas y horas. O que los tejidos empleados para confeccionar los diseños suelen ser más exclusivos y hay organzas de seda, encaje Chantilly o brocados.
Pero además de estética y savoir-faire, en estos cierres hay impacto visual y emoción, narrativa y concepto.
El traje nupcial como emoción
El vestido de novia, al contrario que el resto de prendas, es un diseño cargado de connotaciones emocionales. Representa el matrimonio, la unión, y eso, en la mayoría de culturas, es sinónimo de alegría y celebración. También es sinónimo de una etapa nueva, el cierre de una vida anterior y el inicio de otra (aunque solo sea a nivel conceptual). Por eso no es casualidad que esta creación sea la última, la que cierra el desfile, y no la que lo abre. Concluye una muestra más o menos extensa, y lo hace por todo lo alto: con una prenda de color blanco (un tono que a menudo rompe con el resto de la colección), exagerada, con profusión de adornos y bordados, capaz de generar en los observadores ese ansiado efecto wow.
Cerrar un desfile de alta costura con un vestido de novia es más que una simple tradición: es una declaración de intenciones. Es una demostración del saber hacer de los creativos; es materializar esa grandiosidad que tiene la moda en una prenda que tiene algo de magia. Es la forma de diluir, una vez más, la fina línea que separa (y une) la alta costura y el arte.
